Cerebron, capitulo 9.

 Han pasado dos años desde que Pedro y El Tuerto encontraron su refugio en la ciudad del norte. Con el dinero obtenido de Doña Mary, construyeron una casa subterránea segura y confortable, donde ahora viven cuarenta niños y una empleada doméstica de dieciséis años llamada Clara. La casa, situada en un vecindario discreto, se ha transformado en un hogar vibrante y organizado, una fortaleza de seguridad y esperanza.


Pedro, ahora con una laptop moderna y bien equipada, se dedica a sus estudios de ingeniería con una dedicación admirable. La luz blanca del monitor proyecta un resplandor suave sobre su rostro, mientras su pluma se desliza por el teclado con precisión, escribiendo líneas de código con creciente confianza. La habitación está silenciosa, salvo por el zumbido ocasional del ventilador y el suave clic del teclado.


El ambiente en la casa subterránea es cálido y acogedor. Las paredes están adornadas con dibujos coloridos hechos por los niños, y el aroma del guiso que Clara cocina llena el aire con una mezcla de especias y hierbas frescas. La iluminación cálida proveniente de lámparas de mesa y pequeñas luces empotradas en el techo crea un ambiente relajado y tranquilo. 

Sin embargo, el semblante de Pedro cambia repentinamente cuando abre el periódico digital en su laptop. Sus ojos se agrandan al leer el encabezado: "el fantasma ataca". La noticia es acompañada por fotos borrosas de vehículos quemados y escenas de caos, que parecen demasiado cercanas para su tranquilidad.


Pedro siente una oleada de inquietud que se manifiesta en una sensación de sequedad en la garganta. Traga saliva con dificultad, el sonido de su trago es casi audible en el silencio de la habitación. Su mente trabaja a toda velocidad, evaluando las posibles implicaciones. Los niños y Clara están en riesgo, y la seguridad que construyeron en los últimos dos años parece repentinamente frágil.


El Tuerto, al percibir la tensión en el rostro de Pedro, se acerca con una expresión preocupada. La luz del monitor ilumina su rostro cansado y curtido, y sus ojos, aunque enrojecidos por el tiempo, reflejan una preocupación sincera. Pedro se vuelve hacia él, el rostro palidecido por la noticia, y le muestra el artículo.


"Esto está cerca". Dice Pedro con los labios, "Tenemos que hacer algo."


El Tuerto, con su mirada fija y calculadora, asiente con firmeza. 


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