Cerebron, capitulo 8.

 Había pasado un mes desde que Pedro y El Tuerto habían acogido al primer niño, y la pandilla se había incrementado a trece miembros. Pedro había establecido un sistema organizado donde los niños contribuían con la mitad de lo que lograban conseguir en las calles, ya sea dinero o bienes, y a cambio, él se encargaba de proporcionarles buena comida y ropa medianamente decente.


En una tarde cálida y luminosa, el refugio estaba lleno de actividad. El sonido de risas y conversaciones infantiles llenaba el aire, mezclándose con el aroma de un guiso humeante que burbujeaba en una olla grande sobre la estufa. La luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pintando patrones dorados en el suelo y en las paredes desgastadas del antiguo edificio. 


Pedro, con la mirada concentrada, se hallaba frente a una computadora que había conseguido. La máquina era vieja, pero funcional, y para Pedro, representaba una puerta hacia el conocimiento y la oportunidad. Su boca usaba una pluma que se movía con creciente confianza sobre el teclado, haciendo clics rápidos y seguros mientras navegaba por tutoriales en línea y documentos educativos. Había aprendido más en ese mes de lo que nunca había imaginado, y cada día se sentía más capaz de manejar la tecnología que alguna vez le había parecido inalcanzable.


Mientras Pedro se sumergía en su estudio, El Tuerto supervisaba a los niños, asegurándose de que todos tuvieran su porción de comida. El guiso, rico y espeso, emitía un aroma tentador que llenaba el refugio, mezclándose con el olor ligeramente a humedad de las paredes antiguas. Los niños comían con entusiasmo, sentados en mesas improvisadas y bancos de madera que habían recuperado de la calle. Sus rostros, aunque marcados por la dureza de la vida en la calle, mostraban una nueva luz de esperanza y satisfacción.


El Tuerto, siempre vigilante, recorría la habitación, observando a cada niño con una mezcla de cuidado y protección. Se aseguraba de que todos estuvieran bien alimentados y que no faltara nada. Su presencia, aunque imponente, transmitía una sensación de seguridad que los niños necesitaban desesperadamente.


Los sonidos del teclado de la computadora y el suave zumbido del ventilador eran constantes en el fondo, casi como un telón de fondo tranquilizador. Pedro, cada vez más inmerso en su aprendizaje, sentía una emoción creciente al descubrir nuevas habilidades y conocimientos. Se estaba enseñando a programar, algo que nunca había pensado que sería posible. Cada línea de código que escribía era un pequeño triunfo, un paso más hacia un futuro mejor para él y para los niños que dependían de él.


El refugio, aunque aún necesitaba muchas mejoras, se había convertido en un verdadero hogar para los niños. Las paredes, una vez vacías y frías, ahora estaban decoradas con dibujos y pinturas hechos por los niños. Pequeños toques de color y creatividad que aportaban calidez y vida al espacio.



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