Cerebron, capitulo 7.

 En una esquina sombreada frente a una iglesia antigua, Pedro y El Tuerto disfrutaban de unos burritos de frijoles con queso. El aroma caliente del harina recién calentada y el suave murmullo de los fieles que entraban y salían llenaban el aire. La luz del sol filtrándose a través de los altos vitrales pintaba patrones de colores en el suelo empedrado.


Un niño de unos seis años se acercó tímidamente, con ojos hambrientos que observaban los burritos con deseo. Pedro, sin decir una palabra, indicó a El Tuerto con gestos que le preguntara al niño si tenía hambre. El Tuerto, con su mirada penetrante pero compasiva, se inclinó hacia el pequeño.


"¿Tienes hambre?", preguntó El Tuerto en voz baja. El niño asintió tímidamente, sus mejillas delgadas tensándose en una sonrisa débil pero esperanzada. Pedro asintió con aprobación y con un gesto de labios indicó que le diera un burrito al niño. El Tuerto extendió el burrito hacia el niño, quien lo recibió con las manos temblorosas y comenzó a consumirlo con voracidad, como si no hubiera comido en días.


El tiempo pasó y el niño, agradecido y lleno, continuó a su lado. Cuando llegó la hora de retirarse, El Tuerto miró a Pedro en busca de orientación. Con gestos sutiles, Pedro indicó que le preguntara al niño si tenía dónde pasar la noche. El Tuerto repitió la pregunta en voz baja, y el niño, con los ojos llenos de tristeza, negó con la cabeza.


Pedro asintió pensativamente y con un gesto de labios le dijo a El Tuerto que le dijera al niño que podía acompañarlos y el tuerto indicó al niño que los siguiera. Juntos, caminaron hacia la casa abandonada donde habían encontrado refugio, el niño siguiéndolos con pasos rápidos y expectantes. 

A la mañana siguiente, El Tuerto se hallaba con una mirada seria y preocupada-que haremos con el niño?-. 

Pedro, con determinación, hizo un gesto de labios indicando que ahora tenían una pequeña pandilla. El Tuerto asintió, entendiendo el nuevo giro que había tomado su destino.


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