Cerebron, capitulo 6.
A medida que el tren se detenía en una ciudad del norte, el amanecer teñía el cielo con tonos rosados y dorados. Pedro, apoyado en su silla de ruedas, y El Tuerto, atento y vigilante, descendieron con cautela. El ruido constante de la estación se mezclaba con el murmullo de los pasajeros que se apresuraban a sus destinos. El aire fresco de la mañana tenía un ligero aroma a humedad y a tierra húmeda, típico de las ciudades del norte.
Pedro, con sus grandes ojos observando atentamente, percibió un aroma tentador que flotaba en el aire. Giró la cabeza hacia El Tuerto y con un gesto indicó hacia la izquierda. El Tuerto, comprendiendo la señal, se dirigió con determinación por la ruta indicada, maniobrando hábilmente entre la multitud que se dispersaba tras la llegada del tren.
Caminaron juntos por calles adoquinadas, donde los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse entre los edificios antiguos. El Tuerto, con su paso firme pero cuidadoso, llevaba a Pedro con destreza, sorteando obstáculos con una destreza adquirida en años de supervivencia en las calles. La ciudad despertaba lentamente a su alrededor, con comerciantes que comenzaban a abrir sus puestos y transeúntes que se dirigían a sus trabajos.
El aroma que había captado Pedro se hizo más fuerte a medida que avanzaban. Pronto, divisaron un puesto de barbacoa modesto pero acogedor, donde un anciano cocinero volteaba hábilmente carne sobre una parrilla humeante. El humo perfumado de la carne se mezclaba con el olor a especias y carbón, creando una atmósfera irresistible para dos jóvenes que habían conocido principalmente el sabor de la privación y la explotación.
El Tuerto, siguiendo las instrucciones silenciosas de Pedro, se acercó al puesto con decisión. Sacó de su bolsillo unos cuantos billetes arrugados y mugrientos que Pedro le había indicado tomar del tren, cuidando de no exhibir el pequeño tesoro que habían asegurado en su viaje de escape. Con gestos rápidos pero cuidadosos, pagó al anciano por cuatro tortas de barbacoa, que fueron envueltas en papel de estraza y entregadas con una sonrisa amable.
Pedro y El Tuerto se apartaron un poco, encontrando un banco vacío cerca del puesto. Con el sol ahora alto en el cielo, se sentaron juntos. El pan recién horneado estaba crujiente por fuera y suave por dentro, mientras que la carne estaba marinada en una salsa espesa y aromática que hacía agua la boca. Cada bocado era una explosión de sabores, un recordatorio de la libertad recién encontrada y de la esperanza renovada que se extendía ante ellos.
Mientras comían en silencio, el bullicio de la ciudad continuaba a su alrededor. El Tuerto vigilaba con cautela, asegurándose de que nadie los observara demasiado. Pedro, por su parte, saboreaba cada bocado con gratitud, sus ojos reflejando una mezcla de alivio y felicidad. Habían escapado del infierno que fue su vida anterior, y ahora, con el sabor de la libertad en sus labios, enfrentaban un futuro lleno de posibilidades.
El sol brillaba sobre ellos, prometiendo un día nuevo y lleno de esperanza en la ciudad del norte donde habían llegado.
Después de disfrutar las deliciosas tortas de barbacoa en el puesto callejero, Pedro y El Tuerto se levantaron con renovada energía y determinación. El sol del mediodía brillaba sobre ellos, calentando las calles adoquinadas de la ciudad del norte. El Tuerto, con su mirada penetrante y siempre vigilante, se volvió hacia Pedro con una pregunta en los ojos.-que haremos ahora?.
Pedro, con movimientos precisos de labios y gestos sutiles, sugirió que sería común encontrar casas abandonadas en la ciudad. Explicó que muchas veces sus dueños no regresaban o reclamaban, lo que hacía de esas propiedades lugares ideales para establecerse. Propuso que podrían conseguir una de esas casas y comenzar a pedir limosna, utilizando el dinero asegurado bajo el cojín de la silla de ruedas de Pedro para asegurar su sustento durante las crisis.
El Tuerto asintió con comprensión. La idea de establecerse en una casa abandonada les ofrecía la oportunidad de establecer una base segura y estable, al menos temporalmente. Además, la estrategia de pedir limosna les permitiría mantener un perfil bajo mientras trabajaban en asegurar su futuro en la ciudad desconocida.
Juntos, comenzaron a caminar por las calles transitadas, alejándose del bullicio del mercado y adentrándose en barrios más tranquilos y menos concurridos. El Tuerto observaba cada esquina y cada callejón con cautela, asegurándose de que no fueran seguidos o observados por personas indeseadas.
A medida que avanzaban, el paisaje urbano cambiaba lentamente. Las casas más nuevas y bien mantenidas daban paso a estrictas más antiguas y deterioradas. El aire se volvía más fresco y menos impregnado por el humo de la parrilla, mientras el sol continuaba su lento descenso hacia el horizonte.
Finalmente, Pedro señaló una casa de aspecto desgastado y ventanas rotas en una calle lateral tranquila. La estructura estaba cubierta de hiedra y maleza, indicando que había estado deshabitada durante algún tiempo. El Tuerto evaluó rápidamente la situación y asintió con aprobación.
Con movimientos cuidadosos, se acercaron a la casa abandonada. El crujido de sus pasos sobre el pavimento irregular resonaba en el silencio del vecindario. El viento susurraba entre los árboles cercanos, llevando consigo el aroma de la tierra y las flores silvestres.
Al llegar a la puerta principal, El Tuerto miró a Pedro en busca de confirmación. Pedro, con una inclinación de cabeza, indicó que procedieran con cautela. El Tuerto empujó la puerta y entraron en la penumbra polvorienta del interior.
Dentro, el aire era rancio y lleno de polvo. La luz del sol filtrada a través de las ventanas rotas pintaba patrones irregulares en el suelo desgastado. El sonido distante de la ciudad llegaba amortiguado, creando una sensación de aislamiento y tranquilidad en contraste con el bullicio exterior.
Pedro y El Tuerto exploraron rápidamente las habitaciones vacías, evaluando el estado de la casa y asegurándose de que no hubiera sorpresas desagradables. Encontraron un rincón relativamente intacto donde podrían establecerse temporalmente, planeando limpiar y hacer más habitable el espacio con el tiempo.
Con la puerta cerrada detrás de ellos, se sentaron en el suelo polvoriento y compartieron una mirada de determinación y esperanza. Habían encontrado un refugio provisional en la ciudad del norte, un lugar desde el cual podrían empezar a reconstruir sus vidas y enfrentar los desafíos que les esperaban en el futuro incierto que ahora se extendía ante ellos.
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