Cerebron, capitulo 5.
El Tuerto se hallaba de pie junto al cuerpo inerte de Doña Mary, el gancho de carnicero aún en la mano, su mirada buscando desesperadamente la de Pedro. Los ojos grandes y expresivos del niño reflejaban una mezcla de determinación y miedo contenido. Con movimientos precisos de labios, Pedro le indicó que debían seguir con el plan acordado.
El Tuerto asintió con solemnidad y comenzó a recoger el dinero de la caja fuerte. Cada billete era una promesa de libertad, de escapar de la pesadilla interminable en la que habían vivido. El sonido de los billetes al ser apilados bajo el cojín desgastado de la silla de ruedas de Pedro resonaba suavemente en la habitación, mezclándose con el crujir de la madera bajo sus pies y el tenue zumbido de la lámpara de escritorio.
El Tuerto y Pedro intercambiaron miradas furtivas mientras trabajaban, comunicándose en silencio con gestos y expresiones. Afuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados y rosados, filtrándose débilmente a través de las cortinas entreabiertas. El contraste entre la tranquilidad del amanecer y la violencia reciente dentro de la habitación era palpable.
"Es hora de irnos" dijo Pedro en silencio. El Tuerto asintió y se volvió hacia la silla de ruedas, asegurando que todo estuviera listo para partir. La habitación parecía más silenciosa ahora, como si el peso del secreto compartido entre ellos sofocara cualquier otro sonido.
Con el dinero asegurado, Pedro y El Tuerto se dirigieron hacia la puerta, listos para enfrentar lo que fuera que les esperara afuera. La decisión estaba tomada, y su futuro ahora dependía de su capacidad para navegar en un mundo que, aunque desconocido y peligroso, ofrecía la promesa de libertad y esperanza renovada.
Pedro y El Tuerto salieron cautelosamente de la casa de explotación en la mañana, con el peso del dinero escondido bajo el cojín de la silla de ruedas de Pedro.
Tras algo de caminata, Llegaron a una intersección concurrida y levantaron la mano para detener un taxi. El vehículo se detuvo frente a ellos con un chirrido de frenos, y ambos subieron rápidamente, asegurándose de no llamar demasiado la atención. Pedro dio la dirección al conductor con movimientos precisos de labios, mientras El Tuerto se sentaba a su lado, su mirada fija en el retrovisor para cualquier indicio de seguimiento.
El trayecto en taxi fue tenso pero rápido. Pedro y El Tuerto intercambiaban miradas nerviosas, conscientes de que cada minuto aumentaba el riesgo de ser descubiertos. Llegaron a un gran mercado en la ciudad junto a una estación de ferrocarriles, un lugar bullicioso lleno de gente de todas partes y de todas las edades.
Esperaron hasta que la noche cayera por completo, caminando entre los puestos y las multitudes para no levantar sospechas. El Tuerto vigilaba constantemente a su alrededor, asegurándose de que no fueran seguidos. Cuando llegó el momento oportuno, se dirigieron a la estación de tren más cercana, mezclándose con los pasajeros que llegaban y partían.
Cuando el tren se detuvo frente a ellos, Pedro y El Tuerto abordaron con determinación. No compraron boletos para evitar dejar rastros, confiando en su capacidad para pasar desapercibidos entre los pasajeros cansados y apurados que llenaban los vagones. El Tuerto ayudó a Pedro a acomodarse con cuidado en uno de los asientos reservados para personas con movilidad reducida, asegurándose de que el dinero escondido estuviera seguro bajo el cojín.
Dentro del tren, el sonido rítmico de las ruedas sobre los rieles se mezclaba con el murmullo de conversaciones y el ocasional anuncio por los altavoces. El aire dentro del vagón olía a metal y a humedad, con el suave balanceo del tren creando una sensación de movimiento constante. Pedro y El Tuerto se sentían aliviados pero aún en guardia, conscientes de que su escape apenas comenzaba y que cada parada podía representar un nuevo desafío.
Mientras el tren se alejaba de la estación y se adentraba en la oscuridad de la noche, Pedro y El Tuerto miraban por la ventana con la esperanza renovada de un futuro mejor. Sabían que el camino por delante sería difícil, pero estaban juntos y determinados a enfrentarlo juntos, con la promesa de libertad brillando débilmente en el horizonte.
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