Cerebron, capitulo 4.
El Tuerto se hallaba junto a Doña Mary en el despacho sombrío de la casa de explotación. La penumbra del anochecer envolvía la habitación, y el aire se llenaba con el olor acre de la madera vieja y el polvo acumulado. La lámpara de escritorio emitía una luz amarillenta que apenas lograba penetrar las sombras, creando un ambiente opresivo y sofocante.
Doña Mary, una figura imponente con su cabello enredado y su mirada penetrante, se giró hacia El Tuerto. En sus manos, sostenía un gancho de carnicero que reflejaba débilmente la luz de la lámpara. El metal, frío y brillante, parecía fuera de lugar en las manos del chico. Su mirada se clavó en el gancho, y su único ojo sano reflejaba una mezcla de temor y determinación.
"Esto te servirá para mantener a los demás niños en orden", dijo Doña Mary, su voz ronca resonando en la habitación. La mujer extendió el gancho hacia El Tuerto, y él lo tomó con una mano temblorosa. El metal se sentía frío y pesado, como si cargara con las sombras de innumerables pesadillas.
Mientras Doña Mary observaba al chico, una sonrisa astuta se formó en sus labios agrietados. En su interior, se rió pensando en lo ignorante que era El Tuerto de su destino. Sabía que su tiempo estaba contado, y que su lealtad y fuerza no serían suficientes para salvarlo del destino que les esperaba tarde o temprano a todos los niños de esa casa.
El viernes por la mañana, Pedro y El Tuerto se encontraban en el despacho de Doña Mary. La penumbra del amanecer apenas comenzaba a disiparse, dejando un tenue resplandor que se observaba con atención mientras El Tuerto, ahora con un gancho de carnicero donde debería estar su mano, se inclinaba sobre la caja fuerte.
Con movimientos meticulosos, El Tuerto giró la cerradura rotatoria de la caja fuerte, ingresando la contraseña que Pedro había descifrado anteriormente: uno, cinco, tres, dos, ocho. Cada clic resonaba en el silencio, amplificando la tensión en el aire. La caja fuerte se abrió con un suave chasquido metálico, revelando pilas de dinero, así como joyas y piezas de oro.
Justo en ese momento, Doña Mary, gracias a su útil oído a pesar de la vejez, escuchó un ruido inusual desde su cama. Despertó con una sensación de alarma y, con movimientos rápidos para su edad, se levantó y caminó hacia el despacho. Su presencia se hacía notar con cada paso que daba sobre el piso de madera, que crujía bajo su peso.
Al llegar al despacho, sus ojos se agrandaron al ver a El Tuerto y Pedro a punto de llevarse su dinero. Su rostro se contorsionó de rabia y comenzó a gritar, su voz áspera llenando la habitación. "¡Perros mal agradecidos! ¡Después de todo lo que he hecho por ustedes, sacos de escoria!"
El Tuerto, con su ojo inyectado de rabia, se volvió lentamente hacia ella. La furia en su mirada era palpable, y el gancho de carnicero reflejaba la tenue luz del amanecer. Doña Mary, viendo la determinación en el único ojo sano del chico, intentó retroceder, dirigiéndose hacia el buró cuyo cajón resguardaba su pistola.
Pero El Tuerto se puso en medio antes de que ella pudiera alcanzarlo. Su presencia era imponente, y la amenaza en su postura era innegable. Doña Mary, sintiendo el peligro inminente, suplicó por piedad. "Por favor, no lo hagas, tuerto, recuerda que yo te quite el hambre"
El Tuerto, con una mezcla de dolor y resolución en su mirada, avanzó lentamente. El gancho de carnicero se alzó con una intención oscura. Doña Mary retrocedió hasta quedar acorralada contra la pared, sus ojos llenos de miedo y desesperación. "Por favor, tuerto, recuerda lo que he hecho por ti.", susurró, su voz quebrándose.
Pero El Tuerto no mostró compasión. Con un movimiento decidido y brutal, dirigió el gancho hacia el cuello de Doña Mary. El golpe fue rápido y mortal. Un sonido húmedo y desgarrador llenó el aire mientras la sangre comenzaba a fluir. Los ojos de Doña Mary se abrieron con sorpresa y horror antes de apagarse para siempre. Su cuerpo cayó pesadamente al suelo, y el silencio que siguió fue ensordecedor.
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