Cerebron, capitulo 3.

 Pedro y El Tuerto vigilaban a Doña Mary desde la ventana al exterior de su despacho. La penumbra del anochecer envolvía la casa, y el aire se llenaba con el olor acre de la madera vieja y el polvo acumulado. Los sonidos de la ciudad se filtraban débilmente, amortiguados por las paredes gruesas y el aislamiento de la habitación.


Doña Mary cerró la puerta con llave, el chasquido metálico resonando en el silencio tenso del despacho. Pedro, con su agudo sentido de observación, notó cómo la llave giraba con un sonido distintivo, indicando que la cerradura era compleja. Desde su escondite, pudo ver el brillo del metal bajo la tenue luz de una lámpara de escritorio.


Con movimientos calculados, Doña Mary se dirigió a su caja fuerte. Doña Mary, cubriendo sus manos con el torso, comenzó a ingresar la contraseña. Sin embargo, sus labios se movían involuntariamente mientras pensaba en los números, un tic nervioso que no pudo controlar.


Pedro observó atentamente, sus ojos grandes y expresivos siguiendo cada movimiento de los labios de Doña Mary. Aunque no podía oír, su habilidad para leer labios le permitió descifrar los números que la mujer murmuraba. Uno, cinco, tres, dos, ocho. La secuencia se grabó en su mente con precisión. El Tuerto, a su lado, notó la chispa de reconocimiento en los ojos de Pedro y asintió, entendiendo que su amigo había descubierto la combinación.

Una semana después, la casa de explotación se encontraba sumida en una inquietante calma. El olor a comida rancia y sudor impregnaba el aire, mezclándose con la humedad y el polvo que parecían haber encontrado hogar permanente en cada rincón. Pedro y El Tuerto se mantenían alerta, conscientes de la atmósfera tensa y de los susurros que se deslizaban entre las paredes de madera vieja.


Aquella tarde, dos hombres extraños llegaron a la casa. Vestidos con trajes oscuros y semblantes fríos, su presencia impuso un silencio inmediato. Sus pasos resonaban firmes y decididos mientras Doña Mary, con una sonrisa tensa, los invitaba a su despacho. La puerta se cerró tras ellos con un golpe seco, y el murmullo de voces se volvió un murciélago atrapado en la penumbra de la casa.


El Tuerto, siempre atento, se acercó sigilosamente a la puerta del despacho. Su único ojo sano brillaba con curiosidad y preocupación mientras intentaba captar cada palabra que se decía en el interior. El corazón le latía con fuerza, casi ahogando los sonidos que lograban filtrarse a través de la puerta.


"Nos hemos enterado de que tienes a un niño de casi trece años, Se que el trato era que las bolsas de órganos se entregarían a los doce" dijo uno de los hombres con voz grave y autoritaria. Su tono no dejaba espacio para dudas o excusas.


Doña Mary, sintiendo la presión, respondió rápidamente. "Uso al Tuerto para cuidar a los otros. Es una excepción."


El segundo hombre, de ojos penetrantes y fríos como el acero, replicó con desdén. "Las excepciones no nos importan. Llegaremos el domingo por él y por otros niños. Asegúrate de que estén listos."


El Tuerto sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. La gravedad de las palabras lo golpeó con fuerza. Sabía que debían actuar pronto. Retrocedió cuidadosamente, asegurándose de no hacer ningún ruido que pudiera delatar su presencia. La madera crujía bajo su peso, pero sus movimientos eran tan ligeros como los de un gato.


La puerta del despacho se abrió de golpe, y los dos hombres salieron sin una palabra más. Sus rostros eran máscaras impenetrables, y su presencia parecía absorber la luz de la habitación. 

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