Cerebron, capitulo 2.
Habían pasado diez años desde aquel fatídico día en que Olga encontró al niño desamparado en el callejón. En ese tiempo, el pequeño había crecido y, a pesar de ser inválido bilateral y sordomudo, había desarrollado una increíble capacidad de aprendizaje.
En una tarde nublada, dentro de la casa de explotación de Doña María, el niño se hallaba junto a otros niños viendo la televisión. La sala, oscura y abarrotada, estaba iluminada únicamente por el parpadeo azul de la pantalla. El olor a humedad y polvo impregnaba el aire, mezclándose con el hedor a sudor de los cuerpos apretujados.
El niño, a quien llamaban Pedro, se sentaba en una vieja silla de ruedas. Sus ojos, grandes y expresivos, seguían atentos los movimientos en la pantalla y de las bocas de los otros niños. Aunque no podía oír, había aprendido a leer los labios con una precisión asombrosa. Gracias a esto, había logrado aprender a leer y escribir, utilizando su boca para sostener un lápiz o un pincel. Sus dibujos, elaborados y llenos de detalles, eran una fuente de ingresos a doña mary.
A su lado, se encontraba el Tuerto, un adolescente robusto con una complexión fuerte, a pesar de tener un solo brazo. El Tuerto había sido asignado como el cuidador de Pedro debido a su fuerza y su lealtad. Su ojo sano miraba constantemente alrededor, vigilando cualquier posible amenaza.
el Tuerto acariciaba su propio muñón inconscientemente mientras observaba a Pedro con una mezcla de admiración y compasión. A pesar de sus propias limitaciones.
Unos minutos después, Pedro y el Tuerto se encontraban sentados bajo un viejo árbol en una concurrida calle de la ciudad, pidiendo limosna para llevar dinero a Doña María. La sombra del árbol ofrecía un respiro del ardiente sol del mediodía. A su alrededor, el bullicio de la ciudad llenaba el aire: el constante murmullo de las conversaciones, el rugido de los motores, y el ocasional claxon de los coches.
Pedro, en su silla de ruedas, sostenía una libreta con su boca, mientras el Tuerto, sentado a su lado, observaba atentamente. A pesar de sus limitaciones, Pedro había desarrollado un método ingenioso para enseñar a leer a su amigo. Con movimientos precisos, giraba las páginas de la libreta, mostrando dibujos junto a palabras escritas con su letra clara pero algo irregular.
Pedro indicaba un dibujo de una casa con el lápiz sostenido entre los dientes, señalando el dibujo de una pequeña vivienda al lado de la palabra “casa”. El Tuerto seguía con atención, repitiendo la palabra en su mente. Su único ojo sano brillaba con determinación mientras trataba de asociar cada imagen con su correspondiente término.
El aire olía a polvo y asfalto caliente, mezclado con el aroma a comida de los vendedores ambulantes cercanos. Las hojas del árbol susurraban suavemente con la brisa ocasional, proporcionando un tenue sonido que contrastaba con el estruendo de la ciudad.
Pedro pasó la página y mostró un dibujo de un perro junto a la palabra “perro”. El tuerto repitió la palabra en voz baja, frunciendo el ceño en concentración. Pedro, con una sonrisa alentadora, dibujó un simple sol sobre la libreta, su forma redonda y los rayos que salían de ella eran inconfundibles. Al lado, escribió “sol”.
El tuerto aunque manco, intentaba imitar los dibujos de Pedro con la mano que le quedaba. Sus trazos eran más toscos, pero Pedro asentía con aprobación, sus ojos transmitiendo aliento y paciencia. Entre ellos, una relación de confianza se iba fortaleciendo, forjada en la adversidad y el deseo mutuo de superación.
El ruido de la ciudad se convirtió en un telón de fondo lejano mientras ambos se concentraban en su tarea. La conexión entre ellos era palpable; cada nueva palabra aprendida era un pequeño triunfo compartido. El tuerto, aunque más grande y fuerte, dependía de Pedro para adquirir el conocimiento que siempre le había sido esquivo.
Finalmente, cuando el sol comenzó a declinar, el tuerto miró a Pedro y sonrió. “Sol”, dijo en voz baja, señalando el dibujo que Pedro había hecho. Pedro, con una chispa de orgullo en sus ojos, devolvió la sonrisa.
Algunos meses después, Pedro y el Tuerto estaban sentados en su rincón habitual, bajo el mismo viejo árbol en la concurrida calle. La sombra del árbol les ofrecía un alivio del sol abrasador del mediodía. Sin embargo, el ambiente entre ellos era tenso y cargado de preocupación.
Pedro, con su libreta y lápiz en la boca, escribió con rapidez y determinación: “María nos matará”. El Tuerto frunció el ceño y miró a Pedro con confusión y miedo. La ciudad seguía con su bullicio, pero para ellos, el ruido de fondo se desvanecía en la preocupación inmediata.
“¿Por qué dices eso?”, preguntó el tuerto, su voz apenas un susurro, llena de inquietud.
Pedro tomó un momento para reflexionar antes de escribir de nuevo. El lápiz se movía rápidamente mientras formulaba su respuesta: “¿Qué pasó cuando Juan cumplió doce años? ¿A dónde fue?”. El tuerto leyó las palabras y sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Recordaba a Juan, otro niño como él, que desapareció misteriosamente poco después de cumplir doce años. Nadie habló de él, y Doña María se mostró extrañamente evasiva cuando se le preguntó.
Pedro continuó escribiendo: “¿Qué ha pasado a cada niño, excepto tú, que ha cumplido doce años? Todos han desaparecido”. El tuerto sintió el miedo apoderarse de él mientras las palabras de Pedro penetraban su mente. Su mirada se nubló de angustia al recordar los rostros de aquellos que había conocido y que ya no estaban.
La tarde avanzaba lentamente, y el sol comenzó a declinar, proyectando largas sombras en el suelo. El sonido de los coches y el murmullo de las conversaciones se mezclaban con el canto distante de un vendedor ambulante. El aroma de la comida callejera llegaba hasta ellos, pero ninguno tenía apetito.
“Necesitamos hacer algo”, escribió Pedro con urgencia. Sus ojos, llenos de una mezcla de miedo y resolución, se fijaron en Juan, buscando una señal de acuerdo.
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