Cerebron, capitulo 14.
Años después el cartel había Sido desintegrado, Pedro caminaba por el barrio del Topo con unas prótesis robóticas que reemplazaban sus brazos y piernas. Las prótesis eran de un elegante metal cromado, brillando con un resplandor plateado bajo la luz del sol. Cada paso que daba resonaba ligeramente en el pavimento, emitiendo un suave zumbido mecánico. Los avances tecnológicos que había incorporado a su cuerpo le permitían moverse con una gracia y precisión que desafiaban su naturaleza artificial.
El aire estaba lleno del bullicio habitual del barrio: vendedores ambulantes ofreciendo sus productos, niños jugando y riendo, y el murmullo constante de conversaciones en las aceras. Pedro, ahora legalmente un adulto, observaba con satisfacción los cambios que había logrado implementar en el lugar que alguna vez fue un campo de batalla.
Frente a él, un grupo de jóvenes. Estos jóvenes, que alguna vez fueron los niños bajo su cuidado, ahora eran personas formadas y listas para enfrentar el mundo.
Con un movimiento preciso y casi ceremonial, Pedro extendió una de sus prótesis hacia ellos. En su mano metálica, sostenía un paquete de bonos. Cada bono estaba cuidadosamente envuelto en una elegante carpeta de cuero negro, con un sello dorado que simbolizaba la nueva era de prosperidad y legalidad que Pedro había instaurado.
El primero en acercarse fue José, un joven alto y atlético con ojos llenos de gratitud. Pedro le entregó el bono de cien mil dólares, sintiendo la textura suave del cuero contra el frío metal de su mano. “Esto es para que comiences tu vida,” dijo Pedro con voz robótica, proveniente de algún aparato.
A medida que cada joven recibía su bono, Pedro sentía una mezcla de emociones: orgullo por sus logros, nostalgia por los tiempos difíciles que habían superado juntos, y esperanza por el futuro brillante que les esperaba. Los jóvenes agradecían con sonrisas y abrazos, sus ojos brillando con la promesa de nuevas oportunidades.
Pedro, con su voz mecánica, habló a los jóvenes. “Este dinero no es solo un regalo. Es una inversión en su futuro. Ustedes tienen el poder de cambiar el mundo, de hacer algo grande y significativo. Aprovechen esta oportunidad y recuerden siempre de dónde vienen.”
Poco tiempo después:
Pedro y Clara celebraban su boda en una luminosa tarde de primavera. La ceremonia tenía lugar en un jardín exuberante, repleto de flores de colores vibrantes y aromas embriagadores que llenaban el aire con una fragancia dulce y fresca. El cielo estaba despejado, y el sol brillaba cálidamente, envolviendo a todos los presentes en un resplandor dorado.
Pedro, con su elegante traje negro, se veía radiante. Sus prótesis robóticas, finamente pulidas, reflejaban la luz del sol, añadiendo un destello metálico a su figura imponente. Clara, en un vestido blanco de encaje, estaba deslumbrante, su rostro iluminado por una sonrisa que irradiaba felicidad. El brillo en sus ojos capturaba la esencia pura del amor y la alegría de ese día especial.
El Tuerto, ahora adulto, observaba la escena con una sonrisa amplia y sincera. Su ojo, ligeramente humedecido por la emoción, reflejaban el profundo cariño y orgullo que sentía por la pareja. Se encontraba al lado de Don Gordo, quien, con su corpulencia característica y su traje oscuro, irradiaba una energía festiva. A pesar de su apariencia endurecida, sus ojos brillaban con una ternura inusual mientras miraba a Pedro y Clara.
La música suave de un cuarteto de cuerdas llenaba el aire, creando un ambiente de ensueño. Los invitados, sentados en sillas blancas adornadas con cintas de seda, observaban con atención mientras Pedro y Clara intercambiaban votos. Las palabras de amor y compromiso resonaban en el aire, cargadas de emoción y promesas de un futuro juntos.
Después de la ceremonia, la celebración se trasladó a una gran carpa decorada con luces brillantes y guirnaldas de flores. El sonido de las risas y conversaciones llenaba el espacio, mezclándose con el tintineo de las copas y el suave murmullo de la música de fondo. El aroma de la comida exquisita, preparada con esmero, se difundía en el aire, despertando los sentidos de todos los presentes.
Don Gordo, con una copa de champán en mano, brindó por los recién casados, su voz grave y potente resonando con alegría. “¡Por Pedro y Clara, y por un futuro lleno de amor y felicidad!” exclamó, levantando su copa con entusiasmo. Los invitados siguieron su ejemplo, y un coro de voces resonó en el aire mientras todos brindaban por la feliz pareja.
Dos años después, en una tranquila tarde de verano, el sol se filtraba suavemente a través de las ventanas de la casa de Pedro y Clara. En el salón principal, Don Gordo sostenía en brazos a la recién nacida hija de la pareja. La pequeña, envuelta en una manta suave y perfumada con el aroma dulce de la lavanda, miraba con curiosidad a su entorno con grandes ojos brillantes.
Don Gordo, con una ternura que contradecía su apariencia dura, observó a la bebé con una sonrisa afectuosa. "Que niña tan bonita” declaró, su voz llena de orgullo y amor. Las palabras resonaron en el silencio del salón, llenando el espacio con una calidez indescriptible.
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