Cerebron, capitulo 13.

Pedro comenzó a mover los labios de nuevo, y El Tuerto tradujo sus palabras. "El próximo ataque no será como el anterior. Deberemos escondernos en lugares cercanos a tu casa, Don Gordo."


Don Gordo frunció el ceño, su rostro endurecido por la decisión. "No me esconderé. Si quieren guerra, tendrán guerra."


Pedro movió los labios una vez más, su expresión intensamente seria. El Tuerto tradujo con precisión: "Lanzarán bombas."


Don Gordo se detuvo, su rostro mostrando una mezcla de incredulidad y preocupación. "¿Cómo lo sabes?"


El Tuerto habló con firmeza, replicando las palabras de Pedro. "Revisé datos. Ese es su modus operandi en regiones que ofrecen resistencia al cartel."


El aire en la oficina se tornó aún más denso, cargado con la tensión de una guerra inminente. Don Gordo, evaluando la información, dejó escapar un suspiro largo y pesado. "Está bien," dijo finalmente, su voz cargada de resignación y determinación. 


Pedro asintió, sus ojos reflejando la gravedad de la situación. La guerra estaba lejos de terminar, y cada movimiento debía ser calculado con precisión.

Unas semanas después, en el barrio de las Maravillas, la tranquilidad matutina se vio abruptamente interrumpida por el estruendo de una puerta siendo forzada. Veinte hombres del cartel, vestidos con ropa táctica y fuertemente armados, irrumpieron en la casa subterránea de Pedro. El aire se llenó de un caos repentino: órdenes gritadas, botas pesadas retumbando contra el suelo y el sonido metálico de armas preparadas para el combate. El eco de sus movimientos resonaba por los pasillos, mezclándose con el débil zumbido de la iluminación fluorescente.


Sin embargo, en el momento en que atravesaron la entrada, una poderosa nube de gas somnífero los abrumó. Pedro, siempre un paso adelante, había diseñado este plan meticulosamente. El gas, liberado instantáneamente por sensores ocultos, llenó el aire con un zumbido bajo y constante. Los hombres del cartel comenzaron a tambalearse, sus movimientos volviéndose torpes y descoordinados. Algunos trataron de resistir, pero la potente mezcla los superó rápidamente. Los sonidos de las botas se volvieron pesados y lentos, antes de cesar por completo cuando los cuerpos cayeron al suelo, uno tras otro, en un colapso colectivo. El olor químico del gas se mezclaba con el sudor y la tensión de la invasión frustrada.


Mientras tanto, en el Barrio del Topo, un estruendo mucho más devastador sacudía las calles. Las oficinas de Don Gordo y su casa fueron bombardeadas sin piedad. Las explosiones resonaron como un trueno prolongado, rompiendo ventanas y derribando paredes. El aire se llenó de polvo y escombros, mezclado con el olor acre de la pólvora y el humo de los incendios incipientes. Las llamas danzaban en el horizonte, pintando el cielo nocturno con un resplandor anaranjado y un calor sofocante.


Don Gordo, siempre preparado para el combate, se encontraba en una habitación cercana, refugiado cerca de sus hombres. Pero el plan de Pedro había anticipado cada movimiento. Dos bombas de gas, similares a las utilizadas en el barrio de las Maravillas, fueron lanzadas estratégicamente. El gas se dispersó rápidamente, llenando los escondites con un vapor denso y letalmente efectivo. Los hombres del cartel, inicialmente alerta y listos para cualquier ataque, comenzaron a sentir los efectos del somnífero. Sus respiraciones se volvieron pesadas, los párpados caían lentamente, y pronto, todos cayeron inconscientes, sus cuerpos derrumbándose como muñecos de trapo en el suelo polvoriento.


El silencio que siguió al bombardeo y al gas era inquietante, roto solo por el ocasional crujido de estructuras debilitadas y el sordo murmullo de las llamas que aún ardían. 


Horas más tarde, equipos especializados levantaron los cuerpos inconscientes. En el barrio de las Maravillas y en el del topo, los hombres del cartel fueron arrastrados fuera de la casa subterránea, sus cuerpos inertes llevados a vehículos discretos. 

Días después:

en la nueva oficina de Don Gordo, el ambiente estaba cargado de una tensión contenida. La luz de la tarde se filtraba por las ventanas rotas, proyectando patrones irregulares sobre el suelo de madera y las paredes decoradas con los restos del reciente enfrentamiento. Don Gordo, con su corpulencia característica y su rostro marcado por la determinación, se encontraba sentado en una silla que parecía a punto de romperse, su mirada fija en El Tuerto y Pedro.

"Pedro dice que no habrá otro ataque en mucho tiempo," comunicó el tuerto, su voz firme y clara en el silencio de la oficina.


Don Gordo frunció el ceño, su mirada penetrante fija en Pedro. "¿Cómo lo sabes?" preguntó con un tono que mezclaba desconfianza y curiosidad.


Pedro movió sus labios de nuevo, y el tuerto tradujo con precisión. "Un titular del periódico revela que una poderosa mujer de identidad desconocida está persiguiendo al líder del cartel. Ha derribado su cuartel principal."


La sorpresa se reflejó momentáneamente en los ojos de Don Gordo antes de que su expresión volviera a la habitual máscara de control y autoridad. Asintió lentamente, procesando la información. "Eso explica muchas cosas," murmuró, más para sí mismo que para los presentes. Luego, alzó la vista y miró al tuerto con una intensidad renovada.


"¿Cuál es tu nombre?" preguntó Don Gordo, su tono más suave y curioso.


"Pablo," respondió El Tuerto, sin vacilación.



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