Cerebron, capitulo 12.
En la oficina de Don Gordo, el ambiente era denso y cargado. La tenue luz de una lámpara de escritorio apenas iluminaba el espacio, proyectando sombras largas y sinuosas sobre las paredes decoradas con trofeos de su poder. El olor a cuero viejo y tabaco impregnaba el aire, mezclado con el aroma agrio del café que se enfriaba en una taza olvidada. Don Gordo, con su corpulencia imponente, se recostaba en su silla de cuero, su mirada fija en los documentos esparcidos sobre el robusto escritorio de madera.
Un golpe en la puerta interrumpió el silencio. Uno de sus hombres, con rostro tenso y sudoroso, entró rápidamente. "Don Gordo, unos niños quieren verlo."
Don Gordo no levantó la vista de sus papeles. "Córralos," gruñó, la irritación marcando cada palabra.
El hombre vaciló, sus ojos mostrando una mezcla de duda y urgencia. "Señor, creo que querrá verlos."
Con un suspiro exasperado, Don Gordo alzó la vista. "Está bien, que pasen."
La puerta se abrió y entraron los niños, empujando un contenedor de basura destartalado. El chirrido de las ruedas resonó en la oficina, un sonido discordante que hizo fruncir el ceño a Don Gordo. Al frente, El Tuerto empujaba la silla de ruedas de Pedro. Los niños, con sus rostros sucios y decididos, trabajaban juntos para mover el pesado contenedor.
Don Gordo observó con curiosidad creciente cuando el contenedor llegó al centro de la oficina y se detuvo. Al abrirlo, reveló a cuatro hombres amordazados y atados. Los ojos de los prisioneros, llenos de miedo y rabia, se movían frenéticamente, y sus gruñidos sofocados llenaban el aire con una mezcla de desesperación y furia contenida.
El Tuerto dio un paso adelante, su rostro marcado por una mezcla de orgullo y cautela. "Son hombres del cartel," anunció, su voz firme.
Don Gordo, levantando una ceja en señal de interés, preguntó con voz grave: "¿Cómo los capturaron vivos?"
El Tuerto sonrió levemente, un destello de admiración en sus ojos. "Con trampas que ideó Pedro," respondió, señalando al joven en la silla de ruedas.
Don Gordo se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de reconocimiento y respeto. "Eres especial, chico," dijo con voz grave.
Pedro movió los labios lentamente, formando palabras mudas que solo El Tuerto podía interpretar. Con un tono respetuoso y firme, El Tuerto tradujo: "Pedro dice que le daría un apretón de manos si las tuviera."
La sala quedó en silencio por un momento, la declaración resonando en el aire cargado. Luego, Don Gordo soltó una carcajada profunda y resonante, su risa llenando la oficina. "Me agrada este chico," dijo, su voz aún vibrando con la risa.
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