Cerebron, capitulo 10.
En el corazón del Barrio del Topo se escondía una oficina que desafiaba las expectativas. Desde fuera, era una estructura desgastada y descuidada, con pintura descascarada y ventanas rotas que apenas dejaban pasar la luz del día. Pero al cruzar su umbral, revelaba un interior sorprendentemente elegante y bien cuidado.
Dentro de la oficina, bajo la tenue luz de una lámpara de escritorio, se encontraban dos hombres en medio de una conversación tensa. Detrás de un robusto escritorio de madera, el primero, conocido como Don Gordo, era una figura imponente con su extrema corpulencia y rostro endurecido por los años de liderazgo en los negocios ilícitos del barrio. Frente a él, el segundo hombre vestía un impecable traje negro.
El hombre del traje negro habló con voz firme y calmada, aunque cargada de significado ominoso. "A partir de ahora, Don Gordo, tendrás que pagar derecho de piso al cartel."
Las palabras resonaron en el aire tenso de la oficina. Don Gordo, con su expresión imperturbable, escuchó con atención, pero la propuesta era inaceptable para él. Sin mediar palabra, su reacción fue instantánea y violenta. Sacó rápidamente una pistola de su cinturón y disparó al hombre del cartel que estaba delante de él.
El sonido del disparo reverberó en las paredes, seguido por un silencio tenso. El hombre del traje negro cayó al suelo, su vida extinguida en un instante. La habitación quedó impregnada con el olor acre del humo del arma recién disparada, mezclado con un tenue aroma a madera antigua y cuero.
"Esto es la guerra, chingado", exclamó Don Gordo con voz grave y sombría, mientras miraba el cuerpo inerte del hombre que acababa de matar. La decisión había sido tomada, y las consecuencias serían devastadoras para el barrio del Topo.
El ambiente se llenó de una tensión palpable. Don Gordo sabía que su acción desataría una espiral de violencia y represalias. Sin embargo, no vaciló en su determinación. Era una guerra que había estado esperando, preparándose para ella en cada rincón oscuro y callejón del barrio que había controlado con puño de hierro durante tanto tiempo.
Mientras tanto, en el barrio de las maravillas, en la casa subterránea donde Pedro se dedicaba a estudiar, la tranquilidad se vio interrumpida por la llegada de uno de los niños, quien, mediante gestos le transmitió un mensaje a pedro.
Pedro miró con atención mientras el niño le explicaba que todos los que pedían dinero en el barrio de las maravillas ahora debían entregar la mitad de sus ganancias al cartel. La noticia resonó en su mente, despertando su instinto protector hacia los niños y la comunidad que habían construido con tanto esfuerzo.
Con gestos precisos y silenciosos, Pedro indicó al niño que se retirara. Su mente comenzó a trabajar rápidamente. La luz blanca del monitor llenó la habitación con su resplandor suave.
Pedro se sumergió de inmediato en una búsqueda frenética. Utilizando su pluma hábil sobre el teclado, comenzó a investigar todas las trampas ingeniosas que podrían emplearse para capturar a los narcotraficantes que ahora amenazaban con imponer su control sobre el barrio. El suave clic de las teclas resonaba en la habitación, mezclándose con el zumbido ocasional del ventilador de la laptop.
A medida que exploraba documentos, tutoriales y casos anteriores, Pedro sentía la adrenalina pulsar en sus venas. Cada línea de código que tecleaba era un paso más hacia la protección de los suyos. Su mente analítica y entrenada absorbía información, formando estrategias y posibles escenarios en su cabeza.
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