Cerebron, capitulo 1.
En una gris mañana de invierno, la mujer de aspecto cruel, con el cabello enmarañado y el rostro arrugado por el tiempo y la desdicha, se adentraba entre montones de basura en un oscuro callejón.
El chirrido metálico del contenedor resonó en el silencio de la calle desierta cuando la mujer lo abrió con brusquedad. Su mirada cansada recorrió los desechos con desdén, hasta que un débil vagido rompió la quietud. Intrigada, avanzó con cautela y entre restos de cartón y latas oxidadas, encontró al débil bebé.
Desnutrido yacía el pequeño, carente de brazos y piernas, con un rostro que desafiaba la miseria que lo rodeaba. Sus ojos, grandes y brillantes como perlas en un océano turbio, capturaron la atención de Olga. La anciana lo levantó con torpeza, palpando la fragilidad de su cuerpo apenas sosteniendo un cráneo desproporcionadamente alargado.
"¿Qué tenemos aquí?", murmuró Olga con voz ronca, sus dedos nudosos acariciando las mejillas sucias del niño. Una sonrisa astuta se formó en sus labios agrietados. "Tal vez alguien quiera pagarme por ti", pensó.
Horas después, la mujer se encontraba dentro de una casa deteriorada en el borde de la ciudad, frente a María, conocida como Doña Mary entre los círculos más sombríos. María, con su cabello desaliñado y una mirada aguda que contrastaba con su aspecto descuidado, recibió a la mujer con una mueca de desdén.
La mujer sostenía al niño como si fuera mercancía valiosa. Sus ojos cansados buscaban desesperadamente una oportunidad en el rostro impasible de María. "Te doy doscientos pesos", dijo María con indiferencia, examinando al niño con una mirada calculadora.
La mujer soltó una risa áspera que resonó en la habitación desangelada. "No nací ayer, María", respondió con una sonrisa torcida. "Con una ropa adecuada y algo de presentación, este niño te hará ganar, por lo menos, mil pesos diarios"
María frunció el ceño, evaluando la propuesta. Sabía que su conocida no era una persona con quien tratar a la ligera; tenía una reputación de aprovechar cualquier oportunidad, por más desesperada que fuera. "Diez mil pesos", ofreció finalmente, su voz cargada de reserva.
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