Planeta universo, capitulo 1.
En el futuro, mucho después del éxodo, un alienígena, a quien todos habían empezado a llamar el "Rey Toronjo" por su horrendo aspecto y poder, había logrado crear una ruta de puertas que conectaban todos los planetas de la galaxia. Estas rutas interplanetarias lo convirtieron en un empresario sin igual, dueño de tantos planetas como un emperador.
El Rey Toronjo se hallaba en el interior de un palacio de mármol brillante en un planeta remoto, cuyo nombre se había perdido en los anales de la historia. Las paredes del palacio estaban adornadas con tapices vibrantes que narraban antiguas leyendas y héroes olvidados. El aire estaba impregnado de un aroma dulce y floral, una fragancia exótica que se deslizaba desde los jardines interiores. Fuera, se podían escuchar los murmullos de una fuente cristalina, cuyo gorgoteo ofrecía un fondo musical a la tensión palpable en la sala del trono.
El Rey Toronjo, cuyo rostro estaba lleno de enormes protuberancias que se asemejaban a cráteres volcánicos, discutía acaloradamente con el rey del planeta, un ser noble y altivo de piel dorada y ojos resplandecientes. El Rey Toronjo, envuelto en una capa púrpura que contrastaba con su piel verdosa y rugosa, irradiaba un aura de poder y determinación.
"Debes entender, Majestad," dijo el Rey Toronjo con una voz ronca que resonaba como el eco en una caverna profunda, "sería una lastima que tú reino perdiera el acceso a las puertas"
El rey del planeta, sentado en su trono dorado, miraba con cautela a su interlocutor. "Lo comprendo bien"
Con un gesto brusco, el Rey Toronjo alzó su brazo y llamó a la princesa. "¡Ven aquí, niña!" Su voz, aunque autoritaria, tenía un matiz de impaciencia. De una puerta lateral, emergió una joven alienígena de aspecto angelical. Su piel era luminiscente, y sus ojos, grandes y azules como dos lagunas cristalinas, reflejaban pureza y curiosidad. Al verla, el contraste con el Rey Toronjo era aún más evidente.
La princesa se acercó lentamente, sus pasos ligeros resonando en el suelo de mármol. Al llegar junto a su padre, sus ojos se encontraron con la grotesca figura del Rey Toronjo. Sus facciones se contrajeron de horror y sorpresa. "¡Ay, Dios!" exclamó, llevándose una mano a los labios en un intento de contener su repulsión.
El rey del planeta lanzó una mirada severa a su hija antes de dirigirse al Rey Toronjo. "Te presento a mi hija, pero..."
Antes de que pudiera continuar, el Rey Toronjo se levantó de su asiento, sus ojos llameantes de furia. "Si no me dan la mano de la princesa," declaró con voz temblorosa por la ira contenida, "sancionaré a tu reino. Todas las puertas se cerrarán para ti, y tu gente quedará aislada del resto de la galaxia."
Al caer la noche, la princesa se encontraba en sus aposentos, una estancia amplia y decorada con delicados cortinajes de seda que ondeaban suavemente al ritmo de la brisa nocturna. Los candelabros de cristal proyectaban sombras danzantes en las paredes, y el perfume de las flores nocturnas del jardín exterior se mezclaba con el aire fresco que entraba por las ventanas abiertas.
La princesa, sentada en un diván de terciopelo, hablaba con la que siempre había sido su nana, una mujer anciana de semblante sereno y ojos sabios. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando el rostro de la nana con un resplandor plateado.
"No quiero casarme con un hombre así," confesó la princesa, su voz teñida de angustia y desesperación. Sus manos delicadas jugueteaban nerviosamente con los pliegues de su vestido.
La nana, que tejía pacientemente una tela en su regazo, levantó la vista y observó a la joven con ternura. "¿Es verdad que es tan feo como dicen, mi niña?" preguntó con suavidad.
La princesa exhaló profundamente y desvió la mirada hacia la ventana, donde las estrellas brillaban como diamantes en el firmamento oscuro. "No es tan... es horrible," murmuró finalmente, una mezcla de disgusto y tristeza en su voz.
La nana dejó de tejer y se inclinó hacia adelante, sus ojos penetrantes buscando la verdad en el rostro de la princesa. "¿Sabes, querida, el origen de esas puertas?"
La princesa frunció el ceño, sorprendida por el cambio de tema. "Las creó Toronjo, ¿verdad? Eso es lo que todos dicen."
La anciana sacudió la cabeza lentamente, sus arrugas acentuándose con el gesto. "No, mi niña. Las puertas no fueron creadas por Toronjo. Fueron hechas por una especie muy antigua, mucho antes de que él llegara a existir."
La princesa parpadeó, procesando la nueva información. "Entonces, ¿por qué todos creen que él las hizo?"
La nana sonrió con tristeza, una expresión de melancolía en su rostro. "Porque Toronjo descubrió cómo usarlas. Pero existe una llave, una llave que puede abrirlas a voluntad del usuario"
La princesa se inclinó hacia adelante, sus ojos azules brillando con curiosidad y esperanza. "¿Dónde está esa llave, nana?"
La anciana negó con la cabeza, sus ojos llenos de una sabiduría que parecía pesarle. "No lo sé, mi niña. Pero hay alguien que puede saberlo".
y la luna vigilaba desde lo alto.
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