El enterrador, capitulo 3.
Tras tres días de agradable viaje y una buena camaradería, finalmente nuestros protagonistas, Yosarian y Hack, llegaron al Planeta N. La nave descendió con suavidad hasta quedar cerca de una cantina, donde ambos se plantearon la idea de disfrutar un poco de alcohol para despedirse. Aunque Yosarian no quería que Hack se fuera, carecía de la expresividad necesaria para decirlo, mientras que Hack, por su parte, también deseaba quedarse, pero carecía del valor para expresarlo.
Al entrar a la cantina y sentarse en una mesa, Yosarian observó los pálidos rostros de los clientes alrededor. Porta había aprendido a leer los rostros de las personas, y estos le indicaban que algo andaba mal. Sin decir una palabra, indicó a Hack que lo acompañara. Ambos se pusieron en pie y caminaron hacia la barra. Cuando finalmente estuvieron a dos metros de distancia, la tensión en el aire se hizo palpable.
En un instante, la situación dio un giro brusco. Veinte hombres, identificados como cazarecompensas, desenfundaron sus armas, rodeando a Yosarian y Hack. Sin vacilar, Yosarian saltó y levantó el cuerpo de Hack como si estuviera hecho de trapo. Se colocó detrás de la barra con una destreza innata, mientras que el caos comenzaba a desatarse a su alrededor.
Con movimientos rápidos y precisos, Yosarian sacó una granada sónica de su cinturón y la arrojó con fuerza hacia el grupo de cazarecompensas. Un estruendo ensordecedor llenó la cantina, haciendo que las cabezas de todos los presentes se giraran en dirección al estallido. El sonido era tan potente que aturdió temporalmente a los cazarecompensas, dejándolos desorientados.
En una analepsis, retrocedemos en el tiempo para presenciar un momento crucial en la vida de Yosarian. El joven cabo se hallaba en un campo de entrenamiento, recibiendo instrucciones de su comandante, quien le enseñaba a usar una granada sónica, una arma inventada hacía algunos siglos por Industrias Ramson.
Yosarian, con su uniforme impoluto y su rostro joven pero determinado, escuchaba atentamente las palabras de su comandante. La voz del instructor resonaba en el aire, llena de autoridad y experiencia acumulada a lo largo de los años en el campo de batalla.
El comandante sostenía en su mano una granada sónica, un dispositivo pequeño pero poderoso que emitía una onda de sonido capaz de aturdir a los enemigos y desorientarlos temporalmente. La granada representaba una herramienta invaluable en el arsenal de cualquier soldado, y Yosarian estaba ansioso por dominar su uso.
Con gestos precisos, el comandante demostraba cómo armar y lanzar la granada. Sus movimientos eran fluidos y seguros, revelando años de entrenamiento y experiencia en combate. Yosarian observaba con atención, absorbiendo cada detalle con determinación y concentración.
En el presente:
En el fragor de la huida, Hack instó a Yosarian a escapar en la nave. "Tenemos que irnos, ¡rápido!" gritó, su voz temblando de urgencia. Yosarian, sin embargo, miró la nave con escepticismo. "Esa chatarra no aguantará. No podremos escapar al espacio a tiempo."
Sin alternativas mejores, ambos ingresaron a la nave. El interior resonaba con el zumbido de los motores al encenderse. Yosarian tomó el control de mando, sus manos firmes en los controles, mientras Hack se ocupaba de los sistemas auxiliares. Los cazarecompensas, implacables en su persecución, hicieron lo mismo y empezaron a seguirlos en una nave que compartían.
La nave de Yosarian y Hack zumbaba y vibraba mientras se adentraba en un denso bosque. Árboles altos y frondosos pasaban veloces por las ventanas, sus sombras creando un juego de luces y sombras en el interior de la nave. El aire dentro de la nave se llenó del aroma terroso y húmedo del bosque, intensificando la tensión del momento.
Finalmente, Yosarian encontró un claro oculto y aterrizó la nave con un golpe seco. Se giró hacia Hack, su mirada intensa y decidida. "Si quince minutos después de que termine el tiroteo no he regresado, te vas y cuidas de Mollo," ordenó, dejando claro que no había espacio para objeciones.
Yosarian salió de la nave, el crujido de las hojas secas bajo sus botas resonando en el aire quieto del bosque. Se escondió entre los árboles, su respiración controlada y sus sentidos alertas, esperando el momento adecuado.
La nave de los cazarecompensas aterrizó cerca, el ruido de los motores muriendo lentamente. Los cazarecompensas, armados hasta los dientes, descendieron con precaución, sus ojos recorriendo el entorno en busca de cualquier movimiento.
Yosarian, camuflado entre la vegetación, observó sus movimientos con atención. El olor a metal y aceite de las armas impregnaba el aire, mezclándose con el aroma natural del bosque. Con un movimiento rápido y silencioso, Yosarian se deslizó entre los árboles, acercándose a sus enemigos.
De repente, el ataque comenzó. Yosarian surgió de su escondite y arremetió contra los cazarecompensas desde atrás. El sonido de disparos llenó el aire, rompiendo la tranquilidad del bosque. Los cazarecompensas, sorprendidos, respondieron con una lluvia de balas, pero Yosarian se movía con agilidad y precisión.
El retumbar de los disparos resonaba en el bosque, mezclándose con el grito de los pájaros asustados que huían de la escena. Las hojas caían en espirales lentas, perturbadas por la batalla que se libraba abajo. El aire se llenó del olor acre de la pólvora, mientras Yosarian luchaba con una determinación feroz.
Uno a uno, los cazarecompensas cayeron bajo el ataque implacable de Yosarian. El sonido metálico de las armas caídas se mezclaba con los gemidos de dolor y los gritos de órdenes desesperadas. La batalla, aunque breve, fue intensa y despiadada.
Finalmente, el silencio volvió al bosque. El último cazarecompensas cayó al suelo, sus armas dispersas a su alrededor. Yosarian, respirando con dificultad pero ileso, se enderezó y miró a su alrededor, asegurándose de que todos los enemigos estaban muertos.
Unos minutos después, Yosarian y Hack se encontraban frente a un montón de ataúdes al interior de una bodega en la nave.
"¿De verdad los vas a sepultar?" preguntó Hack, su voz cargada de incredulidad.
Yosarian, con una pala en mano, asintió. "Sí, es inhumano e inmoral no hacerlo."
Hack, confundido, frunció el ceño. "¿Matarles no es más inmoral?"
Yosarian, sin dejar de cavar, respondió con firmeza. "No, fue en defensa propia. Además, la sepultura ayuda a las almas a descansar."
"¿Crees en Dios?" preguntó Hack, la curiosidad y la duda en su voz eran palpables.
Yosarian se detuvo por un momento, reflexionando. "Mis padres lo hacían," dijo, su tono más suave, casi nostálgico.
Minutos después, Hack sacó su dispositivo de grabación y, en silencio, comenzó a filmar a Yosarian mientras éste sepultaba a los muertos. La imagen del hombre trabajando incansablemente, cubriendo los cuerpos con tierra era tétrica.
Una vez terminada la tarea, ambos se pararon frente a la nave de los cazarecompensas. El metal gris de la nave brillaba bajo la tenue luz del sol que se filtraba entre las copas de los árboles.
"¿Vamos a dejar la nave aquí?" preguntó Hack, mirando el vehículo abandonado.
Yosarian asintió nuevamente. "Sí."
Hack, con una chispa de avaricia en los ojos, sugirió: "En el mercado negro podemos sacar dinero con esto."
Yosarian se giró hacia él, evaluando la idea. "Es interesante. Podríamos volver después."
El olor a gasolina y aceite todavía fresco se mezclaba con el aroma terroso del bosque, creando una atmósfera cargada de posibilidades y peligro. Sin más palabras, ambos se dirigieron hacia su propia nave.
El interior de su nave ofrecía una extraña sensación de hogar, a pesar de su aspecto desgastado. Hack cerró la escotilla tras ellos, el sonido del cierre resonando en el espacio confinado. Ninguno de los dos mencionó nuevamente la separación que pendía sobre ellos, una sombra en su recién formada alianza.
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