El gran ingeniero, capitulo 16.

 Diez mil soldados tincas avanzaban por la densa selva, sus armaduras de madera contrastaban con el verdor exuberante que los rodeaba. La madera se mezclaba con el verde oscuro del follaje, creando una imagen imponente y amenazadora mientras avanzaban con determinación hacia su objetivo.

Sus botas pesadas golpeaban el suelo con fuerza, dejando huellas profundas en el barro húmedo. El olor acre del sudor impregnaba el aire, mezclado con el aroma fresco de la vegetación circundante. El calor sofocante de la selva se aferraba a sus cuerpos, envolviéndolos en una capa pegajosa de humedad que se adhería a sus pieles.


A medida que avanzaban, los soldados tincas se movían en formación apretada, sus filas ordenadas como un muro impenetrable de metal y músculo. Cada soldado portaba una lanza afilada, lista para ser usada en cualquier momento. Las lanzas resonaban en el aire, un recordatorio constante de la amenaza que representaban para aquellos que se interponían en su camino.


Sus rostros estaban marcados por el sol y el viento, curtidos por años de batalla y servicio al imperio. Las líneas de fatiga y preocupación se entrelazaban con las cicatrices de antiguas heridas, testigos mudos de los sacrificios que habían hecho en nombre de su emperador. Sus ojos oscuros escudriñaban la selva con determinación, buscando cualquier indicio de peligro mientras se adentraban más y más en el corazón del territorio enemigo.


A medida que avanzaban, el sonido de la selva cobraba vida a su alrededor. El canto de los pájaros se mezclaba con el zumbido de los insectos y el susurro del viento entre las hojas. El crujido de las ramas bajo sus pies era asombroso, un recordatorio constante de la belleza y la brutalidad del mundo en el que vivían.


Pero para los soldados tincas, solo existía una realidad: la misión que les había sido encomendada por su emperador. Avanzaban con determinación implacable, dispuestos a destruir al dios y reclamar la victoria para su imperio. Con cada paso que daban, se acercaban un poco más a su objetivo, alimentados por el fuego de la lealtad y el deseo de triunfo.

Simultáneamente:

Un yanta se arrodilló en la orilla de un pequeño manantial al que por su forma se le conocía como el "gran ojo", sus manos temblorosas sostenían un recipiente lleno de un líquido claro y viscoso. El agua se mecía suavemente a su alrededor, reflejando el brillo plateado de la luna en su superficie tranquila. El yanta miró hacia arriba, su mirada perdida en la oscuridad de la noche, mientras se preparaba para llevar a cabo la tarea que le había sido encomendada.


El aire estaba cargado con el aroma fresco de la selva, mezclado con un ligero olor a químicos que se desprendía del líquido en el recipiente. El yanta frunció el ceño ligeramente, consciente del poder que había sido confiado en él. Sus manos temblaban ligeramente mientras vertía el líquido en el río, dejando que se mezclara con las aguas cristalinas que fluían a su alrededor.


El sonido suave del agua llenaba el aire, un murmullo constante que se mezclaba con el crujido de las hojas y el canto de los grillos en la noche. El yanta cerró los ojos por un momento, sintiendo la frescura del agua en sus manos y el peso de la responsabilidad que había aceptado. Sabía que lo que estaba a punto de hacer cambiaría el curso de la batalla que se avecinaba.


A medida que el líquido se dispersaba en el lago, un cambio sutil comenzó a ocurrir. Una parte del agua adquirió un tinte sutil, un matiz verdoso que se extendía lentamente por su superficie. El yanta observó con asombro mientras el líquido se mezclaba con las aguas del algo, transformándolas en algo nuevo y poderoso.


El aroma a químicos se intensificó, mezclándose con el olor fresco de la selva para crear una fragancia única que llenaba el aire. El yanta inhaló profundamente, sintiendo el zumbido de la energía en el aire mientras el líquido se extendía por el río. 


El yanta observó con satisfacción mientras el líquido se extendía por el lago, alcanzando cada recodo y curva con determinación implacable. Las aguas comenzaron a burbujear y a chisporrotear, un signo de la reacción química que estaba teniendo lugar bajo la superficie. El yanta sabía que el líquido estaba cumpliendo su propósito, contaminando las aguas del lago con una sustancia mortal para los tincas.

Horas después:

El sol se elevaba sobre la selva mientras los tincas se acercaban al lago, sedientos después de horas de marcha a través del denso follaje. El aire estaba cargado con el calor húmedo de la mañana, y el sonido de la selva resonaba a su alrededor, llenando el aire con un zumbido constante de vida. Las hojas crujían bajo sus pies mientras se acercaban al agua, sus gargantas secas ansiando el frescor del lago.


Con cada paso que se acercaban al lago, el aroma a humedad y tierra húmeda se hacía más fuerte, mezclado con el olor dulce y fresco del agua que fluía. Los tincas inhalaban profundamente, anticipando el alivio que encontrarían una vez que pudieran beber y descansar junto al río. Sus estómagos gruñían con hambre, pero primero necesitaban saciar su sed.


Cuando finalmente alcanzaron la orilla del "gran ojo", la visión del agua cristalina los llenó de alegría y alivio. El reflejo del sol bailaba sobre la superficie del agua, creando destellos dorados que se extendían a lo largo de la corriente. Los tincas se arrodillaron junto al río, sumergiendo las manos en el agua fresca y llevándola a sus labios con ansias.


El primer sorbo de agua fue refrescante y revitalizante, deslizándose por sus gargantas secas y calmando su sed. Sin embargo, apenas habían comenzado a beber cuando empezaron a sentirse extraños. Un cosquilleo incipiente comenzó a extenderse por sus cuerpos, un hormigueo que pronto se convirtió en un mareo abrumador.


Los tincas intercambiaron miradas confusas mientras el mareo se intensificaba, sus cabezas daban vueltas y sus estómagos se revolvían con náuseas. El agua que habían estado bebiendo parecía repentinamente venenosa, un líquido que había sido corrompido por alguna fuerza maligna.

Un día después:

En la choza del jefe, la luz del sol se filtraba a través de las hojas de palma del techo, creando patrones de sombras ondulantes en el suelo de tierra batida. El aire estaba impregnado con el aroma fresco de la selva circundante, mezclado con el suave aroma del incienso que se quemaba en un rincón de la habitación. 

Victor se encontraba sentado frente al jefe, sus ojos escudriñando el rostro del líder tribal en busca de respuestas. El jefe, con su semblante sereno y su presencia imponente, observaba a Victor con una mirada penetrante, su expresión revelando una mezcla de curiosidad y cautela.


El jefe había llamado a Victor, buscando resolver sus dudas discretamente en cuanto al que el consideraba un semidios.

Jefe Nuca: ¿Y bien, Gran Chaman? ¿Nunca ha pensado en casarse?


Victor: ¿Casarme? ¿Para qué serviría eso?


Jefe Nuca: Una esposa te daría hijos y compañía. 

Victor: Pero también significaría dejar de lado la ciencia, la lectura, la investigación. Tendría que trabajar en el campo.


Jefe Nuca: llevará una vida muy solitaria.


Victor: Una gran vida.


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