El reciclador, capitulo 5.

 Inspirada en la vida de Brandon Gandarilla.

El sol ascendía majestuoso en el horizonte, iluminando la isla basura con su cálido resplandor dorado. Había pasado un año desde que Thomas y los habitantes de la comunidad habían plantado las semillas de esperanza en la tierra fértil de su pequeño oasis. Ahora, el momento había llegado: era tiempo de cosecha.


Los habitantes se levantaron temprano, ansiosos por ver los frutos de su arduo trabajo. Con cestas en mano y corazones rebosantes de emoción, se dirigieron hacia el lugar donde las 5000 macetas aguardaban pacientemente su turno para ser recolectadas.


A medida que se acercaban al pequeño matorral que escondía su tesoro, el aroma fresco de la vegetación en flor llenaba el aire, mezclado con el dulce perfume de las frutas maduras. El suelo crujía suavemente bajo sus pies, una sinfonía de hojas secas y tierra húmeda que anunciaba la llegada de la cosecha.


Al llegar al lugar, los habitantes se detuvieron un momento para admirar el espectáculo ante ellos. Una vasta extensión de verdor se extendía hasta donde alcanzaba la vista, salpicada de brillantes colores y formas variadas. Tomates rojos como rubíes brillaban bajo el sol, mientras que las calabazas naranjas se hinchaban orgullosamente en sus enredaderas.


Las zanahorias, con sus tonos de naranja y púrpura, se asomaban tímidamente desde la tierra, listas para ser cosechadas. Las hojas verdes de lechuga bailaban suavemente con la brisa matutina, mientras que las fresas rojas escondían sus dulces tesoros entre la maleza.


Los habitantes se sumergieron en la tarea con fervor, sus manos ágiles y expertas recogiendo cuidadosamente cada fruta y verdura madura. El crujido de los tallos al ser cortados resonaba en el aire, acompañado por el suave murmullo de conversaciones emocionadas y risas llenas de alegría.

A medida que las cestas se llenaban y la cosecha avanzaba, un sentimiento de gratitud y satisfacción llenaba el corazón de cada habitante. Habían logrado algo grande juntos, superando las adversidades y trabajando en armonía para alcanzar un objetivo común.


Finalmente, cuando el último tomate fue recogido y la última zanahoria arrancada, los habitantes se reunieron para admirar su trabajo. Un mar de colores y formas se extendía ante ellos, una prueba tangible de su determinación y perseverancia.


Minutos después:

El "Mayor" se levantó con solemnidad, su figura encorvada pero imponente, proyectando una sombra sobre la multitud expectante. Sus ojos, brillantes con sabiduría y preocupación, recorrieron el rostro de cada habitante, evaluando sus expresiones y reacciones.


"Amigos", comenzó, su voz resonando sobre el bullicio de la plaza. "Hoy nos reunimos para discutir un asunto de suma importancia." El murmullo de la multitud se calmó mientras todos dirigían su atención al anciano.


"Como saben, hemos tenido un gran éxito con nuestros cultivos", continuó el Mayor, su voz llena de orgullo y satisfacción. "Pero debemos ser cautelosos." Un murmullo de confusión recorrió la multitud, y el Mayor levantó una mano para silenciarlo.


"Nadie debe mencionar nuestros cultivos a George Simons", advirtió, su voz firme y determinada. "Existe la posibilidad de que él tome represalias si descubre nuestra prosperidad." El aire se cargó con un palpable sentido de tensión mientras los habitantes asimilaban las palabras del Mayor.

Los habitantes intercambiaban miradas cargadas de preocupación, conscientes del peligro que representaba la posible reacción de George Simons. Algunos murmuraban entre ellos en voz baja, discutiendo las implicaciones de la advertencia del Mayor.

El anciano miró a la multitud con seriedad, su mirada penetrante captando la atención de todos. "Nuestros cultivos son nuestro tesoro más preciado", declaró con solemnidad. "Debemos protegerlos a toda costa."

Horas después:

El sol se inclinaba hacia el horizonte, tiñendo el cielo con tonos dorados y rosados mientras George Simons se adentraba en la bulliciosa plaza de la isla basura. Sus pasos resonaban sobre el suelo polvoriento, su figura imponente proyectando una sombra sobre los pepenadores que se apresuraban a ofrecerle sus mercancías.


El aire estaba impregnado con el olor acre de la basura en descomposición, mezclado con el distintivo aroma a salitre del mar cercano. El calor del día aún persistía, envolviendo a los habitantes en una capa de sofocante bochorno.


Los pepenadores se apresuraban a mostrar sus hallazgos, ofreciendo montones de chatarra y objetos recogidos entre los desechos. El sonido metálico de las monedas cambiando de manos llenaba el aire, mezclado con el murmullo constante de las negociaciones.


George Simons observaba con atención, sus ojos azules escudriñando cada artículo con astucia y codicia. Se detenía ocasionalmente para examinar un objeto con más detenimiento, su ceño fruncido mientras evaluaba su valor potencial.


Pero su mirada se oscureció cuando notó algo inusual. A medida que los pepenadores continuaban ofreciendo sus mercancías, George notó que nadie le había comprado ni una sola verdura. Su ceño se profundizó mientras observaba a su alrededor, buscando alguna explicación.


Intentó preguntar a los habitantes cercanos, pero sus palabras fueron recibidas con miradas esquivas y evasivas. Los pepenadores, nerviosos, evitaban su mirada, sus manos jugueteando ansiosamente con los objetos que tenían a la venta.

La plaza se llenó de una atmósfera tensa y cargada mientras George luchaba por comprender lo que estaba sucediendo. El aire vibraba con la expectación y el misterio, mientras los habitantes se retiraban en silencio, llevándose consigo el secreto de su decisión.


George Simons, frustrado y confundido, se quedó solo en la plaza, su mirada fija en el horizonte mientras intentaba desentrañar el enigma de su misteriosa derrota. Pero ninguna respuesta llegó, dejándolo sumido en la incertidumbre y la ira.

El sol se hundía lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos dorados y naranjas mientras Thomas y el Mayor se encontraban al borde de la playa, observando el suave vaivén de las olas. El aire salado envolvía sus cuerpos, llevando consigo el sonido suave y constante del mar que se mezclaba con el susurro del viento entre los matorrales cercanos.


Thomas, con una expresión seria en su rostro, se dirigió al Mayor con determinación. "Necesitamos un suministro de carne, por si acaso Simons decide tomar represalias contra nosotros".


El Mayor asintió, su mirada sabia escudriñando el horizonte con seriedad. "¿Qué propones, Thomas?"


Thomas tomó aire antes de responder. "Una vez leí un libro llamado 'La Trampa 22', donde se hablaba de cómo un hombre que traiciona a otro, traicionará a todos. Si Simons nos explota a nosotros, seguramente hará lo mismo con su tripulación".


El Mayor frunció el ceño, considerando las palabras de Thomas. "¿Qué sugieres entonces?"


Thomas miró fijamente al Mayor, sus ojos brillando con determinación. "Deberíamos convencer a alguno de los marineros para que nos traiga huevos de granja".


El Mayor levantó una ceja con curiosidad. "¿Y qué hacemos con los huevos si no tenemos gallinas?"


Thomas sonrió con confianza. "Puedo diseñar una incubadora que, con un termostato, mantenga los huevos a 25 grados. Así podríamos criar nuestras propias aves".


El Mayor asintió lentamente, impresionado por la ingeniosidad de Thomas. "¿Estás seguro de que funcionará?"


Thomas reflexionó por un momento antes de responder. "Las probabilidades son del cincuenta por ciento".


El Mayor sonrió con complicidad. "Escucharte antes ha funcionado, Thomas. Creo que vale la pena intentarlo de nuevo".


El aire fresco de la noche envolvía a los dos hombres, llevando consigo un ligero aroma a salitre y vegetación. El sonido suave de las olas rompiendo contra la costa llenaba el aire, creando una atmósfera tranquila y serena.

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