El reciclador, capitulo 3.

Inspirado en la vida de Brandon Gandarilla.

 El mercado improvisado en la isla basura bullía de actividad mientras los pepenadores llevaban sus mercancías hacia el barco de George Simons. El sol del mediodía ardía implacablemente sobre el paisaje desolado, envolviendo a los habitantes en una capa de calor abrasador. 

Los pepenadores, con sus bolsas llenas de chatarra y objetos recogidos entre la basura, se abrían paso entre la multitud con determinación. Sus rostros estaban marcados por la fatiga y la esperanza mientras se acercaban al marinero inglés.

George Simons supervisaba las transacciones con un aire de indiferencia. Su voz resonaba sobre el bullicio del mercado mientras negociaba los precios con los pepenadores, cuyas expresiones iban desde la resignación hasta la desesperación.


La decepción se palpaba en el aire cuando los pepenadores descubrían los exorbitantes precios que George les cobraba por los alimentos básicos. 


El peso del desencanto se reflejaba en los rostros de los habitantes cuando descubrían que el kilogramo de azúcar estaba por primera vez en un costo superior al kilogramo de aluminio. 

Los pepenadores intercambiaban miradas cargadas de frustración mientras contaban sus magros ingresos con manos temblorosas. Algunos murmuraban entre dientes, expresando su indignación por la explotación a la que estaban siendo sometidos. 

Simultáneamente:

Thomas, ahora con quince años, y su madre se encontraban en el jardín improvisado detrás de su casa, un oasis de esperanza en medio del desolador paisaje de la isla basura. La valla de tarimas que rodeaba el jardín, construida con esmero a partir de madera reciclada, ofrecía un refugio visual y físico de la omnipresente vista de desechos. Dentro de esta cerca, diez filas de cinco macetas cada una albergaban diversas plantas, cuyos verdes vibrantes contrastaban fuertemente con el gris de su entorno.


El aroma fresco de las diversas plantas llenaba el aire, proporcionando un respiro de la pestilencia habitual de la isla. Thomas trabajaba diligentemente, ajustando el sistema de riego por goteo que había diseñado y construido con su propio ingenio. Este mecanismo de desalinización, una maraña de tubos y recipientes que destilaban agua del mar, goteaba suavemente sobre las plantas, manteniéndolas hidratadas en el sofocante calor.


El sol de la tarde bañaba el jardín con su luz dorada, reflejándose en las hojas húmedas y creando un brillo casi mágico. Thomas, con el rostro ligeramente bronceado y su cabello revuelto, se movía con precisión y cuidado entre las filas de macetas. Sus manos, firmes y hábiles, manipulaban las tuberías y válvulas, asegurándose de que cada planta recibiera la cantidad adecuada de agua.


El sonido del goteo constante se mezclaba con el suave murmullo del viento y el lejano romper de las olas. La madre de Thomas, con una expresión de serena satisfacción, observaba a su hijo trabajar. Su mirada estaba llena de orgullo y alivio, agradecida por el pequeño pero significativo avance en su calidad de vida. Vestida con ropas sencillas pero limpias, su presencia irradiaba una calma que contrastaba con la agitación del pasado.

Horas después:

Thomas y su padre estaban sentados en la modesta sala de su casa. La luz de una lámpara eléctrica creando una atmósfera cálida pero tenue. 


El padre de Thomas, con su semblante preocupado, se inclinó hacia adelante, sus manos callosas apoyadas sobre la mesa de madera desgastada. “Thomas, el costo del azúcar ha subido otra vez."


Thomas, con los ojos llenos de determinación y una chispa de ingenio, respondió: “Papá, la comunidad necesita organizarse. Necesitamos tener asambleas.”


El padre lo miró con curiosidad y un poco de confusión. “¿Qué es una asamblea, hijo?”


Thomas tomó aire y explicó: “Las asambleas son reuniones donde todos pueden hablar y tomar decisiones juntos. Así podemos encontrar soluciones y hacer frente a Simons.”


El padre asintió lentamente, comprendiendo. “¿Y qué necesitamos para organizar una asamblea?”


“Podemos formar una mesa directiva,” dijo Thomas, entusiasmado. “Primero necesitamos un presidente, alguien que sea respetado por todos.”


El padre de Thomas reflexionó un momento antes de responder: “Ese sería el que llamamos ‘el Mayor’. Es el más anciano y respetado entre nosotros.”


Thomas sonrió, satisfecho con la elección. “Perfecto. También necesitamos al mejor en cálculo como tesorero.”


El padre se rió suavemente, un sonido raro en aquellos días difíciles. “Ese eres tú, Thomas. Pero eres menor de edad. Supongo que yo mismo puedo ser el tesorero.”


Thomas asintió con convicción. “Sí, tú serías perfecto. Ahora solo necesitamos un secretario"

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