El gran ingeniero, capitulo 20.

 Con cinco años de edad, pero con el tamaño de un adolescente en una hacienda lejana, Yet, apenas un niño, se encontraba siendo separado de su madre. El sol del mediodía caía implacable sobre el polvoriento patio de la hacienda.

Los hombres que llevaban a cabo la transacción eran duros y despiadados, sus rostros marcados por años de trabajo en el campo y la crueldad de su oficio. 

Yet lloraba y suplicaba, aferrándose desesperadamente al torso de su madre mientras los hombres intentaban arrancarlo de su lado. Sus lágrimas caían como lluvia sobre el polvo, y sus sollozos resonaban en el aire, llenando el patio con la angustia de su corazón roto.


Pero su madre, una mujer fuerte y valiente a pesar de su condición de esclava, lo sostuvo con ternura, sus brazos envolviéndolo en un abrazo amoroso mientras le susurraba palabras de consuelo y aliento. 

"Se fuerte, hijo mío", le suplicó su madre con voz temblorosa pero firme. "Tu camino será difícil, pero debes perseverar. No permitas que el sufrimiento te consuma. Encuentra la fuerza dentro de ti para tener una buena vida"

A medida que los hombres lo jalaban lejos de su madre, Yet se aferraba a sus palabras como un ancla en medio de la tormenta. Aunque el dolor de la separación lo acompañaría toda su vida, la promesa de una vida plena y digna le daba fuerzas para seguir adelante.

En el presente:

El emperador estaba sentado en su trono de mármol, rodeado por la opulencia de su palacio, pero su rostro reflejaba la oscura sombra de la desesperación. Las llamas parpadeantes de las antorchas iluminaban la gran sala, proyectando sombras danzantes sobre las paredes decoradas con relieves dorados. A su alrededor, sus sacerdotes, vestidos con túnicas ceremoniales, lo observaban con cautela, sus rostros marcados por la preocupación.


Uno de los sacerdotes, de barba canosa y ojos sabios, se adelantó con paso vacilante, su voz temblorosa rompiendo el silencio tenso.


"Mi señor", comenzó el sacerdote, su tono respetuoso pero firme, "ha cometido un error".


El emperador frunció el ceño, su mandíbula apretada con ira mal disimulada. "Yo no cometo errores", respondió con vehemencia, su voz resonando en la sala como un trueno.


El sacerdote se inclinó ante el emperador, su mirada llena de pesar. "Al desafiar al hijo del dios, ha perdido las tribus de la costa", explicó con solemnidad. "Y ahora, al desafiarlo nuevamente, ha perdido todas las tribus. Pronto, podría perder incluso el imperio"


El emperador se puso de pie con furia, sus puños apretados con impotencia. "¡Yo soy el único elegido de los dioses!", gritó, su voz resonando en la sala con una intensidad escalofriante.


Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, su mano se movió con rapidez, ordenando la ejecución del sacerdote que había osado cuestionarlo. Los otros sacerdotes comenzaron a mirarlo con recelo.

Días después:

Victor se encontraba de pie en el centro de una región ceremonial,  rodeado por los jefes de casi todas las tribus de la región y varios comandantes que habían decidido traicionar al emperador. La luz del sol se filtraba a través de las altas ventanas, bañando la estancia en una cálida luminosidad que realzaba la solemnidad del momento. A su lado, Tecatetzin, el fiero guerrero tinca que había jurado lealtad a Victor, observaba con atención desde su posición junto al joven líder y a yet.


Los jefes tribales, vestidos con túnicas adornadas con motivos ancestrales, se encontraban sentados en círculo alrededor de Victor, sus rostros marcados por años de vida en la selva. 

Uno de los comandantes, un hombre de mirada aguda y voz profunda, se adelantó con cautela, su expresión reflejando la curiosidad y el respeto por el joven líder que había logrado unir a tantas tribus bajo su estandarte.


"¿Que poder usa el hijo del dios para controlar a tantos individuos?", preguntó el comandante, su tono lleno de asombro.


Victor contempló a los presentes con seriedad, sus ojos azules brillando con determinación y confianza en su causa. "No los controlo", respondió con calma, su voz resonando en la sala con autoridad. "Solo les ofrezco esperanza".


A su lado, Tecatetzin asintió con aprobación, su mirada fiera reflejando el mismo sentido de propósito y convicción que emanaba de Victor.


"Ha llegado el momento de actuar", declaró Victor, su tono firme y decidido. "El emperador ha abusado de su poder durante demasiado tiempo. Es hora de poner fin a su tiranía y restaurar la libertad".


Los jefes tribales asintieron con determinación, sus rostros iluminados por la esperanza de un futuro mejor bajo el liderazgo de Victor. Los comandantes, que habían sido puestos a prueba por Tecatetzin y encontrados dignos de unirse a la causa, se prepararon para liderar a sus hombres en la batalla que se avecinaba.

En la oscuridad de la noche, el silencio envolvía el campo tinca de agricultura como un manto sombrío, mientras una brisa suave mecía los tallos de los cultivos con un susurro apenas perceptible. La luna, apenas un fino hilo plateado en el cielo estrellado, iluminaba débilmente el paisaje, añadiendo un toque de misterio a la escena nocturna.

Meses después:

En las sombras, un grupo de neumas se movía con sigilo entre los campos, sus figuras apenas visibles entre la oscuridad. Con determinación y precisión, encendieron pequeñas antorchas, cuyas llamas danzaban con un brillo siniestro en la penumbra de la noche. El olor acre del humo llenaba el aire, mezclado con el aroma dulce y terroso de los cultivos maduros.


Con movimientos rápidos y silenciosos, los neumas se acercaron a los campos de cultivo, sus antorchas lanzando destellos de luz que parpadeaban entre las hileras de plantas. Con cada paso, el fuego se extendía rápidamente, devorando los cultivos con voracidad y dejando a su paso un rastro de destrucción y desolación.


El sonido del crujir de las llamas y el chisporroteo del fuego llenaba el aire, rompiendo la tranquilidad de la noche con una furia despiadada. El cielo se iluminaba con reflejos anaranjados y rojizos, mientras las llamas se elevaban hacia el firmamento como serpientes de fuego ansiosas por devorar todo a su paso.


A lo lejos, el resplandor del incendio era visible en el horizonte, una mancha oscura contra el fondo nocturno que anunciaba la destrucción inminente. El calor del fuego se hacía sentir incluso a distancia, abrasando la piel y haciendo que el aire se volviera denso y sofocante.


Mientras los campos ardían en un torrente de llamas, los neumas observaban en silencio desde las sombras, su rostro iluminado por el resplandor del incendio. A pesar de la destrucción que habían desatado, no mostraban ningún signo de remordimiento o arrepentimiento, pues sabían que cada chispa y cada llama eran parte de un plan meticulosamente elaborado para debilitar al imperio tinca y allanar el camino para la victoria de Victor.



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