El gran ingeniero, capitulo 23.

 Victor se encontraba sentado en el suelo de su nuevo palacio, rodeado de tablas con inscripciones de antiguas leyendas tincas. A la luz de una lámpara de aceite, examinaba detenidamente cada línea y cada palabra.


Con un gesto concentrado, Victor trazaba líneas en un pergamino extendido sobre la mesa de madera desgastada. Cada trazo era cuidadosamente calculado, cada curva y ángulo delineaba la forma de un lago en las alturas, el lugar donde según la leyenda, la bestia durmiente acechaba en las noches de luna llena.

Con cada trazo en el pergamino, Victor se sentía más cerca de desentrañar el misterio que envolvía a los aparatos de las tribus. Cada línea trazada con su pluma era como un paso adelante hacia el conocimiento prohibido que yacía en lo más profundo de la selva.


Finalmente, cuando el plano estuvo completo y cada detalle había sido meticulosamente registrado, Victor se recostó en su silla con un suspiro de satisfacción. La obra de sus manos representaba no solo un mapa físico del lago en las alturas, sino también el fruto de su determinación y perseverancia en la búsqueda de la verdad.

Simultáneamente:

En el corazón de la bulliciosa ciudad tinca, el comercio cobraba vida con una energía palpable y un bullicio ensordecedor. Las calles estaban llenas de gente de todas las tribus, ataviadas con túnicas coloridas y adornos tradicionales, que caminaban de un lado a otro entre los puestos repletos de mercancías de todas las clases y procedencias.


El aroma tentador de especias exóticas y hierbas aromáticas flotaba en el aire, mezclado con el olor ahumado de la carne asada y el dulce perfume de las flores frescas. Cada calle estaba llena de puestos de mercado donde los comerciantes exhibían sus productos con orgullo, desde joyas elaboradas hasta tejidos finamente trabajados, pasando por alimentos frescos y utensilios artesanales.


El sol brillaba en el cielo despejado, enviando rayos cálidos que bañaban las calles en una luz dorada y hacían brillar los colores vibrantes de las telas y los adornos. Las sombras se movían con el ritmo del sol, creando un juego de luces y sombras en el bullicio del mercado.


El sonido de las voces de los comerciantes y los clientes llenaba el aire con un murmullo constante, entrelazado con el tintineo de monedas y el crujido de bolsas llenas de mercancías. Los vendedores gritaban sus ofertas con entusiasmo, tratando de atraer la atención de los transeúntes y convencerlos de la calidad y el valor de sus productos.

Simultáneamente:

En la aldea Nuca, el aire estaba impregnado de un suave perfume de flores silvestres y tierra húmeda, mientras Yet sostenía en brazos a su recién nacido hijo, sintiendo el peso de la responsabilidad y la alegría abrumadora que llenaba su corazón. El bebé dormía plácidamente, sus suaves respiraciones llenaban el aire con un susurro reconfortante que parecía envolverlos a todos en un abrazo cálido y protector.


A su lado, Inti irradiaba una felicidad radiante, su rostro iluminado por una sonrisa resplandeciente mientras observaba al bebé con adoración y amor maternal. El jefe de la aldea se acercó con pasos tranquilos pero llenos de autoridad, su mirada sabia reflejaba el orgullo y la satisfacción de ver a la próxima generación de la tribu florecer y crecer.


Yet miró a su alrededor, contemplando la belleza serena de la aldea Nuca, con sus cabañas de madera entrelazadas con enredaderas y rodeadas de exuberante vegetación. El sol se filtraba a través de las hojas de los árboles, creando un patrón de sombras danzantes en el suelo, mientras el suave murmullo del arroyo cercano llenaba el aire con una melodía suave y relajante. Sin embargo, a pesar de la alegría del momento, un sentimiento de melancolía se apoderó de Yet mientras observaba a su hijo. Yet le agradecía a su amigo Víctor por todo lo que había conseguido, pero lamentaba que no estuviera disfrutando este momento con él, aunque Victor era, quizá, la mejor persona que había conocido, su frialdad era indudable, eso, aunado a su obsesión por el conocimiento, lo podía alejar de cualquiera de sus semejantes.

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