El gran ingeniero, capitulo 21.

 El rugido ensordecedor de la batalla llenaba el aire, mezclándose con el sonido de las lanzas chocando y los gritos de guerra de los combatientes. El sol brillaba sobre la ciudad tinca, iluminando el caos y la destrucción que se desataba en sus calles. Las tribus, encabezadas por Victor, avanzaban con determinación, sus corazones ardían con la pasión de la libertad y la justicia mientras se enfrentaban a sus opresores.

Las calles estaban llenas de cuerpos caídos y heridos, testigos mudos de la brutalidad de la guerra. Los tincas estaban abrumados por la ferocidad y la determinación de sus enemigos. Algunos huían en desesperación, buscando refugio en las sombras de las callejuelas, mientras que otros caían bajo el implacable avance de las tribus.


Sin embargo, no todos los tincas eran enemigos. Algunos, cansados de la opresión de sus líderes, veían en Victor y las tribus una oportunidad de liberación. Se unieron a la lucha con renovada determinación, desafiando las órdenes de sus superiores y levantando sus armas contra sus antiguos aliados. La traición y la lealtad se entrelazaban en un complejo tejido de motivaciones y decisiones mientras la batalla se intensificaba.


El cielo resonaba con el estruendo de los tambores tribales y los gritos de victoria de los guerreros, creando una atmósfera de exaltación y triunfo en medio del caos y la destrucción. Las tribus avanzaban con ímpetu renovado, cada paso acercándolos un poco más a la victoria que tanto anhelaban.

La ciudad temblaba bajo el peso de la guerra, sus calles llenas de caos y destrucción. Pero entre la violencia y la confusión, la esperanza brillaba como una luz en la oscuridad. Las tribus habían llegado para reclamar su libertad, y nada detendría su marcha hacia la victoria final.

Simultáneamente:

En el fragor de la batalla, Tecatetzin se erguía como un titán entre los combatientes, su lanza de obsidiana cortando el aire con precisión letal. Guerrero tras guerrero tinca caía bajo su implacable avance, su determinación feroz alimentada por el deseo de obedecer a su nuevo lider. El sol brillaba sobre su figura imponente, destacando el brillo de su armadura y el destello de su lanza mientras se abría paso a través de las filas enemigas.


Mientras tanto, en el palacio, el sumo sacerdote se acercaba al emperador con noticias. 

Sumo sacerdote: señor, se dice que el hijo del dios es piadoso, si usted le pide perdón, podremos evitar su irá.

Emperador: jamás me humillarse así, ustedes harán lo que yo diga aunque los mandé a morir.

Pero justo cuando el emperador pronunciaba sus palabras de desafío, sintió una punzada aguda en su espalda. Una lanza de obsidiana había atravesado su armadura y su carne, hundiéndose en su corazón con precisión mortal. El emperador vaciló por un momento, sus ojos llenos de incredulidad y dolor, antes de caer al suelo con un susurro apenas audible.


"Yo... soy... el elegido", fueron sus últimas palabras, un murmullo débil que se desvaneció en el aire mientras su vida abandonaba su cuerpo.


En el palacio, el silencio se cernía sobre la escena, roto solo por el sonido de los pasos apresurados de los sirvientes que acudían a socorrer al emperador caído. Pero era demasiado tarde. El poderoso gobernante yacía inmóvil en el suelo, su cuerpo sin vida testigo de la efímera naturaleza del poder y la ambición humana.

En la penumbra del palacio, el sumo sacerdote confrontó al sacerdote con una mirada de acusación en sus ojos sombríos.

"¿Qué has hecho?", tronó el sumo sacerdote, su voz resonando en la sala oscura como un trueno distante. "¿No te das cuenta de las consecuencias de tus acciones?"


El sacerdote bajó la cabeza, sintiendo el peso de la culpa sobre sus hombros encorvados. Sabía que había cruzado una línea peligrosa al conspirar contra el emperador, pero también sabía que si no actuaban, todos enfrentarían la ira del tirano despiadado.


"Lo hice por el bien de todos", murmuró el sacerdote, sus palabras apenas audibles en el silencio opresivo de la sala. "El emperador nos habría condenado a la muerte. No había otra opción."


El sumo sacerdote asintió con resignación, comprendiendo la difícil posición en la que se encontraban. Sabía que el emperador no toleraría ninguna desviación de su voluntad, y que cualquier intento de desafiarlo sería castigado con severidad.


"Entonces, ¿qué hacemos ahora?", preguntó el sacerdote, levantando la mirada hacia el sumo sacerdote en busca de orientación.


El sumo sacerdote frunció el ceño, su mente trabajando rápidamente en busca de una solución. Sabía que no podían quedarse y enfrentar la ira del emperador, pero tampoco podían abandonar su deber sagrado con respecto al pueblo.


"Nos retiraremos", declaró el sumo sacerdote con decisión. "En lo que a mí respecta, no estuvimos aquí."


Con movimientos rápidos y precisos, el sumo sacerdote se dirigió hacia una pared aparentemente sólida y presionó un ladrillo particular con fuerza. Con un crujido sordo, la pared se deslizó hacia un lado, revelando un pasadizo secreto oculto en la oscuridad.


Los sacerdotes y sus seguidores se apresuraron a seguir al sumo sacerdote en el pasadizo estrecho, dejando atrás el palacio y la incertidumbre que yacía en su interior. A medida que avanzaban por el túnel oscuro, podían sentir la humedad en el aire y el olor a tierra húmeda que llenaba sus fosas nasales.


El pasadizo parecía interminable, una serpentina de piedra que los conducía hacia la seguridad y la libertad. El sonido de sus pasos resonaba en las paredes de piedra, mezclándose con el susurro lejano del viento que soplaba en la superficie.


Horas después:

La noche envolvía la ciudad en un manto oscuro, mientras Tecatetzin avanzaba con determinación por las calles desiertas hacia el palacio. A su lado, Victor se erguía sobre los hombros de Yet, su figura imponente proyectando una sombra ominosa en las paredes de los edificios adyacentes.


Los guardias en las afueras del palacio se vieron sorprendidos por la llegada repentina de Tecatetzin. Con movimientos rápidos y precisos, el guerrero derrotó a los guardias con una ferocidad indomable, abriendo paso hacia la entrada principal del palacio.


En ese momento, Yet cargó un tronco enorme y lo lanzó contra la puerta del palacio con una fuerza abrumadora. La madera se astilló y se hizo añicos bajo el impacto, creando una abertura enorme a través de la cual Victor y Tecatetzin pudieron entrar.


Una vez dentro, Victor miró alrededor con determinación, su mente maquinando un plan para anunciar su llegada. Sacó su megáfono, un objeto poderoso que había sido su fiel compañero en muchas batallas.


Tecatetzin lo observaba con asombro mientras Victor sostenía el megáfono en sus manos.


"¿Quieres usarlo?", preguntó Victor, extendiendo el megáfono hacia Tecatetzin.


El guerrero tinca frunció el ceño, contemplando el objeto con incredulidad.


"Son cosas divinas", murmuró Tecatetzin, su voz llena de respeto.


Pero Victor sacudió la cabeza con determinación.


"El dios no se molestará", declaró Victor con confianza. "Es hora de que el mundo escuche nuestra verdad".


Tecatetzin asintió con resignación y tomó el megáfono de las manos de Victor. Levantó el megáfono hacia sus labios y habló con una voz que resonó en toda la ciudad.


"¡El hijo del dios ha llegado!", proclamó Tecatetzin con autoridad. "¡Y el que se le oponga será destruido!"


El silencio reinó en la ciudad, interrumpido solo por el suave canto de los grillos en la noche.


Tecatetzin repitió sus palabras una vez más, y el eco de su voz llenó el aire.

Tecatetzin miró a Victor con una mirada inquisitiva.


"¿Funciona solo con dioses?", preguntó, su voz llena de curiosidad.


Victor sonrió con tristeza y sacudió la cabeza.


"En realidad, no hay nadie", admitió Victor, su voz apenas un susurro en la oscuridad.


Juntos, entraron en el palacio y se encontraron con el cuerpo del emperador en el suelo, inmóvil y sin vida.


"Hemos ganado", declaró Victor con una mezcla de alivio y asombro en su voz, mientras observaban el resultado de su ardua lucha.

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