El gran ingeniero, capitulo 18.

 En la tranquila oscuridad de la noche, los soldados tincas descansaban, sumidos en un sueño profundo después de un día agotador de marcha a través de la densa selva. Sus cuerpos yacían dispersos por el suelo, envueltos en mantas raídas que apenas ofrecían protección contra el frío de la noche. El murmullo suave de la selva envolvía el campamento, mezclándose con el suave susurro del viento entre los árboles y el constante zumbido de los insectos nocturnos.


En medio de esta tranquilidad aparente, un grupo de guerreros dispersos se movía sigilosamente entre los árboles, sus figuras apenas visibles en la oscuridad. Con habilidad y determinación, prepararon sus flechas, impregnándolas con fuego antes de lanzarlas con precisión hacia el campamento de los tincas.


Las flechas ardientes cortaron el aire con un silbido ominoso, trazando arcos de fuego que iluminaban brevemente la noche antes de estrellarse contra las chozas improvisadas de los soldados. El sonido de las llamas crepitantes y los gritos de sorpresa llenaron el aire, rompiendo la quietud de la noche con una furia repentina y violenta.


Los soldados tincas se despertaron sobresaltados por el caos repentino, luchando por salir de sus mantas y ponerse de pie mientras el fuego se extendía rápidamente a su alrededor. El humo espeso y acre llenó el aire, ardiendo en sus pulmones y nublando su visión mientras luchaban por orientarse en la oscuridad.


Mientras tanto, en otro rincón del campamento, un grupo de nucas se preparaba para su propio ataque sorpresa. Con sigilo y determinación, encendieron pequeñas antorchas y se acercaron sigilosamente a una manada de pecaries que descansaban cerca del campamento. Con movimientos rápidos y precisos, prendieron fuego a las colas de los animales, enviándolos corriendo hacia el campamento de los tincas con una furia desenfrenada.


El estruendo de los cascos y los gruñidos de los pecaries resonaron en la noche, mezclándose con los gritos de los soldados tincas mientras luchaban por defenderse del doble ataque. La confusión reinaba en el campamento, con soldados corriendo en todas direcciones mientras intentaban apagar el fuego y repeler el feroz ataque de los pecaries.


El olor acre del humo se mezclaba con el olor metálico de la sangre y el sudor de los soldados, creando una atmósfera opresiva y caótica que llenaba el aire. El calor del fuego se hacía cada vez más intenso, abrasando la piel y haciendo que los soldados lucharan por respirar en medio del humo denso y asfixiante.


En medio del caos y la confusión, los soldados tincas luchaban con valentía, enfrentándose a un enemigo invisible en la oscuridad de la noche. Con determinación implacable, se aferraban a la esperanza de sobrevivir a la emboscada y salir victoriosos de la batalla que se libraba en su propio campamento.

Horas después:

En la vasta tierra abierta, bajo el resplandor del sol del mediodía, Victor se encontraba reunido con los jefes de una docena de tribus. La hierba alta mecida por la brisa susurraba suavemente a su alrededor, mientras los hombres se encontraban sentados en círculo, sus rostros marcados por años de vida en la selva y la lucha contra los tincas. El murmullo de voces llenaba el aire, mezclándose con el suave susurro del viento entre los árboles y el constante zumbido de los insectos en la distancia.

Victor: en esta ocasión mi padre ha solicitado que demuestren su valor, no podré ayudarlos con mis poderes (era mentira, Víctor se había quedado sin trucos espectaculares).

Días después:

En el campo de batalla, días después del discurso de Victor ante los jefes tribales, los tincas se encontraban frente al nuevo ejército liderado por el joven estratega. 


Los tincas, cansados y enfermos después de días de agotamiento planificado por Victor, se alineaban en formación frente al imponente ejército de Victor. El sol brillaba sobre sus armaduras de madera y sus rostros marcados por el cansancio y la determinación. 


Frente a las tribus, en una posición elevada que le ofrecía una excelente visión del campo de batalla, se encontraba Victor montado sobre Yet. Su figura se destacaba entre la multitud, su cabello rubio brillando bajo el sol y su rostro marcado por la determinación y la confianza en su causa. A su lado, Tecatetzin, el ex guerrero tinca, se erguía con orgullo, su mirada fiera y su espíritu indomable infundiendo valor en las filas de las tribus.


Con un megáfono en mano, Victor alzó su voz con autoridad, su tono resonando sobre el campo de batalla con una fuerza que detuvo a los tincas en seco. El sonido estruendoso de su voz cortó el aire, llevando su mensaje a cada rincón del campo de batalla.


"¡Yo soy el hijo del dios!", proclamó Victor con voz atronadora, su mirada fija en el ejército tincas frente a él. "¡Su emperador debe saber que las tribus ya no le pertenecen más!"

Los tincas intercambiaron miradas nerviosas, su confianza vacilante ante la determinación y la bravura de las tribus unidas bajo el estandarte de Victor. El viento agitaba las hojas de los árboles, creando un murmullo constante que llenaba el aire con un sentido de urgencia y anticipación.

En el campo de batalla, Tecatetzin, el guerrero, y el debilitado comandante tincas avanzaban hacia el centro del campo de batalla, donde se encontrarían cara a cara.

Tecatetzin se mantenía erguido, su mirada fiera y su espíritu indomable infundiendo valor en las filas de las tribus. A su lado, el comandante tincas luchaba por mantenerse en pie, su cuerpo marcado por las heridas y su rostro pálido y demacrado por el agotamiento de la batalla.


Al llegar al centro del campo de batalla, el comandante tincas se detuvo frente a Tecatetzin, su mirada cansada pero firme mientras la evaluaba con atención.


"Tecatetzin", dijo el comandante con voz ronca, "¿realmente has decidido unirte al enemigo?".


Tecatetzin sostuvo la mirada del comandante, su expresión seria pero determinada.


"El verdadero enemigo no está en este campo de batalla", respondió Tecatetzin con firmeza. "El verdadero enemigo está en el palacio, donde el emperador asesina incluso a sus más fieles soldados. Mientras tanto, el hijo del dios perdona incluso a sus prisioneros de guerra".


El comandante frunció el ceño, sorprendido por las palabras de Tecatetzin.


"¿De verdad crees que se trata de un dios?", preguntó el comandante, su voz llena de incredulidad.


Tecatetzin sostuvo la mirada del comandante con determinación.


"¿Quién más podría dominar a la montaña?", preguntó Tecatetzin, señalando hacia las alturas donde el sol se elevaba sobre las cimas de las montañas.

En el fragor de la batalla, los dos bandos chocaron entre sí con una ferocidad desenfrenada. El estrépito de la guerra resonaba en el aire, mezclándose con los gritos de los combatientes y el choque metálico de las armas. El campo de batalla se convirtió en un remolino de caos y violencia, donde cada hombre luchaba por su vida y su causa.


Los soldados tincas, cansados y enfermos, luchaban con valentía, pero estaban abrumados por la ferocidad y el número de sus enemigos. Sus armaduras de madera crujían bajo el impacto de las lanzas enemigas, y sus cuerpos marcados por el agotamiento temblaban con el esfuerzo de la lucha.


El olor a sangre y sudor impregnaba el aire, mezclado con el metálico sabor del miedo y la determinación. Cada aliento era una lucha, cada paso era una batalla, mientras los combatientes se lanzaban unos contra otros con una furia despiadada.

Las filas de los tincas se desmoronaban bajo el implacable avance de sus enemigos. Los guerreros caían uno tras otro, sus cuerpos yacían inertes en el suelo, testigos mudos de la brutalidad del conflicto.


Entre el caos de la batalla, Victor y Tecatetzin se mantenían firmes, liderando a sus fuerzas con determinación y coraje. Victor, montado sobre Yet y con su megáfono en mano, dirigía a las tribus con voz estruendosa, infundiendo valor y esperanza en medio de la desesperación.


Tecatetzin, con su mirada fiera y su lanza, luchaba con una ferocidad indomable, inspirando a sus guerreros a seguir adelante.

El campo de batalla se convirtió en un mar de cuerpos caídos y sangre derramada, donde la vida y la muerte se entrelazaban en una danza macabra de destrucción y desolación.


En medio del frenesí de la lucha, los soldados tincas luchaban con una determinación feroz, aferrándose a la esperanza de la victoria incluso cuando el peso de la derrota se cernía sobre ellos. Sin embargo, a medida que la batalla llegaba a su apogeo, era evidente que la victoria estaba fuera de su alcance.

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