El gran ingeniero, capitulo 17.

 En una soleada tarde de verano, los rayos del sol se filtraban a través de las ventanas polvorientas de una antigua tienda de esclavos en el corazón de la Inglaterra del siglo XVIII. Entre las sombras del local, se encontraba Yet, un niño esclavo de doce años cuya figura imponente parecía desafiar su corta edad. A pesar de su juventud, su musculatura y altura desarrollada lo hacían parecer un adulto, un contraste llamativo con su rostro aún infantil y sus ojos oscuros llenos de inocencia perdida.


Yet estaba de pie en el centro de la tienda, su cuerpo tenso y sus manos temblorosas mientras esperaba el próximo capítulo de su incierto destino. Sus ropas raídas y su piel oscura estaban marcadas por el trabajo duro y los rigores de la esclavitud, testigos mudos de las dificultades que había enfrentado en su corta vida.


A su lado, el dueño de la tienda, un hombre de aspecto duro con un sombrero de copa gastado, observaba a Yet con una mirada fría y calculadora. Había adquirido a Yet en una subasta de esclavos, atrapado en el ciclo interminable de compra y venta que caracterizaba la brutal institución de la esclavitud.


Yet había sido vendido por su anterior dueño debido a problemas económicos, una víctima más de un sistema despiadado que consideraba a los seres humanos como simples mercancías. A pesar de su corta edad, había conocido el sufrimiento y la privación en todas sus formas.

El tintineo de una campanilla anunció la entrada de dos figuras en la tienda de esclavos, rompiendo el silencio opresivo del lugar. El primero en entrar fue un niño de siete años, su delgada figura se destacaba entre las sombras de la tienda. Este era Victor, un niño sumamente escuálido y de baja estatura, con el pelo rubio como el trigo maduro y unos ojos azules que se oscurecuan con una malicia que ya había sido mancillada por el mundo cruel que lo rodeaba.


A su lado caminaba su padre, el Sr. Menesterius, un poderoso hacendado aristócrata cuya presencia imponente llenaba la habitación. Era un hombre delgado y alto, con el mismo cabello rubio que su hijo, aunque su rostro estaba adornado con un bigote espeso y patillas que le conferían un aire de autoridad y poder.


El Sr. Menesterius se movía con una confianza tranquila, su mirada fría escudriñando la mercancía humana que se exhibía en la tienda. Para él, los esclavos eran simples bienes, objetos para ser comprados y vendidos según su conveniencia y capricho.


Mientras tanto, Victor estaba absorto en su propio mundo de ciencia. Era su cumpleaños, y su madre le había regalado unas monedas de oro para que las gastara como quisiera. 

Los esclavos, hombres, mujeres y niños de todas las edades, estaban alineados en filas ordenadas, con expresiones vacías y miradas perdidas que reflejaban el sufrimiento y la resignación. Sus ropas raídas y sus cuerpos marcados por el trabajo duro y los rigores de la esclavitud hablaban de las penurias que habían soportado en silencio.


Victor observaba a los esclavos con curiosidad, su mente ya era capaz de comprender completamente la injusticia y el sufrimiento que se escondían detrás de sus ojos cansados. su padre le había enseñado desde temprana edad que eran diferentes, inferiores, pero para él aquello no tenía mucho sentido, eran humanos.

Entre la multitud de esclavos, los destinos de Victor y Yet se entrelazaron en un momento fugaz pero significativo. Por primera vez en sus jóvenes vidas, sus miradas se encontraron, y algo en los ojos de Yet captó la atención de Victor de una manera que no podía explicar. Aunque eran solo niños, había algo en la expresión de Yet que parecía transmitir una fortaleza y una determinación que trascendían su corta edad.


Intrigado por la presencia de Yet, Victor se acercó a él con curiosidad, ignorando las advertencias silenciosas de su padre que observaba la escena con una mirada fría y desaprobadora. Victor se volvió hacia el dueño de la tienda, un hombre corpulento con una mirada indiferente que reflejaba la dureza de su comercio.


—¿Cuánto por este? —preguntó Victor, señalando a Yet con un gesto de su mano.


El dueño de la tienda examinó a Yet con una mirada crítica antes de responder.


—Este esclavo es resistente y muy trabajador. Vale una moneda de oro.


Victor no dudó un momento. Sacó la moneda de oro que su madre le había dado como regalo de cumpleaños y se la entregó al dueño de la tienda, su determinación brillando en sus ojos azules.


Mientras tanto, el Sr. Menesterius observaba la escena con creciente irritación. No podía entender por qué su hijo había decidido gastar su preciado dinero en un esclavo.

—¿Para qué quieres a ese esclavo? —preguntó el Sr. Menesterius, su voz llena de desdén.


Victor se volvió hacia su padre, su rostro inexpresivo pero firme.


—Tengo derecho a gastar mi dinero como guste —respondió Victor, su tono desafiante a pesar de su corta edad.


El Sr. Menesterius frunció el ceño, frustrado por la obstinación de su hijo. 

Meses después:

En el tranquilo laboratorio de Victor, el ambiente estaba impregnado con el olor acre de los productos químicos y el suave zumbido de la maquinaria en funcionamiento. Yet se encontraba sentado frente a una mesa, concentrado mientras trataba de leer las letras de un pedazo de papel. A su lado, Victor observaba con atención, ofreciendo consejos y correcciones cuando era necesario.


—¿De qué sirve leer? —preguntó Yet, levantando la mirada hacia Victor con curiosidad.


Victor sonrió, ajustando los lentes sobre su nariz mientras consideraba la pregunta.


—Necesito que sepas identificar los tubos de ensayo y las piezas mecánicas —explicó Victor—. Además, un esclavo que sabe leer tiene más valor. Puedes ser un esclavo de interiores, y eso significa que comerás lo mismo que tu amo.


Yet asintió, procesando la información lentamente. 

—Entiendo —respondió Yet con sinceridad—. Seguiré practicando.


A medida que Yet continuaba escribiendo, su mente vagaba hacia su nueva vida junto a Victor. Aunque al principio había sido cauteloso con su nuevo amo, había descubierto que Victor era diferente de cualquier persona que hubiera conocido antes. Aunque un poco excéntrico y obsesionado con sus experimentos, Victor era considerado con él, mostrándole una amabilidad que nunca había experimentado como esclavo.

tres años después:

Al Interior de la mansión menesterius, un capataz, con su sombrero de ala ancha y su látigo en la mano, había convencido al Sr. Menesterius de que mantener a Yet fuera del trabajo duro en el campo era un desperdicio de recursos. Ahora, estaba frente a Victor y Yet, listo para llevar a cabo la orden que le habían dado.

— negro, es hora de que comiences a ayudar con la cosecha —dijo el capataz con voz autoritaria—. El Sr. Menesterius lo ha ordenado.

Yet: yo no haré nada a menos que Victor me lo ordene.

Victor frunció el ceño, su mandíbula apretada con determinación.


—No puedo permitirlo —respondió Victor con firmeza—. Yet es mío, y no lo enviaré al campo.


El capataz miró a Victor con desdén, sacudiendo la cabeza con incredulidad.


—Es una orden directa de tu padre —insistió el capataz—. Debes permitirme llevarme a Yet.


Victor se mantuvo firme, negándose a ceder ante la presión del capataz.


—No lo haré —declaró Victor con determinación—. Yet se queda conmigo.


El capataz frunció el ceño, su paciencia agotándose.


—Entonces, lo tomaré por la fuerza —amenazó el capataz, avanzando hacia Yet con determinación.


Ante la amenaza del capataz, Victor se puso en medio de él y Yet, bloqueando su camino con determinación.


—Si te atreves a acercarte a Yet, te arrepentirás —advirtió Victor con una mirada desafiante—. Yet, si usa el látigo, lo golpeas, es una orden!


Yet, que había estado observando la escena en silencio, asintió con determinación ante las palabras de Victor. Aunque su expresión era seria, había un destello de gratitud en sus ojos oscuros mientras miraba a su joven amo.


El capataz se detuvo en seco, sorprendido por la firmeza de Victor y Yet.

El capataz gruñó de frustración, consciente de que no podía hacer nada contra la determinación de Victor y la fuerza de Yet. Con un gesto de impotencia, se dio la vuelta y se marchó, dejando a los dos jóvenes solos.

Minutos después:

En la elegante sala de estar, Victor se encontraba de pie frente a su padre, una expresión determinada en su rostro mientras esperaba escuchar lo que tenía que decir.

El Sr. Menesterius observaba a su hijo con una mirada seria, sus ojos azules fijos en él mientras consideraba sus palabras.


—Victor, ha llegado el momento de que Yet comience a trabajar en el campo —dijo el Sr. Menesterius con firmeza—. Es un esclavo fuerte y robusto, y podemos aprovechar su fuerza.


Victor frunció el ceño, negando con la cabeza.


—No puedo permitirlo, padre —respondió Victor con determinación—. Yet es mío.


El Sr. Menesterius suspiró, sacudiendo la cabeza con incredulidad.


—Victor, puedo darte dos esclavos más a cambio de Yet —ofreció su padre—. Será un buen intercambio.


Victor negó con la cabeza, manteniendo su postura.


—Yet es un esclavo de categoría muy alta para trabajar en el campo —explicó Victor—. Sabe leer y escribir.


El Sr. Menesterius frunció el ceño, sorprendido por la revelación.


—¿Quién le enseñó eso? —preguntó su padre, con una mezcla de sorpresa y desaprobación.


—Yo lo hice —respondió Victor con orgullo—. Es mi paje.


El Sr. Menesterius levantó una ceja, sorprendido por la respuesta de su hijo.


—Un paje es generalmente un joven blanco—señaló su padre—. Yet no encaja en esa descripción.


Victor asintió, sin inmutarse por la observación de su padre.


—Aún así, es mi paje —insistió Victor con firmeza—. Y no estoy dispuesto a cambiarlo por nada.


El Sr. Menesterius suspiró, resignado ante la obstinación de su hijo.


—Estás desperdiciando a un esclavo que podría producir lo de cinco —comentó su padre con pesar—. No entiendo por qué quieres seguir teniéndolo.


Victor sostuvo la mirada de su padre, su determinación sin disminuir en lo más mínimo.


—Porque es mío —respondió Victor con firmeza—. Y eso es todo lo que importa.


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