El gran ingeniero, capitulo 15.
En las sombrías profundidades de las mazmorras del palacio del emperador Tinca, dos figuras yacían en la penumbra, sus cuerpos apenas visibles bajo la tenue luz que se filtraba por las rendijas en las paredes de piedra. El más maduro de los dos soldados se encontraba sentado en un rincón oscuro, su postura encorvada y su expresión resignada Las marcas del tiempo y la guerra se reflejaban en su rostro curtido, donde las líneas de fatiga y preocupación se entrelazaban con las cicatrices de antiguas heridas.
A su lado, Tecatezin, el joven guerrero conocido por su valentía y habilidad en el campo de batalla, yacía en el suelo de piedra con gesto de dolor. Una cicatriz profunda cruzaba su frente, una marca permanente de su enfrentamiento con los nucas. Sus costillas rotas le causaban un dolor punzante con cada respiración, pero su mirada ardiente y determinada aún brillaba con una luz feroz. A pesar de sufrir las heridas de la batalla, su espíritu indomable se negaba a ceder ante la oscuridad que lo rodeaba.
La historia de Tecatezin era conocida en todo el imperio. Considerado como el mejor guerrero de los tincas, había logrado numerosas bajas en el campo de batalla, ganándose el respeto y la admiración de sus camaradas y el temor de sus enemigos. Incluso los sacerdotes del imperio habían cuestionado la orden del emperador de ejecutar a un guerrero tan valioso, argumentando que su habilidad en combate podría ser crucial para el futuro del imperio. Pero las ordenes del emperador eran implacables, y la derrota en la batalla contra los nucas había sellado su destino.
Pero incluso en las profundidades de la desesperación, Tecatezin se aferraba a un destello de esperanza. Su determinación ardía como una llama dentro de él, alimentada por el recuerdo de las batallas pasadas y la promesa de un mañana incierto. Aunque sus músculos estaban adoloridos y su cuerpo herido, su espíritu de lucha seguía siendo inquebrantable. Los guardias de las mazmorras se acercaban.
Tecatezin: ¿Has escuchado eso?. Tenemos que escapar de aquí.
Soldado mayor: (con pesar) ¿Escapar? ¿Estás loco? Nadie ha logrado salir de estas mazmorras vivo. Es imposible.
Tecatezin: (con determinación) No podemos rendirnos antes de intentarlo. Somos guerreros, no nos doblegaremos ante la adversidad. Seremos los primeros en escapar.
Soldado mayor: (escéptico) ¿Y cómo planeas hacerlo? Las puertas están custodiadas y las paredes son impenetrables.
Tecatezin: (con confianza) No necesitamos derribar las puertas ni atravesar las paredes. Tenemos la voluntad y la astucia para encontrar una salida. Conocemos este lugar mejor que nadie. Juntos, podemos encontrar una manera de salir.
Soldado mayor: (dubitativo) Es una locura. Pero si hay alguien que pueda hacerlo, eres tú, Tecatezin. Confío en tu habilidad y determinación.
Tecatezin (con gratitud): Gracias por creer en mí, compañero. Ahora, vamos a buscar una brecha en las defensas, una oportunidad para escapar de este lugar maldito.
Al ver a los prisioneros indefensos, los guardias no pudieron resistir la tentación de burlarse de su desgracia. Se acercaron a ellos con risas burlonas, disfrutando de su poder sobre aquellos que estaban a su merced.
Sin embargo, su diversión pronto se convirtió en sorpresa cuando Tecatezin, aún amarrado y maltrecho por las heridas de la batalla, se lanzó contra ellos con una ferocidad inesperada. A pesar de estar en clara desventaja, su espíritu indomable ardía con una determinación feroz.
El sonido de las cuerdas resonó en el aire mientras Tecatezin luchaba contra sus ataduras, ignorando el dolor punzante que le recorría el cuerpo. Sus músculos tensos y su mirada ardiente revelaban su determinación inquebrantable mientras se abalanzaba contra los guardias con una valentía admirable.
Los guardias, sorprendidos por la repentina embestida, retrocedieron momentáneamente antes de contraatacar con furia renovada. Sus lanza eran visibles en la luz de las antorchas mientras se abalanzaban sobre Tecatezin, determinados a someterlo a toda costa.
A pesar de estar superado en número y fuerza, Tecatezin se aferraba tenazmente a su resistencia, luchando con una valentía que inspiraba asombro incluso en sus enemigos. Cada golpe que recibía solo parecía avivar el fuego que ardía en su interior, alimentando su determinación de resistir hasta el último aliento. Después de una intensa lucha cinco guardias fueron derrotados.
La oscuridad envolvía las estrechas galerías de las mazmorras mientras Tecatezin y su compañero de cautiverio se abrían paso a través de los laberínticos pasillos. El aire estaba cargado con el olor rancio de la humedad y el moho, mezclado con el eco distante de sus pasos apresurados.
El sonido de sus respiraciones agitadas resonaba en el silencio opresivo de las mazmorras, cada inhalación un recordatorio constante de la urgencia de su escape. Sus corazones latían con fuerza en sus pechos, bombeando adrenalina a través de sus venas mientras corrían por los pasillos oscuros.
Los pasos resonaban en el suelo de piedra con un eco ominoso, cada golpe de sus pies un eco sordo en la oscuridad. Las antorchas parpadeantes arrojaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra, creando un juego de luces y sombras que aumentaba la sensación de peligro inminente.
De repente, el sonido de pasos apresurados resonó en el pasillo detrás de ellos, haciendo que Tecatezin y su compañero se detuvieran bruscamente. Sus ojos se encontraron en la penumbra, reflejando una mezcla de miedo y determinación mientras se preparaban para enfrentar lo que sea que viniera.
Sin embargo, antes de que pudieran reaccionar, un grupo de guardias armados apareció ante ellos, bloqueando su camino hacia la libertad. Las lanzas se podían observar en la luz titilante de las antorchas, sus ojos brillaban con una determinación fría mientras se preparaban para capturar a los fugitivos.
Tecatezin y su compañero se enfrentaron valientemente a sus captores, luchando con una ferocidad desesperada mientras se abrían paso a través del mar de enemigos que los rodeaba. Cada golpe y cada parada resonaba en el aire, mezclado con los gritos de batalla y el choque de metal contra metal.
A pesar de su valentía, pronto se dieron cuenta de que estaban abrumados por la superioridad numérica de sus enemigos. Los guardias los rodeaban implacablemente, cerrando el círculo a su alrededor con cada momento que pasaba.
En un acto de sacrificio supremo, el compañero de Tecatezin se lanzó hacia adelante, enfrentando a los guardias con una determinación feroz mientras le gritaba a Tecatezin que escapara. Sus ojos reflejaban una mezcla de resignación y determinación mientras se enfrentaba a su destino con valentía.
Tecatezin, con el corazón lleno de dolor y gratitud, corrió hacia la libertad, sus pies golpeando el suelo de piedra con una urgencia renovada.
Te vengaré-gritó tecatetzin.
Cada paso lo llevaba más cerca de la libertad, pero su mente estaba llena de una promesa que le había hecho a su compañero caído.
El eco de los gritos de batalla y el choque de las lanzas resonaba en sus oídos mientras se alejaba de las mazmorras, cada paso un recordatorio constante del sacrificio de su compañero. Aunque estaba solo ahora, su espíritu ardía con una determinación inquebrantable mientras se preparaba para enfrentar los desafíos que le esperaban en el camino hacia la venganza.
Dias después:
Tecatezin se encontraba arrodillado frente al jefe de la tribu Nucas, rodeado por un silencio tenso que llenaba el aire. Sus manos estaban atadas detrás de su espalda, una señal de sumisión voluntaria ante su captor. A su alrededor, las sombras de la noche se alargaban sobre el suelo de tierra batida, mientras las antorchas parpadeaban en la oscuridad, arrojando destellos de luz sobre su figura encadenada.
El jefe de los Nucas, una figura imponente con ojos profundos y una presencia magnética, observaba a Tecatezin con una expresión impasible.
El silencio se prolongó mientras Tecatezin buscaba las palabras adecuadas, su corazón latía con fuerza en su pecho mientras se preparaba para enfrentar al jefe de los Nucas. Finalmente, reuniendo toda su valentía, levantó la mirada hacia el líder tribal y habló con voz firme.
"Tengo que hablar con el hijo del dios", dijo Tecatezin, su voz resonando en la noche con determinación. Sus palabras flotaban en el aire, cargadas de un sentido de urgencia y propósito mientras esperaba la respuesta del jefe de los Nucas.
El jefe de los Nucas contempló a Tecatezin en silencio por un momento, sus ojos brillando con una mezcla de escepticismo y curiosidad. Luego, con un gesto de su mano enguantada, ordenó a sus guerreros que llevaran a Tecatezin ante el chamán de la tribu.
Horas más tarde, Tecatezin se encontraba de pie ante victor, rodeado por una multitud de guerreros y curiosos que observaban en silencio.
Tecatezin: El emperador me ha traicionado.
Victor: ¿En qué forma?
Tecatezin: Ha ordenado mi ejecución por fracasar. Debo cumplir una promesa.
Victor: (frunciendo el ceño) ¿cómo se que no eres un espia?
Tecatezin: Puedes preguntar a quien quieras. Mi honor jamás me permitiría servir como espía.
Victor: Si decides luchar por mí, no solo jamás te ejecutaré, sino que también te dignificaré en caso de que caigas en batalla.
Tecatezin: Eres mejor rey que el emperador y el padre que lo engendró.
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