Operación medusa, capitulo 13
El presidente municipal de San Benito el Alto se encontraba en su cantina, un lugar oscuro y ahumado donde el olor a alcohol y a sudor se mezclaba con el sonido de las monedas tintineando. Sentado detrás del mostrador de madera gastada, El hombre recibía billete tras billete de los indígenas que llegaban a comprar alcohol, mientras su mirada codiciosa se posaba una y otra vez en el exhibidor donde se hallaba la copa plateada de Juan Sánchez.
Había pasado un año desde que Juan ganara la copa de subcampeón en el torneo de lucha, y desde entonces, el objeto se había convertido en el centro de atención de la cantina. Enmarcada en un exhibidor de madera pulida, la copa relucía bajo la tenue luz de las lámparas colgantes, atrayendo las miradas de curiosos y codiciosos por igual.
El presidente municipal con su astucia característica, había ideado un plan para hacerse con la codiciada copa. Durante meses había cortejado a Juan, ofreciéndole tratos y favores con la esperanza de ganarse su confianza. Finalmente, después de muchas negociaciones, había logrado convencer a Juan de prestarle la copa a cambio de unas cabras que ahora corrían por las miles de hectáreas de desierto que Juan poseía.
Mientras tanto, en las vastas extensiones de desierto que ahora pertenecían a Juan, las cabras correteaban libremente entre los arbustos espinosos y las dunas de arena dorada. El sol del mediodía brillaba implacable sobre el paisaje desolado, mientras el viento susurraba historias antiguas a través de las colinas ondulantes.
Mientras en la cantina del presidente municipal de San Benito el Alto se desarrollaba la trama de codicia, en la mesa de "Los Pinos", Martin Rodríguez y Andrés Samuel Sopes Labrador se reunían para discutir los acontecimientos recientes.
Martin y Andrés Samuel se sentaron en una mesa de elegante madera maciza al centro de la sala de la casa presidencial. Sus rostros reflejaban seriedad y determinación mientras discutían los detalles del reciente anuncio sobre un segundo torneo que tendría lugar en el mundo.
El rumor sobre el segundo torneo se había extendido como un reguero de pólvora por todo el pais, despertando emociones y expectativas entre los mexicanos. Para Martin y Andrés Samuel, representaba una oportunidad única para demostrar la valía de México y competir como nacion por la gloria en el ring.
Martin: ¿Qué pasa, señor?
Andrés Samuel: Se trata de Juan. Ha confiado en ti desde el principio, y ahora necesitamos su participación en el próximo torneo.
Martin: Lo sé, pero Juan ha pasó por mucho en el torneo anterior. No sé si estará dispuesto a volver a luchar.
Andrés Samuel: Lo entiendo, pero piénsalo, Martin. Juan es una inspiración para muchos en México. Si regresa al ring, puede traer orgullo y esperanza a todo el país.
Martin: Voy a hablar con él. Haré todo lo posible para convencerlo de que compita de nuevo.
Andrés Samuel: Eso es lo que necesitamos, Martin. Confiamos en ti para esto.
Simultáneamente:
Juan se encontraba en lo profundo del desierto, rodeado por la escasa vegetacion y el murmullo suave del viento entre los mezquitales. Sostenía entre sus manos el sucio pañuelo que Mariana Viazanovska, la campeona del torneo, le había entregado. Observaba el tejido desgastado, las manchas de sudor y sangre que lo marcaban.
El pañuelo evocaba un tipo de sentimiento en Juan, uno diferente a cualquier otro que hubiera experimentado antes. La imagen de Mariana, con su fuerza y poder en el ring, se imponía en su mente, trayendo consigo una mezcla de admiración y curiosidad. Sentía como si aquel objeto llevara consigo parte de la esencia de aquella mujer.
La imagen de Mariana se proyectaba vívidamente en su mente, con cada detalle de su figura imponente y segura de sí misma. Recordaba la intensidad en sus ojos mientras luchaba en el ring, la ferocidad de sus movimientos, la determinación grabada en cada gesto.
A medida que contemplaba el pañuelo, Juan se daba cuenta de que aquella mujer despertaba en él algo más que simple admiración. Su fuerza, su poder, le producían un sentimiento extrañamente interesante, una mezcla de fascinación y atracción que lo intrigaba.
Simultáneamente:
Mariana se encontraba en una de las bases militares rusas, rodeada por el rugido de los motores y el aroma a metal y sudor que impregnaba el aire. Estaba ejercitando con unas pesas enormes, mucho más grandes de lo que cualquier humano podría soportar. Sus músculos se tensaban con cada levantamiento, demostrando una fuerza y una determinación fuera de lo común.
El sonido metálico de las pesas chocando resonaba en la sala de entrenamiento, mezclado con la respiración agitada de Mariana. Cada movimiento era preciso y controlado, mostrando una técnica impecable y una concentración absoluta. El sudor perlaba su frente mientras se esforzaba realizando un ejercicio que estaba más allá de cualquier límite humano conocido.
Mientras ejercitaba, Mariana no podía apartar de su mente a Juan. Aquel guerrero valiente que había conocido en el torneo la intrigaba de una manera que no lograba entender completamente. Sus pensamientos se mezclaban con la intensidad de su entrenamiento, creando una mezcla de emociones confusas que la perturbaban.
El recuerdo de Juan la perseguía, como una sombra persistente que se negaba a desaparecer. Recordaba la determinación en sus ojos, la valentía en cada uno de sus movimientos. Había algo en él que la atraía de una manera inexplicable, algo que despertaba en ella sentimientos raros y desconocidos.
Mariana se detuvo por un momento, dejando las pesas a un lado mientras cerraba los ojos y tomaba varias respiraciones profundas. Trató de enfocarse en su entrenamiento, de apartar los pensamientos intrusivos de su mente, pero Juan seguía presente, como una presencia constante que la desestabilizaba.
El ruido de la base militar seguía llenando el ambiente, el eco de las botas golpeando el suelo y el clamor de las voces en la distancia. Pero para Mariana, todo parecía desvanecerse en segundo plano mientras luchaba por comprender la complejidad de sus sentimientos hacia Juan. Con un suspiro frustrado, Mariana volvió a levantar las pesas, decidida a enfocarse en su entrenamiento y dejar de lado las distracciones. Cada levantamiento era un desafío.
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