El exonerador, capitulo 4.

 Hombre pobre, cuyo nombre apenas susurran los callejones, irrumpió en la penumbra del confesionario con pasos cargados de culpa. Su figura estaba envuelta en harapos, cada hilo desgastado por la cruel mano del tiempo. El gris de su semblante reflejaba la tristeza de quien ha conocido la miseria en cada rincón de su existencia. Sus manos, ásperas y temblorosas, parecían sostener el peso de un mundo de pecados.


Matías contrastaba con su opulencia evidente. Sentado al interior del confesionario, contaba fajos de billetes con una sonrisa de satisfacción indeleble en su rostro. Su traje costoso brillaba bajo la tenue luz de una lámpara, su gesto era de absoluta alegría, ajeno al tormento del hombre que se acercaba.

El hombre  avanzó con paso vacilante hacia el confesionario, como si cada paso fuera una lucha contra el abismo que amenazaba con engullirlo. Su figura estaba envuelta en harapos que apenas lograban ocultar el esqueleto de su existencia. La miseria se reflejaba en cada rasgo de su rostro, en cada pliegue de su piel ajada por los años de sufrimiento.


Matías, el hombre detrás del confesionario, se detuvo abruptamente en su tarea de contar el dinero. Alzó la mirada y sus ojos se posaron en el hombre que se acercaba. Una sombra de decepción cruzó su rostro, como si la presencia del recién llegado fuera una afrenta a su codicia desenfrenada. Dejó caer los billetes con un susurro sordo y se levantó lentamente, como un titán despertando de su letargo.

Hombre pobre: Disculpe, padre, necesito expiar mis culpas.


Matías: ¿Expíar tus culpas? ¿Qué te ha llevado a buscar redención?


Hombre pobre: He vivido una vida llena de errores y pecados. Necesito liberarme de esta carga que pesa sobre mi alma.


Matías: (Con tono desinteresado) ¿Y qué puedes ofrecer como limosna para tu expiación?


Hombre pobre: (Bajando la mirada) Lo siento, padre, no tengo nada. Soy un hombre pobre, apenas tengo lo suficiente para alimentarme.


Matías: (Frunce el ceño) Lo siento, pero sin una ofrenda adecuada, no puedo aceptar tu confesión.


Hombre pobre: (Frustrado) Pero padre, ¿no es la confesión un acto de arrepentimiento sincero? No debería importar si traigo oro o plata.


Matías: (Con indiferencia) La iglesia necesita recursos para seguir su obra. Sin una contribución adecuada, no puedo absolver tus pecados.

Hombre pobre: Pero padre, ¿no es la misericordia de Dios infinita? ¿No debería ser suficiente mi sincero arrepentimiento?


Matías: Las reglas de la iglesia son claras. Sin una ofrenda adecuada, no puedo brindarte la absolución que buscas.


Hombre pobre: Entiendo. Lo siento por haber venido. 


Matías: (Observándolo alejarse con indiferencia) Que Dios te acompañe en tu camino, hijo mío.

Cuando el hombre pobre se marchó con pesar, Matías permaneció en silencio detrás del confesionario. Una sensación inquietante se apoderó de él, como si el aire mismo estuviera cargado de una energía ominosa. Sus manos temblaban ligeramente mientras se frotaba las palmas con nerviosismo, como si estuviera intentando deshacerse de una sensación pegajosa que se aferraba a su piel.


De repente, una picazón incómoda comenzó a propagarse en la palma de su mano derecha. Matías frunció el ceño y observó con sorpresa cómo una roncha de tamaño mediano comenzaba a formarse justo en el centro de su mano. La piel enrojecida se elevaba en una protuberancia grotesca, como si un insecto invisible se retorciera bajo su epidermis.



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