El exonerador, capitulo 3.

En el oscuro confesionario de la antigua iglesia, donde Matías Grand se encontraba sentado, esperando a los fieles que aguardaban tras la larga fila. 

A lo largo de la fila, se podía distinguir una variada amalgama de personas, cada una con su propia carga emocional y económica. Algunos llevaban ropas desgastadas y humildes, marcadas por el paso del tiempo y la escasez. Sus rostros estaban surcados por líneas de preocupación y pesar, reflejando las dificultades de sus vidas cotidianas. Otros, en cambio, lucían trajes elegantes y joyas relucientes, mostrando su posición privilegiada en la sociedad. Sin embargo, detrás de sus fachadas de opulencia, también se ocultaban secretos y tormentos.


Entre la multitud, había aquellos cuyas historias eran conocidas por todos. Mujeres viudas que nunca se reconciliaron con sus difuntos esposos. Hombres trabajadores cuyas manos ásperas se habían usado para lastimar físicamente a otros. Jóvenes desesperados que habían perdido el rumbo en un mundo lleno de tentaciones.


Y luego estaban aquellos cuya presencia destacaba entre la masa, los pocos ricos que también buscaban redención en las palabras de Matías Grand. Hombres de negocios exitosos cuyas fortunas habían sido construidas sobre cimientos endebles de crueldad. Mujeres de la alta sociedad cuyas vidas estaban marcadas por el sentimiento de perdida, a pesar de sus lujos y privilegios.

A medida que la fila de fieles disminuía, Matías observaba con avidez cómo cada uno dejaba una limosna en el cepillo de la iglesia. Las monedas tintineaban suavemente al caer, mientras que los billetes se apilaban uno sobre otro, formando una montaña de riqueza frente a él. La ambición se apoderaba lentamente de su mente, nublando su juicio y oscureciendo su corazón.


Los murmullos de los fieles se desvanecían gradualmente, dejando solo el sonido sordo de sus pasos alejándose de la iglesia. El silencio que quedaba era abrumador, llenando la habitación con una sensación de vacío y desolación.


Matías se quedó solo en el confesionario, rodeado por el brillo tentador del dinero acumulado. Sus ojos brillaban con una mezcla de codicia y desesperación, mientras su mente se llenaba de pensamientos oscuros y egoístas. La promesa de poder y riqueza lo seducía, susurrándole palabras dulces al oído y empujándolo hacia el abismo de la avaricia, empezó a caminar hacia el cepo.

A medida que los últimos fieles abandonaban la iglesia y el confesionario quedaba vacío, Matías Grand se acercó al cepillo con una mezcla de nerviosismo y ansiedad. Sus ojos se fijaron en el montón de dinero que yacía allí, tentándolo con sus promesas de poder y riqueza.


Al principio, su mano temblorosa apenas rozó la superficie del cepillo, como si estuviera probando las aguas antes de sumergirse por completo. Pero una vez que el contacto se estableció, la tentación se apoderó de él con una fuerza implacable. Con un gesto tembloroso, agarró un puñado de monedas y las guardó en el bolsillo de su sotana.


La sensación de euforia que lo invadió fue intoxicante, alimentando su ambición y cegándolo a las consecuencias de sus acciones. Con cada moneda que tomaba, la codicia se apoderaba más y más de su corazón, convirtiéndolo en un prisionero de sus propios deseos oscuros.


Pero no fue suficiente. Matías quería más. Necesitaba más. La voz de su conciencia fue silenciada por el rugido de la ambición, que resonaba en su mente como un trueno amenazante. Sin pensarlo dos veces, volvió al cepillo y tomó otro puñado de dinero, esta vez sin ningún atisbo de vacilación.


La codicia lo consumía por completo, transformándolo en un ser irreconocible. Sus manos temblaban con anticipación mientras agarraba los billetes con avidez, sus ojos brillaban con una luz febril mientras su mente se llenaba de fantasías de grandeza y poder.


Pero cuanto más tomaba, más insaciable se volvía su hambre de riqueza. Se abalanzó sobre el cepillo como un animal hambriento, arrancando el dinero con ferocidad y voracidad. Sus movimientos se volvieron frenéticos, desesperados, como si estuviera poseído por una fuerza más allá de su control.

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