Operación medusa, capitulo 5.

 Juan y Martín se encontraban sentados en la mesa al centro del vacío comedor del albergue. Martín mostraba signos evidentes de fatiga. Sus ojos estaban rodeados de profundas ojeras que resaltaban aún más en su rostro pálido y demacrado. Su respiración era agitada y sus manos temblaban nerviosamente sobre la mesa. No había dormido en toda la noche, atormentado por el miedo a que le robaran el dinero que llevaba consigo.


El aroma reconfortante del atole caliente en la olla que se hallaba sobre la mesa llenaba el aire, mezclándose, Juan levantó la pesada olla y, con un gesto decidido, bebió los diez litros de atole. Martín observó con incredulidad mientras Juan bebía el espeso líquido con avidez, como si fuera la última comida que tendría en mucho tiempo. La expresión de asombro en el rostro de Martín era incomparable.


En ese momento, la puerta del comedor se abrió lentamente y entró una anciana de aspecto gentil. Su cabello blanco estaba recogido en un moño desordenado y arrugas marcaban su rostro curtido por los años. Vestía un delantal desgastado que denotaba el constante trabajo en la cocina del albergue.


La anciana era la directora del albergue, una mujer dedicada a ayudar a los necesitados con un corazón lleno de bondad y compasión. Sus ojos cansados pero cálidos reflejaban la preocupación por aquellos a los que servía, y su presencia irradiaba una sensación de seguridad y calma.


Martín y Juan la recibieron con una sonrisa agradecida, sabiendo que estaban en buenas manos bajo su cuidado. La presencia de la anciana llenó el espacio con una sensación de protección y esperanza, recordándoles que, a pesar de sus dificultades, siempre había alguien dispuesto a ayudarles.

Anciana: Who took the atole? (Quien se tomó el atole?)


Martín: Juan did. (Juan lo hizo)


Anciana: Did you like it, Juan?


Martín (traduciendo): ¿Te gustó, Juan?


Juan: delicioso!


Martín (traduciendo): Delicious.


Anciana: Alright then, I'll prepare coffee for the ungrateful ones. (No te preocupes, les daré café a los malagradecidos).


"¡Café, darrán café!" -gritaban, en ruso, los demás miembros del albergue.

Horas después:

 Martín se encontraba en un bullicioso establecimiento de comida rápida, con el silencio causado por el hecho de que el establecimiento cerraría pronto. Frente a él, se encontraba la mujer de atención a clientes, una joven de cabello castaño recogido en un moño impecable y una sonrisa amable en su rostro.


La mujer de atención a clientes irradiaba una energía vibrante y una disposición servicial. Sus ojos brillaban con curiosidad mientras escuchaba atentamente a Martin.

Martín, por su parte, mostraba signos de cansancio en su rostro cansado y en sus hombros caídos.  su mirada preocupada revelaba las dificultades que enfrentaba día a día. En el albergue, al igual que en cualquier otro lugar, solo daban desayuno, lo que significaba que Martín tenía que ingeniárselas para alimentar a su compañero glotón, Juan, el resto del día.

Martín (en inglés): Disculpe, ¿podría darme la comida que sobra?


Mujer de atención a clientes (en inglés): Lo siento, pero es política del establecimiento no rematar comida.


Martín (en inglés): Entiendo. Pero tengo una idea, ¿qué tal si le pago dinero a cambio de que antes de tirar la comida, le ponga dos envoltorios?


Mujer de atención a clientes (en inglés): Hmm, cuánto sería?.

Martin: diez dólares.


Mujer de atención a clientes: Está bien, puedo hacerlo.

Martín sacó con cuidado el dinero de su bolsillo y lo entregó a la mujer de atención a clientes con una sonrisa de gratitud. El tintineo de las monedas al caer en la caja registradora resonó en el aire mientras la transacción se llevaba a cabo.


La mujer asintió con aprobación y se puso a trabajar rápidamente, reuniendo la carne y colocándola en una bandeja. El aroma tentador de la comida recién preparada llenó el aire, mezclándose con el olor a frituras y condimentos que flotaba desde la cocina.


Con movimientos hábiles, la mujer tomó dos bolsas de plástico y las abrió con un crujido suave. El sonido de las bolsas al abrirse se mezcló con el murmullo constante de los clientes que llenaban el establecimiento.


Con cuidado, la mujer depositó la carne en las bolsas y las cerró con un nudo firme. El tacto suave y ligeramente frío de las bolsas envolvía la carne, protegiéndola mientras esperaba ser consumida.

Martin salió del establecimiento sintiendo el aire fresco de la tarde acariciar su rostro cansado. A medida que se acercaba al contenedor de basura, el olor rancio y desagradable que emanaba del contenedor llegó a su nariz, haciendo arrugar su frente en disgusto.

Con determinación, Martin levantó la tapa del contenedor y se encontró con seis kilogramos de comida entre los desperdicios, rescatando uno para él y cinco para su compañero Juan. 

Mientras cruzaba la calle, el rugido distante de los autos creaba una banda sonora constante para su camino. El sol del atardecer acariciaba su rostro, ofreciéndole un breve respiro de la cruda realidad que enfrentaba.


A medida que se acercaba a Juan, el aroma reconfortante de la comida recién obtenida flotaba en el aire, mezclándose con el olor a asfalto caliente y humo de los autos. El sonido de sus pasos resonaba en la calle tranquila, creando una sensación de determinación en su paso.


Finalmente, llegó al lado de Juan y depositó la bolsa a sus pies con un suspiro de alivio. La sensación de satisfacción lo envolvía mientras observaba la expresión de sorpresa y gratitud en el rostro de su amigo. Juntos, compartieron una mirada llena de complicidad y esperanza mientras se preparaban para disfrutar de la comida que habían conseguido juntos.

Martin: Juan, antes de que comas, debes saber que esta comida es...


(Juan interrumpe a Martin y comienza a devorar la comida con una velocidad extraordinaria, sin prestar atención a sus palabras)


Juan: (mientras se chupa los dedos) Que querer decirme?


Martin: (suspira) olvídalo.

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