Operación medusa, capitulo 4.

Martín se encontraba en el pequeño cuarto de su esposa, rodeado de maletas mientras preparaba todo para partir hacia el torneo. La habitación estaba iluminada por la suave luz de una lámpara de mesa, que proyectaba sombras danzantes en las paredes pintadas de blanco. El suelo de madera crujía ligeramente bajo sus pies mientras se movía de un lado a otro, organizando sus pertenencias con meticulosidad.


En la cama, su esposa Karen yacía sentada recién despierta, con una pijama cubriendo su figura. Su rostro, bañado por la luz tenue, mostraba una expresión de serenidad y calma mientras respiraba profundamente. Karen tenía una belleza atemporal, con rasgos delicados y una piel suave como porcelana. Su cabello oscuro caía en ondas sobre la almohada enmarcaba su rostro con suavidad.


Karen era una mujer de origen italiano, provenía de una familia relativamente adinerada. Se había enamorado de él por su personalidad agradable y su gran cultura, pero lamentablemente, el carácter pasivo de Martín había impedido que su esposo obtuviera algún ascenso en su trabajo. Como resultado, Karen vivía una vida económicamente ajustada, lo que la había convertido en la burla de su familia.

Karen: ¿Martin, vas a llevar el fondo de emergencia?


Martin: ¿El fondo de emergencia? Amor, eso es para una emergencia real. No podemos gastarlo así como así.


Karen: Martin, esto es una emergencia. Te vas a un país extranjero.


Martin: Bueno, sí, pero...


Karen: No hay "peros". Necesitas estar preparado para cualquier eventualidad. ¿Y si te lesionas o necesitas dinero extra mientras estás en Rusia?


Martin: Está bien, está bien. Tienes razón. Lo tomaré. 


Karen: Es solo para asegurarnos de que estés cubierto en caso de cualquier imprevisto.


Martin: Lo sé, lo sé. Prometo que estaré bien.

Horas después:

El zumbido constante del motor del avión llenaba el espacio mientras Juan Sánchez y Martín Rodríguez se encontraban sentados en sus asientos, observando el paisaje que se desvanecía debajo de ellos a medida que el avión se elevaba. El interior del avión estaba impregnado con el suave aroma a ambientador, mezclado con el tenue olor a comida caliente que se servía en las bandejas de los pasajeros cercanos.


El ruido de la conversación murmurante de los otros pasajeros se mezclaba con el sonido de los asientos reclinándose y el roce de las manos al buscar algo en los bolsillos del respaldo del asiento. El suave tintineo de los cubiertos contra la vajilla resonaba en el aire mientras algunos pasajeros disfrutaban de su comida.


A través de las ventanas, la luz del sol se filtraba, pintando el interior del avión con tonos dorados y cálidos. A medida que ascendían más alto, la temperatura en la cabina parecía disminuir ligeramente, envolviendo a los pasajeros en una sensación de frescura y ligereza.


El asistente de vuelo, con su uniforme impecable y su sonrisa profesional, se acercaba a los asientos de Juan y Martín, llevando consigo una bandeja con bebidas y aperitivos. 

Asistente de vuelo: Buenas tardes, caballeros. ¿Les gustaría elegir su comida para el almuerzo? Tenemos opciones de pollo o carne de res.


Juan: yo querer res, tres trozos.

Martín: (interviniendo) Solo uno para mí, gracias.


Asistente de vuelo: Lo siento, señor, el límite es de dos trozos por pasajero.


Martín: Está bien, entonces  dos trozos de carne para ambos, por favor.


Asistente de vuelo: Por supuesto, aquí tienen.


(El asistente coloca una bandeja con dos trozos de carne frente a Martín y hace lo mismo con Juan)


Juan: ¿Por qué pedir dos?


Martín: Porque ahora tengo dos para mí y puedo darte uno, así me quedo con uno y tú con tres.


Juan: (riendo) tu ser inteligente.


(El asistente se aleja para atender a otros pasajeros mientras Juan y Martín disfrutan de su comida)

Horas después:

Martin y Juan se encontraban de pie en la opulenta recepción del hotel en Moscú, maravillados por la magnificencia del lugar. Frente a ellos, el recepcionista ruso, con su impecable uniforme y su porte serio, les saludaba con un leve asentimiento de cabeza. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado hacia atrás, y su piel pálida resaltaba contra el fondo oscuro de la recepción. Hablaba español con fluidez, lo que les facilitaba la comunicación en un país donde el idioma era una barrera común para los visitantes extranjeros.

La recepción del hotel estaba adornada con obras de arte elegantes y muebles lujosos, creando una atmósfera de refinamiento y exclusividad. 

Recepcionista: Buenas tardes, ¿cómo puedo ayudarle?


Martín: Buenas tardes. Tengo una reservacion a nombre de Martín Rodríguez.


Recepcionista: Permítame revisar... Lo siento, señor, no parece haber ninguna reservacion a ese nombre.


Martín: ¿Qué? ¿Cómo es posible? Debería estar en la lista. Mi país pidió la reservación hace semanas.


Recepcionista: Lo siento, señor, pero no puedo encontrarla en nuestro sistema.


Martín: (frustrado) Esto no puede estar pasando. Debe haber algún error.


Recepcionista: Lo siento, no puedo ayudarle más en este momento.


(Martín saca su teléfono y comienza a marcar a laurel, quien no contesta)

Simultáneamente, Laurel estaba recostado en la cama de su lujosa casa, con una botella de whisky en una mano y la otra envuelta alrededor de la cintura de una mujer. Su rostro estaba enrojecido por el efecto del alcohol, pero su expresión era de pura satisfacción y deleite mientras sus labios se encontraban con los de la mujer.


La mujer, de cabello oscuro y ojos profundos, emanaba una sensualidad natural mientras correspondía a los besos de Laurel. Su piel bronceada contrastaba con el blanco de las sábanas de la cama, y su figura curvilínea se contorneaba con gracia bajo la luz suave de la habitación.


Laurel, envuelto en su éxtasis momentáneo, sintió la vibración de su teléfono en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Con una mueca de molestia, sacó el teléfono y vio la llamada entrante de Martin. Sin dudarlo, decidió bloquear el número sin siquiera contestar, priorizando su momento de placer sobre cualquier asunto.


Laurel había recibido quinientos mil dólares para los viáticos de Juan y Martin, destinados a financiar su participación en el torneo. Sin embargo, en su deseo insaciable de aprovechar la oportunidad para enriquecerse, Laurel había desviado una parte considerable de ese dinero para su propio beneficio. Había entregado doscientos mil dólares a su secretaria como soborno, mientras que el resto se perdía en la larga cadena de corrupción mexicana.


Solo cinco mil dólares habían sido realmente utilizados para los viáticos de Juan y Martin, una cantidad que apenas alcanzaba para comprar un boleto de avión de ida y vuelta para ambos. Mientras tanto, Laurel se deleitaba en su habitación de hotel, ignorando completamente las consecuencias de sus acciones y disfrutando de los placeres efímeros que el dinero podía comprar.

En el hotel:

Martin: Disculpe, ¿puede decirme cuál es el costo de las habitaciones disponibles?


Recepcionista: Lo siento, señor, pero no tenemos habitaciones disponibles en este momento. Probablemente Todos los hoteles de Moscú están llenos debido al torneo.


Martin: ¿Cómo que no hay habitaciones disponibles? ¿Qué se supone que debo hacer entonces?


Recepcionista: (burlonamente) Supongo que podrían probar suerte en el albergue a tres cuadras de aquí.


Martin: (frustrado) No es gracioso. Voy a llamar a la embajada para ver si pueden conseguirme una habitación en un hotel que no sea este.


Recepcionista: (cabizbajo) Lo siento, señor.

Juan y Martin salieron del hotel, sintiendo el aire fresco de la noche moscovita acariciar sus rostros cansados. El aroma a humo de leña y a comida callejera se mezclaba en el aire, envolviéndolos en una atmósfera vibrante y bulliciosa. El sonido de los automóviles y transeúntes llenaba la calle.


Juan: ¿A dónde ir?


Martin: Al albergue.


Juan: ¿Qué ser?


Martin: Es un lugar para las personas sin hogar.


Juan: ¿Qué ser ese lugar con árboles que pasar antes?


Martin: Eso es un parque.


Juan: Podemos dormir allí.


Martin: Podríamos, pero podríamos ser atacados por animales.


Juan: fogata alejar animales.


Martin: Eso está prohibido.


Juan: ¿Por qué?


Martin: Porque es propiedad federal.


Juan: ¿Qué significa eso?


Martin: Significa que es de la gente.


Juan: Entonces, si ser de la gente dejar a la gente usarlo.

Martin: Tú no entenderías, Juan.


Juan: Los blancos son raros.


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