Operación medusa, capitulo 3.

 Juan Sánchez se encontraba cerca del pintoresco pueblo de San Benito el Alto, rodeado por una densa arboleda que susurraba historias antiguas con el murmullo del viento entre las hojas. Bajo la sombra reconfortante de un árbol centenario, Juan descansaba, su figura recostada en el suelo mientras el sol se filtraba entre las ramas, creando un juego de luces y sombras sobre su rostro curtido por el sol.


El aroma fresco de la vegetación llenaba el aire, mezclándose con el suave perfume de las flores silvestres que salpicaban el paisaje. El trinar de los pájaros y el zumbido de los insectos  envolvían a Juan en un ambiente de serenidad y tranquilidad.

De repente, el sonido de pasos interrumpió su paz, y Juan abrió los ojos para encontrarse con la figura de Martín Rodríguez acercándose lentamente. Los pies descalzos de Martín dejaban huellas en el suelo mientras se acercaba, su respiración agitada por su característico nerviosismo, Andrés Samuel le había dicho que si convencía a Juan de participar en el torneo recibiría un considerable aumento, noticia que le disgustó mucho a Laurel.

Martín: Juan, ¿alguna vez has deseado ser rico?


Juan: ¿Qué significar rico?


Martín: Bueno, tener una casa grande, un buen automóvil, todas esas cosas lujosas.


Juan: ¿De que servir?


Martín: Podrías comprar tierras para ti y tus parientes, asegurar un mejor futuro para todos.


Juan: (Pensativo)...


Martín: pronto se realizará un torneo.


Juan:¿Qué es torneo?


Martín: Será un concurso de luchas, donde el premio mayor es de un millón de dólares, y el segundo lugar recibe cien mil dólares.


Juan: ¿Cuánto es eso?


Martín: Aproximadamente dos millones de pesos.


Juan: ¿Cuánta tierra poder comprar?


Martín: ¡Hasta donde alcanza la vista.

al día siguiente:

Juan se encontraba al interior de un diminuto cuarto de adobe, cuyas paredes estaban adornadas con tejidos coloridos y símbolos tradicionales de la cultura rarámuri. Sentado en una silla gastada, su figura imponente contrastaba con el modesto entorno. Vestía el tradicional ropaje rarámuri, adornado con motivos vibrantes que hablaban de su herencia y su conexión con la tierra.


Frente a él, una anciana de al menos setenta años de edad, con una figura delgada que parecía haber resistido el paso del tiempo con gracia y fortaleza. Su ropa, también de estilo rarámuri, estaba desgastada por el uso pero impecablemente limpia, y su baja estatura no restaba un ápice a su presencia dominante en la habitación. Con un cigarro entre los dedos arrugados, su mirada penetrante parecía leer los pensamientos de Juan mientras el humo se elevaba en espirales alrededor de ellos.


Aquella mujer se llamaba Mama Grande, y era mucho más que una anciana para Juan. Era la líder de aquella "tribu" que conformaba la familia extendida de Juan, una matriarca cuya sabiduría había guiado a generaciones a través de tiempos difíciles. Conocida por su firmeza y su ternura por igual, Mama Grande era una madre para Juan.

Juan: ¿qué opinar del concurso?


Mama Grande: Hijo, no necesitamos eso. Con lo que consigues tú es suficiente para todos nosotros.


Juan:  la cacería se ha vuelto más escasa cada día.


Mama Grande: (Pensativa) Lo que pienso es lo cierto o mucho me he de equivocar, que no es así. No veo la necesidad de que vayas, pero si tú crees necesitarlo, hazlo.


Juan se quedó en silencio por un momento, reflexionando sobre las palabras de Mama Grande. Después de un momento, una determinación resuelta brilló en sus ojos.


Juan: lo haré.

Al día siguiente:

Martin se encontraba sentado en una silla de cuero frente al imponente buró de madera maciza en el despacho de Fernando Laurel. El ambiente estaba impregnado del aroma a madera pulida y el tenue resplandor de la luz artificial iluminaba la habitación, creando sombras danzantes en las paredes revestidas de libros y diplomas.


Frente a él, Fernando Laurel, con su expresión seria y penetrante, observaba atentamente mientras Martin firmaba el documento sobre el escritorio. El sonido del bolígrafo deslizándose sobre el papel llenaba la habitación, interrumpido ocasionalmente por el crujido suave de la madera bajo el peso de la pluma.


Aquella firma marcaba un momento crucial en la vida de Martin. Convertirse en el representante de Juan Sánchez ahora que este último había aceptado participar en el torneo significaba asumir una responsabilidad considerable. Aquel papel también significaba renunciar al aumento de salario que le había ofrecido Andrés Samuel  como incentivo para convencer a Juan de unirse al concurso.


Martin colocaba la tapa del bolígrafo y miraba a Fernando Laurel con miedo. Sus manos temblaban ligeramente, pero su expresión reflejaba nerviosismo.

Con un gesto de satisfacción, Fernando Laurel tomó la hoja firmada y la guardó en un archivador cercano. Una sonrisa sutil se formó en sus labios mientras observaba a Martin con aprobación.

Laurel: Martin, has tomado una gran decisión. Juan podría ganar millones en este torneo.


Martin: ¿Y si Juan no ganara nada?


Laurel: Debes tener fe, Martin. (No ganará nada-pensaba Laurel en su mente)


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