Ice-man, capitulo 1.
Un helicóptero de última generación surcaba los cielos de Alaska con una gracia mecánica, mientras el doctor "Y-elo", un genetista de edad madura, se aferraba a su asiento, su rostro iluminado por la emoción y la anticipación. Su cabello entrecano se mecía ligeramente con el viento generado por las hélices, y sus ojos brillaban con determinación bajo las gafas de montura metálica. Vestido con un traje de vuelo negro, el doctor "Y-elo" exudaba autoridad y dedicación a su causa.
A su lado, el laboratorio portátil zumbaba suavemente, emitía un débil resplandor azul que iluminaba su cabina. Dentro, tubos de ensayo y equipos científicos de alta tecnología se alineaban ordenadamente, listos para ser desplegados en cuanto aterrizaran en tierra firme.
A través de la ventanilla, el paisaje de Alaska se extendía como un lienzo blanco y azul, salpicado aquí y allá por montañas cubiertas de nieve y lagos congelados. El aire frío se filtraba en la cabina, haciéndose sentir incluso a través de los sistemas de climatización avanzados del helicóptero.
El doctor "Y-elo" se sumergió en sus pensamientos, repasando los informes que había recibido sobre la tribu inuit con asombro. Eran capaces de resistir temperaturas de cincuenta grados bajo cero sin protección alguna. La curiosidad y el deseo de descubrir la verdad lo impulsaban hacia adelante, alimentando su determinación mientras se preparaba para enfrentar el misterio que aguardaba en la gélida tierra de Alaska.
Horas después:
El helicóptero del profesor "Y-elo" comenzó a descender suavemente a unos pocos cientos de metros de un campamento inuit, donde las casas de madera recubiertas de piel de animal se alzaban como guardianes contra el frío implacable de Alaska. El ruido de las hélices cortaba el aire gélido, atrayendo la atención de los habitantes del campamento.
Los inuits emergieron de sus hogares con curiosidad y cautela, sus figuras envueltas en gruesas capas de piel de caribú y zorros árticos. Sus rostros, curtidos por el viento y el sol, reflejaban una mezcla de sorpresa y reserva ante la llegada del extraño visitante.
Entre ellos, algunos destacaban por una peculiaridad: tenían una piel especialmente pálida y aún menos ropa que el resto, un contraste llamativo con el tono moreno característico de la mayoría de los inuits. Sus ojos, de un azul intenso, parecían brillar con una luz propia en contraste con el paisaje nevado que los rodeaba.
A medida que el helicóptero tocaba tierra y las hélices se detenían, el profesor "Y-elo" salió de la cabina con paso firme, su expresión de determinación apenas disimulada por detrás de sus gafas. Su presencia imponente contrastaba con la humildad de los inuits, pero había un destello de respeto en sus ojos al dirigirse hacia ellos.
El aire frío se colaba en la escena, llevando consigo el aroma fresco y nítido de la nieve y el hielo. El sol, aunque bajo en el horizonte, pintaba el paisaje con tonos cálidos y dorados, creando un contraste vívido con la blancura inmaculada que se extendía a lo lejos.
El encuentro entre el profesor "Y-elo" y los inuits marcaba el comienzo de una colaboración inesperada, donde la ciencia y la tradición se entrelazarían en la búsqueda de respuestas sobre la extraordinaria resistencia al frío que había llamado la atención del mundo entero.
Minutos después:
El doctor "Y-elo" se encontraba de pie frente al jefe de la tribu inuit, un hombre alto y robusto, cuya piel, aunque menos pálida que la de otros miembros, aún reflejaba la dureza de la vida en el Ártico. Estaba envuelto en capas de ropaje de piel de oso polar y cuero, que lo protegían del frío implacable. Sus ojos oscuros, profundos como pozos, observaban al visitante con una mezcla de curiosidad y cautela.
El doctor "Y-elo", por su parte, había estudiado la lengua y la cultura inuktitud durante años para poder comunicarse con los miembros de aquella tribu. Su figura, aunque menos imponente que la del jefe, irradiaba una serenidad y determinación que inspiraba confianza. Vestía un abrigo de piel de caribú adornado con intrincados diseños tradicionales inuit, que se movían con gracia con cada uno de sus gestos.
El encuentro entre ambos líderes fue precedido por un silencio tenso, roto solo por el crujir de la nieve bajo sus pies y el suave murmullo del viento polar. El aire estaba impregnado con el aroma fresco y nítido del hielo, mientras que el sol, aunque débil, proyectaba destellos dorados sobre la escena, creando un halo de calidez en medio del frío extremo.
Jefe de la tribu: Qanoq unai? Qaumaga! (Traducción: cuál es tu nombre.)
Doctor "Y-elo": Qamannga unga, iqalunnaq qanitaq. (Traducción: Saludos, soy "Y-elo", un investigador.)
Jefe de la tribu: Qanuippunga. (Traducción: Bienvenido.)
Doctor "Y-elo": Agaluit tuaq ammaluarlugu, inuktitut qanitaq. (Traducción: Vine para aprender sobre su pueblo.)
Jefe de la tribu: Ataata angujuq. Inuktumi atunga iluani. (Traducción: No estamos interesados.)
Doctor "Y-elo": Ukiuq una. Kiina ujaraani umialik. (Traducción: Pero escúchame. Si nos reconocen en otros lugares, puedo conseguir ayuda para tu tribu. Comida, ropa, por ejemplo.)
Jefe de la tribu: Imaa. Ukiut taikkuq. (Traducción: De acuerdo. Has convencido.)
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