El exonerador, capitulo 2.

 Al día siguiente, Matías Grand se encontraba una vez más en el oscuro confesionario de la antigua iglesia, esperando a los fieles que buscaban redención. El ambiente estaba impregnado de un silencio pesado, y la tenue luz de las velas apenas lograba iluminar los rincones más oscuros de la pequeña habitación.


Un hombre rico, cuyo nombre era Santiago Mendoza, se acercó al confesionario con pasos lentos y decididos. Su figura imponente y elegante contrastaba con la humildad del lugar. Vestía un traje oscuro a medida que resaltaba su porte distinguido, y su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás. Sin embargo, detrás de su apariencia pulcra, se escondía un aura de tensión y ansiedad.


Al arrodillarse en el reclinatorio, Santiago parecía sentir el peso de sus acciones sobre sus hombros. Sus manos temblaban ligeramente mientras se preparaba para confesar sus pecados. Su rostro, marcado por líneas de preocupación y cansancio, reflejaba el tormento interior que lo consumía.


Matías observó al hombre con atención, percibiendo la lucha interna que lo atormentaba. Con una voz calmada pero firme, comenzó a hablar:


Matías: Hijo mío, ¿qué te aflige el corazón? Habla sin miedo, pues aquí encontrarás la absolución que buscas.


Santiago vaciló por un momento, luchando con sus propias palabras antes de finalmente confesar:


Santiago: Padre, he sido infiel a mi esposa. He traicionado su confianza y he manchado mi alma con mis acciones egoístas.


Las palabras de Santiago resonaron en el confesionario, llenando el espacio con un aire denso de culpabilidad y arrepentimiento. Matías permaneció en silencio por un instante, dejando que las palabras del hombre se asentaran en el ambiente antes de responder:


Matías: La infidelidad es un pecado grave, hijo mío. Pero el arrepentimiento sincero puede abrir el camino hacia la redención. Yo te exonero.

Después de haber sido absuelto de sus pecados por Matías Grand, Santiago se dirigió hacia el cepillo de la iglesia, como había hecho en ocasiones anteriores. El pequeño recipiente de madera reposaba sobre una mesa cercana al confesionario, esperando las generosas ofrendas de los fieles. Santiago sacó su cartera y extrajo un billete de cien dólares, el cual depositó con cuidado en el interior del cepillo.

En las últimas semanas, había sido testigo de cómo otras personas experimentaban una extraña sensación de paz después de sus encuentros con Matías Grand. Muchos de ellos, como él mismo, dejaban generosas propinas en el cepillo de la iglesia como muestra de gratitud por haber encontrado consuelo en las palabras del sacerdote. 

El rugido del motor de un lujoso automóvil rompió el silencio de la calle adoquinada frente a la antigua iglesia. El vehículo, reluciente bajo la luz del sol, se detuvo junto a la entrada principal, su presencia imponente contrastaba con la modestia del edificio religioso. La puerta se abrió con un suave chasquido, y de ella emergió una figura imponente y majestuosa.


El hombre que descendió del automóvil era alto y corpulento, con una presencia que emanaba autoridad y poder. Vestía un impecable traje cardenalicio, con la capa roja y los galones dorados que denotaban su alto rango en la jerarquía eclesiástica. Su rostro estaba marcado por líneas de sabiduría y seriedad, y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad penetrante que parecía leer los pensamientos de aquellos que se atrevían a mirarlo.


Este cardenal, cuyo nombre era Giuseppe Rossi, había llegado directamente desde Roma para una visita especial a la pequeña iglesia. Su presencia en aquel lugar modesto era inusual, pero había una razón detrás de su visita que trascendía la apariencia de la iglesia misma.


Mientras tanto, Santiago salía de la iglesia, sus pasos resonando en el silencio de la calle. Su expresión estaba marcada por la intranquilidad que había experimentado desde su encuentro en el confesionario. Sin embargo, al ver al cardenal, su sorpresa fue evidente.


Santiago observó con curiosidad al cardenal Giuseppe, sintiendo una mezcla de respeto y temor ante su imponente presencia. Nunca antes había visto a alguien de tan alto rango eclesiástico en persona, y la magnitud de su aura dejó una impresión duradera en su mente.


Mientras el cardenal se acercaba a la entrada de la iglesia, una atmósfera de suspenso envolvía el aire a su alrededor. La presencia de Giuseppe Rossi parecía traer consigo un sentido de anticipación y expectación, como si estuviera a punto de desvelar un secreto largamente guardado.


Dentro de la iglesia, Matías Grand se preparaba para recibir al ilustre visitante, ajeno a la llegada del cardenal y a la sorpresa que aguardaba en el exterior. Sin embargo, incluso desde su confesionario, podía sentir la tensión en el aire, como si el destino estuviera tejiendo hilos invisibles alrededor de ellos, preparándose para revelar su siguiente movimiento en el juego cósmico de la vida y la fe.

Mientras tanto, el cardenal Giuseppe Rossi avanzaba hacia la puerta de la iglesia con paso firme y determinado, su rostro impasible ocultando los secretos que llevaba consigo. 

Matías Grand salió del confesionario con paso tranquilo pero firme, anticipando la llegada del nuevo visitante. La luz de las velas parpadeaba en las paredes de piedra de la iglesia, creando sombras danzantes que parecían susurrar secretos antiguos.  


Mientras Matías se dirigía hacia la entrada de la iglesia, el cardenal Giuseppe Rossi atravesaba el umbral con una elegancia serena. Al encontrarse en el centro de la iglesia, Matías y el cardenal se detuvieron, sus miradas encontrándose en un silencio.


Matías rompió el silencio con una reverencia respetuosa, su voz resonando en la quietud de la iglesia:


Matías: Bienvenido, Eminencia. Es un honor recibirlo en nuestra humilde morada.


El cardenal asintió con gravedad, su expresión impasible revelando poco de sus pensamientos internos. Sin embargo, había un destello fugaz de interés en sus ojos mientras observaba a Matías, como si estuviera evaluando al hombre frente a él con una perspicacia penetrante.


Cardenal Rossi: El honor es mío, Padre Matías. He venido con un propósito especial, uno que creo que encontrará de interés.

Matías: ¿En qué puedo servirle, Eminencia?


El cardenal sonrió ligeramente, un gesto que no alcanzaba a llegar a sus ojos.


Cardenal Rossi: He venido a ofrecerle un reconocimiento por su servicio a la iglesia y a la comunidad. Sus acciones han sido notables, y la Santa Sede desea expresar su gratitud por su dedicación y devoción.

Matías: Eminencia, no hice más que cumplir con mi deber como servidor de la iglesia. No merezco tal reconocimiento.


Cardenal Rossi: No subestime sus acciones, Padre. Usted ha logrado algo sin precedentes en todo el país. Sus donaciones al Vaticano han sido notables, superando con creces las expectativas.

Casi una hora después, el cardenal Rossi se preparaba para partir, y Matías Grand lo acompañaba hasta la puerta de la iglesia. El cielo comenzaba a teñirse de tonos dorados al atardecer, y una brisa fresca agitaba las hojas de los árboles cercanos. 

Al llegar a la entrada de la iglesia, Matías observó el lujoso automóvil del cardenal estacionado junto a su modesto vehículo. La diferencia entre ambos era palpable: mientras el auto del cardenal relucía bajo los últimos rayos de sol, el de Matías mostraba signos de desgaste y modestia en comparación.


Un sentimiento de envidia y ambición comenzó a brotar en el pecho de Matías, una sensación ardiente que lo consumía lentamente desde adentro. Observó con ojos ávidos el automóvil del cardenal, dejando que la lujuria por la riqueza y el poder se apoderara de su mente.

Con un gesto de despedida, el cardenal subió a su automóvil y se alejó lentamente, dejando a Matías solo en la entrada de la iglesia. Mientras el sonido del motor se desvanecía en la distancia, un silencio ominoso llenaba el aire a su alrededor.


Matías se quedó parado en el umbral de la iglesia, su mirada fija en el horizonte donde el automóvil del cardenal había desaparecido. La ambición ardía en sus ojos, una llama voraz que amenazaba con consumirlo por completo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ramsung galactic, capitulo 1.

La hermandad de la piedra, capitulo 1.

El arca, capitulo 9.