El gran ingeniero, capitulo 2.
Había pasado un día desde que nuestros protagonistas fueron abandonados, Victor se encontraba recolectando alimentos. Con cada fruto que caía en su mano, Victor podía sentir la textura suave y tersa de la piel de las bayas, aún tibias por el calor del día. Al morder una de ellas, el jugo explotaba en su boca, inundándola con un sabor dulce y ligeramente ácido que hacía agua su paladar. El crujir de las hojas secas bajo sus pies desnudos añadía un ritmo acompasado al concierto de sonidos de la naturaleza que lo rodeaba: el susurro del viento entre las ramas, el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos. Mientras Victor se concentraba en la tarea de recolectar frutos rojos, un sonido distante comenzó a hacer eco en la selva. Al principio, apenas era un murmullo lejano, apenas perceptible entre los susurros de las hojas y el canto de los pájaros. Pero conforme pasaban los segundos, los tambores resonaban con más fuerza.
Yet se despertó con un suspiro cansado, sintiendo el peso de la noche sin descanso en sus hombros. A pesar de la escasa luz que se filtraba en la cueva, podía percibir la frialdad de la piedra contra su espalda y el eco de sus propios pensamientos resonando en la oscuridad. Los músculos tensos y la mente agotada reflejaban la tensión y el temor que habían marcado cada momento de la noche sin dormir a causa del miedo que le provocaba la tierra extraña en la que se encontraban.
Cuando Victor regresó a la cueva unas horas después, encontró a Yet sentado en silencio frente a la entrada, su rostro marcado por la fatiga y el hambre. El sol del mediodía arrojaba destellos dorados sobre la escena, bañando la cueva en una luz cálida y reconfortante que contrastaba con la penumbra de la noche anterior. Al acercarse a Víctor, pudo sentir el aroma dulce y fresco de las frutas que su amigo había recolectado, una mezcla embriagadora de bayas maduras y jugosas, y el perfume sutil de las flores silvestres que las acompañaban.
Al mostrarle la bolsa de tela llena de frutas a Yet, pudo ver el destello de deseo en sus ojos hambrientos, extendía la mano para tomar una de las bayas rojas y brillantes. El crujido suave al morder la fruta, seguido del estallido de sabor en su boca, inundó sus sentidos con una explosión de dulzura y frescura que sació su hambre y alivió su cansancio.
Yet: (terminando de devorar las últimas bayas) ¡Victor, te he dejado sin comida!
Victor: (asintiendo) ya he comido algo. Pero hay algo que me preocupa.
Yet: (frunciendo el ceño) ¿Qué pasa?
Victor: (mirando hacia el exterior de la cueva) Escuché tambores. Podría ser que haya humanos cerca.
Yet: (entusiasmado) ¡Eso es bueno! Tal vez nos puedan ayudar.
Victor: (negando con la cabeza) No lo creo. Podrían ser tribus locales, posiblemente incluso caníbales.
Yet (tartamudeando): ¿ca-canibales?
Victor: (tratando de calmarlo) Pero hay una buena noticia.
Yet: (esperanzado) ¿Cuál es?
Victor: Según mis cálculos, el primer baúl que nos trajo el barco debería estar acercándose a la costa en este momento. ¡Podría ser el baúl de la comida!
Yet y Victor se adentraban en el espeso verdor. Cada paso que daban resonaba en el suelo cubierto de hojas secas, enviando pequeñas nubes de polvo al aire y llenando sus narices con el olor terroso y fresco de la vegetación.
Finalmente, después de casi una hora de caminata, llegaron a la costa y sus ojos se posaron en el objeto que habían estado buscando. Un baúl cuyo objeto interior pesaba media tonelada, grande y robusto, descansaba en la arena, bañado por la luz brillante del sol. Al acercarse, pudieron ver los detalles tallados en la madera antigua y sentir el aroma salado del mar que se mezclaba con el perfume fresco de la vegetación circundante.
Yet: (observando el baúl con expectación) ¿Es este el baúl de la comida, Victor?
Victor: (frunciendo el ceño) Lamentablemente, no. Cada baúl está registrado con un grabado de una letra. El grabado de la comida es "x", pero este baúl tiene grabada la letra "n".
Yet: (confundido) ¿Qué significa eso?
Victor: (explicando) Significa que este baúl es para los generadores eléctricos.
Yet: (asombrado) ¿Generadores eléctricos? ¿Qué es eso?
Victor: (orgulloso) Es un reciente invento mío. Convierte la energía mecánica en energía eléctrica. Lo necesitamos de todos modos.
Al bajar hacia la arena mojada, Yet se encontró con un desafío inesperado. Sus pies se hundieron en la arena, incapaces de encontrar un agarre firme en el suelo resbaladizo. Cada intento de levantar el baúl solo resultaba en que se hundiera aún más, atrapando sus pies en un abrazo implacable de arena húmeda. A pesar de sus esfuerzos, el baúl permanecía obstinadamente inmóvil, resistiéndose a los intentos de Yet por moverlo.
Victor: tengo una idea, yet, sígueme.
Juntos, se adentraron en la espesura de la selva, Armados con la determinación y la esperanza, Victor y Yet comenzaron a reunir troncos junto al baúl troncos medianamente gruesos, seleccionando cuidadosamente los más fuertes y flexibles. Durante casi una hora, trabajaron en silencio, concentrados en su tarea, mientras el aroma de la madera recién cortada llenaba sus narices y el sonido de su esfuerzo llenaba el aire.
Victor apiló cuidadosamente los troncos delante del baúl, A medida que Yet empujaba el baúl, este se movía con dificultad sobre los troncos, cada uno crujiendo bajo el peso del objeto. Los troncos, ásperos al tacto y rugosos bajo sus manos, se deslizaban con dificultad bajo el peso del baúl, dejando surcos en la arena húmeda a su paso. Victor, con movimientos rápidos y precisos, iba adelante llevando los troncos que quedaban atrás, asegurándose de que nada obstaculizara el progreso del baúl. Finalmente, después de un esfuerzo conjunto y perseverante, el baúl alcanzó la arena seca.
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