El curandero, capitulo 2.
Angelo se hallaba al interior de un pueblo que fue azotado por tres terribles epidemias, El viento soplaba con fuerza, llevando consigo un aroma agrio de enfermedad que impregnaba el aire. A medida que Angelo caminaba, sus oídos captaron el débil murmullo de toses apagadas y gemidos de dolor. El crujir de la tierra bajo sus pies desnudos resonaba como un lamento silencioso de la tierra maltratada.
El paisaje visual era desolador: casas con paredes desgastadas, ventanas rotas y calles desiertas, marcadas por la tristeza de la devastación. Los colores apagados y la falta de vida pintaban un cuadro sombrío. Angelo podía ver la desesperanza en los rostros demacrados de quienes aún permanecían en el pueblo, luchando contra la epidemia.
De repente, percibió la presencia de los tres individuos detrás de él, sus pasos apenas audibles pero resonando como ecos de la desesperación que rodeaba al pueblo.
Los tres hombres vestían túnicas de un oscuro color que absorbía la luz circundante, creando una presencia sombría que contrastaba con la penumbra del pueblo afectado por la enfermedad. Sus rostros estaban ocultos por capuchas, pero la malévola vibración que emanaba de ellos era palpable, como un sutil susurro en el viento.
A medida que Angelo los observaba, pudo percibir un extraño olor a quemado, como si la oscura energía que desprendían dejara una huella tóxica en el aire. El crujir de las hojas secas bajo sus pies resonaba, sumándose al ambiente tenso y anticipando un enfrentamiento inminente.
Los sonidos de las aves que antes cantaban ahora se extinguieron, dejando un silencio inquietante que solo era interrumpido por el susurro siniestro de las túnicas al moverse.
En cuanto los tres hombres alzaron sus manos, una energía negra se desprendió de ellas, creando un zumbido resonante en el aire. Angelo pudo ver destellos de sombras danzantes, como si la misma esencia de la desesperación cobrara forma. La sensación táctil de esa energía oscura fluyendo en el ambiente era gélida y opresiva, como un abrazo helado que envolvía el corazón del pueblo afligido.
Angelo: (con calma) Son el emisario de la malaria, de la cólera y la sífilis. Su presencia solo trae desgracia a este lugar.
Hombre al Centro de aquellos tres individuos: (con una voz inhumana y profunda) El supremo nos ha encomendado la tarea de destruir este pueblo. No permitiremos que interfieras en nuestra misión.
Angelo: (sonríe) No se preocupen. Pronto acabaré con la mancha, su líder.
Hombre a la Izquierda: (entre gruñidos) No puedes vencer al supremo. su voluntad se cumplirá.
Angelo: (firme) La oscuridad que propaga no perdurara. Yo me encargaré de ello.
Hombre a la Derecha: (con burla) Tu valentía es inútil, curandero. El supremo nos respalda, y nada puede detener la inevitable destrucción.
Angelo: (decidido) Veremos qué tan inevitable es.
De las manos del sujeto de la izquierda una ráfaga de energía oscura se desató con un estruendo oscuro y penetrante. Un olor rancio y pútrido impregnó el aire, como si la misma esencia de la sifilis se hubiera materializado.
En respuesta, Angelo desató un aura de energía blanca que parecía ser la antítesis de la maligna ráfaga. La luz se expandió como una ola resplandeciente, desprendiendo un suave aroma a frescura y pureza que desafiaba la fetidez de la energía oscura.
La sensación táctil era extraordinaria. A pesar de la potencia de la ráfaga oscura, cuando impactó contra el aura de Angelo este último no siquiera se inmutó.
el individuo del centro y de la izquierda repitieron lo mismo, desatando energía que llevaba la colera y la malaria respectivamente, la repetición de los oscuros actos se desencadenó con una intensidad abrumadora. El aire se llenó de un olor acre y pestilente, como si la cólera y la malaria hubieran adquirido forma tangible. El ruido ensordecedor de la energía desatada era como el rugir de una tormenta descontrolada, un estruendo que resonaba en lo más profundo de la conciencia de aquellos presentes.
Los colores se desdibujaron en la oscuridad, y la vista fue invadida por sombras densas que parecían devorar la luz. El contraste entre las energías malignas y la luz blanca de Angelo era tan marcado que casi se podía palpar la lucha entre la muerte y la curación.
Angelo permaneció imperturbable. Desató su energía blanca con una rapidez asombrosa, y la ráfaga de curación irrumpió con una suavidad que desafió la violencia de la cólera y la malaria. El aroma fresco y limpio que acompañó la energía blanca contrastó fuertemente con la pestilencia que llenaba el aire.
El impacto de la ráfaga de curación sobre los cuerpos de los tres hombres fue como un choque de fuerzas opuestas. La sensación táctil era peculiar, como si la oscuridad se disolviera ante la pureza. Un destello brillante envolvió la escena, y en un instante, los tres hombres se evaporaron, dejando tras de sí un silencio repentino.
Angelo, con la mirada fija en el lugar donde yacían, murmuró: "No eran humanos". La revelación resonó en el aire, concluyendo una batalla que trascendía la naturaleza humana, y la paz volvió a posarse sobre el desgarrado pueblo.
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