Los inolvidables, capitulo 9.

 En un laboratorio militar de la Unión Soviética, en el año 1980, el aire estaba saturado con el penetrante olor a productos químicos y el tenue zumbido de maquinaria compleja. 

El suave murmullo de voces susurrantes se entrelazaba con el ruido constante de la maquinaria. Los científicos discutían en susurros sobre la ética del proyecto, el futuro de la ciencia y las implicaciones de manipular la esencia misma de la vida. Cada palabra, cada discusión, resonaba en el espacio.

En el momento crucial del experimento, el laboratorio quedó envuelto en un silencio tenso. La única música que se escuchaba era el latir apresurado de los corazones de los científicos, resonando como tambores distantes en el pasillo de la historia. Los científicos observaban con asombro y aprehensión mientras los úteros artificiales albergaban las creaciones que, en teoría, se convertirían en los seres vivos más inteligentes sobre la faz de la Tierra.

El tacto áspero de las sábanas quirúrgicas y las manos hábiles de los médicos se movían con precisión quirúrgica en medio del silencio tenso. La piel pálida de la madre contrastaba con el equipo médico vestido de blanco, cuyos guantes rozaban suavemente la superficie de la piel en preparación para el parto.


El sonido apagado de los latidos del monitor cardíaco marcaba el ritmo de la sala, mientras los profesionales de la salud trabajaban en silencio, concentrados en el delicado proceso del nacimiento.

En el momento crucial, un llanto agudo rompió el silencio. Era la niña, Taho, que llegó al mundo con su grito inaugural. Ese sonido agudo y vital resonó en la sala de parto, mezclándose con el susurro de instrucciones médicas y el murmullo de máquinas. 

Dos minutos después, la sala volvió a llenarse de sonidos. El llanto agudo, ahora masculino, marcó el nacimiento de Ramson. Era un eco complementario al anterior, un indicio de la dualidad que se estaba gestando en ese instante crucial.

La fría realidad se asentó cuando, en un instante, el toque del dinero cambió de manos. La mano que recibía el pago pertenecía a la madre de aquellos, ambos fueron separados inmediatamente de su progenitora.

Dos años después: 

En el laboratorio frío y estéril, Taho y Ramson, con sus inocentes dos años de edad, se enfrentaban a una pantalla imponente que destilaba preguntas desafiantes. Los acertijos, más allá de la comprensión de cualquier niño común, eran el núcleo de una prueba de inteligencia de Stanford-Binet, diseñada para sondear las mentes de los prodigios en ciernes.


El aire estaba cargado de anticipación mientras los pequeños prodigios respondían, inconscientes de la magnitud de la evaluación. Las luces parpadeaban, y el eco de las preguntas resonaba en el laboratorio, creando una sinfonía peculiar de exámenes infantiles.


Cuando la pantalla finalmente reveló los resultados, un silencio denso se apoderó de la habitación. El puntaje de Ramson, marcado con un impresionante 1000, resonó como un eco de logro. Sin embargo, el destello de la pantalla también proclamó que el puntaje de Taho superaba por un escaso punto, 1001. Un número insignificante, pero suficiente para desencadenar un torrente de resentimiento en el corazón del pequeño Ramson.

7 años después: 

En el rincón silencioso de su mundo compartido, algo inesperado se había desatado. Ambos hermanos desarrollaron a velocidades inhumanas talentos sobrehumanos, Taho, la mente táctica afilada como una espada, había desplegado un talento estratégico que trascendía la mera habilidad, mientras que Ramson, inmerso en la efervescencia creativa, había dado vida a inventos que desafiaban las leyes conocidas.

En los ojos de Taho brillaba la astucia y la satisfacción, mientras trazaba planes estratégicos con una claridad sobrenatural. Cada movimiento, cada decisión, era un recordatorio de que la mente de Taho ahora era un tablero de ajedrez donde las piezas se movían con una coordinación impecable.


Mientras tanto, Ramson, con sus ojos chispeantes de creatividad desenfrenada, se perdía en la creación de inventos que desafiaban la lógica. La sala de experimentación se llenaba con el sonido de engranajes girando, mezclado con la melodía de ideas tomando forma. Cada invención de Ramson, única y sin igual, era como un destello de genialidad que iluminaba el espacio.

Dos años después: 

En el torbellino de cambios que marcó el colapso de la Unión Soviética en 1991, un orfanato se convirtió en el destino de los hermanos Taho y Ramson. El aroma penetrante de la incertidumbre flotaba en el aire, mezclado con el sutil olor a tinta y papel de documentos clasificados que se quemaban en desesperación.

Ambos hermanos fueron enviados a un orfanato, todo registro de ellos fue borrado, Al ingresar al orfanato, los hermanos fueron recibidos por la agridulce mezcla de risas infantiles y el silencio de las miradas curiosas. El tacto de las manos de los hermanos, entrelazadas por la adversidad, reflejaba la textura áspera de un nuevo comienzo en un mundo desconocido.


La luz que se filtraba por las ventanas, una tenue luminosidad que intentaba desafiar la oscuridad de la incertidumbre, pintaba el orfanato con un matiz sombrío. La vista de los pasillos desgastados y las habitaciones compartidas era un recordatorio visual de la transición abrupta de una vida de secretos a un futuro incierto.

Cuatro años después:

En el tenso aire de la agencia de adopción, la pareja adoptante llevaba a Ramson de la mano, sus rostros reflejando la felicidad anhelada de tener un hijo. Sin embargo, al otro lado de la sala, la pequeña Taho observaba con ojos llenos de lágrimas y un corazón quebrantado.

El sonido de las risas entrecortadas de la nueva familia llenaba la habitación, contrastando con el sollozo silencioso de Taho. Las palabras pronunciadas en ese momento resonaban en el espacio, cargadas de la realidad implacable que separaba a los hermanos. El eco distante de la felicidad ajena amplificaba la soledad de Taho.


El tacto frío de la realidad se materializaba en la separación física, mientras Ramson era llevado hacia un futuro prometedor y Tao quedaba atrás.

En el presente: 

Taho miró a Bishop con ojos que reflejaban años de decisiones difíciles y un peso insoportable. 

Taho: al final me ví obligada a sacrificar mi cuerpo para no matar a mi propio hermano.

Bishop: (frunciendo el ceño) ¿Permitiste que te destruyera?

Tao: (asintiendo) Sí, Bishop. Era la única opción que me quedaba. No Quería matarlo.

Bishop: (confundido) Entiendo, pero no sé que hacer ahora.

Tao: Eso es lo que quería discutir contigo. Sé qué hacer, Bishop, y sé que podemos beneficiarnos mutuamente.

Bishop: (mirando fijamente a Tao) ¿Beneficiarnos cómo?


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