Los inolvidables, capitulo 7.
En el atardecer melancólico de Nueva York, una figura se destacaba en la desolada carretera. Taho, envuelta en un traje militar que reflejaba su presencia imponente, avanzaba con determinación por el asfalto gastado. El visible traje militar, una reminiscencia de su paso por la disciplina castrense, contrastaba con el paisaje urbano en decadencia a su alrededor.
La carretera, una vez testigo del bullicio y la vida frenética de la ciudad que nunca duerme, yacía ahora desierta y sombría. El eco de sus pasos resonaba en la distancia, el sonido monótono de botas militares golpeando el pavimento marcando un compás rítmico en la soledad de la vía. Cada pisada emitía un crujido sutil, mezclándose con el susurro lejano del viento que soplaba entre los edificios desiertos.
Taho había dejado, intencionadamente, una pista de su actual paradero, era simplemente una conversación casual en la recepción de aviones de Rusia donde se daban algunos indicios de su destino, suficientes para que Ramson dedujera a dónde debía llegar, Taho sabía que matar a su hermano era una tarea relativamente sencilla para ella, pero no estaba dispuesta a hacerlo.
Ella estaba consciente de la cercanía del sicario de Ramson, se mantenía inmóvil en medio de un callejón desolado. La atmósfera estaba impregnada de tensión, como si la propia noche retuviera el aliento en anticipación al inminente suceso. La luna, apenas un débil resplandor entre las nubes, observaba la escena con su luz titilante.
Tao, en silenciosa resignación, había elegido este lugar como el escenario final. Su figura se perfilaba en la penumbra, apenas visible, pero sus ojos, fríos como el acero, escudriñaban la oscuridad circundante.
De repente, un murmullo se deslizó por el callejón, un sonido apenas audible que resonaba en la quietud de la noche. Tao, con sus sentidos agudizados, identificó la presencia del sicario antes de verlo. La figura, envuelta en la sombra, se movía con una destreza silenciosa, como un depredador acercándose a su presa. Cada paso resonaba en la mente de Tao, una advertencia silenciosa de la cercanía del peligro.
La tensión alcanzó su punto álgido cuando la figura emergió de las sombras. El sicario, rostro oculto bajo una capucha, sostenía con firmeza el arma que sería la portadora de la sentencia de Tao. Sus ojos, ocultos en la penumbra, reflejaban la determinación fría de quien ha hecho esto incontables veces. Tao, con su serenidad calculada, enfrentó la mirada invisible de su enemigo.
El tiempo pareció ralentizarse, como si el universo mismo contuviera la respiración en expectativa. El sicario levantó el arma, apuntando directamente a la cabeza de Tao. En ese momento, ella cerró los ojos, aceptando la ineludible realidad que se avecinaba. Su cuerpo, en una calma resignada, se convirtió en la figura inmutable en medio del callejón.
Un disparo rasgó la noche.
La bala, con una velocidad casi sobrenatural, surcó el aire hacia su objetivo. El sonido retumbó en el callejón, un eco metálico que resonó en las paredes desgastadas. La vida de Tao, en ese instante, estaba destinada a desvanecerse en la oscuridad de la noche, pero algo inesperado ocurrió.
La bala impactó en la cabeza de Tao, pero en lugar de la devastación esperada, un pequeño aparato rectangular que ella tenía estratégicamente colocado en su cuello se iluminó repentinamente. Una luz intensa, como un destello de lucidez en medio de la oscuridad, emanó del dispositivo.
En ese momento, todos los pensamientos, sentimientos y la esencia misma de Tao fueron encapsulados por el pequeño aparato. El dolor agudo de la bala, el eco de la resignación, todo se fundió en una amalgama de luz y energía que se concentró en el dispositivo. Era como si su ser entero se hubiera transformado en información pura, lista para ser transferida a otra forma de existencia.
La luz se desvaneció tan rápidamente como había aparecido, dejando el callejón nuevamente en la penumbra. Pero algo había cambiado. Tao, o más bien su esencia encapsulada en el pequeño dispositivo, había trascendido las leyes conocidas de la vida y la muerte. El proyecto de inmortalidad de Ramson, concebido con astucia maestra, había logrado algo impensable.
El aire de la noche vibraba con una mezcla de anticipación y nerviosismo. Hacía apenas unos minutos, Taho había manipulado los hilos del destino al llamar a la policía, urdiendo una trama que jugaría a su favor. El callejón, antes testigo de la dualidad entre la vida y la inmortalidad, se convirtió en el escenario donde las fuerzas de la ley se enfrentarían a lo desconocido.
El sonido distante de sirenas anunciaba la llegada de la policía, un eco que resonaba en las paredes del callejón. Cada sirena, un latido electrónico en la urbanidad, intensificaba la tensión en el ambiente.
A medida que las patrullas se acercaban, el olor a gasolina y asfalto impregnaba el aire. El callejón, antes testigo de la metamorfosis de Tao, ahora se llenaba con el aroma inconfundible de la actividad policial. Era una fragancia metálica, mezcla de adrenalina y deber, que flotaba en el aire como un recordatorio de la dualidad de la justicia y la intriga que envolvía la situación.
A medida que los agentes se acercaban al cuerpo, el tacto de la realidad se volvía más tangible. La evidencia policial, cuidadosamente recopilada, incluía el pequeño aparato rectangular que había sido testigo de la transición de Tao a una forma de existencia inusual. Los detectives, con guantes de látex, maniobraban con precisión mientras recogían el dispositivo como si fuera un tesoro frágil.
La mente de Tao, encapsulada en ese pequeño aparato rectangular, permanecía ajena a la agitación que ocurría a su alrededor, una narrativa silenciosa que desafiaba la lógica convencional.
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