Los inolvidables, capitulo 5.
Seis meses han pasado, La alacena, meticulosamente calculada para albergar suministros por exactamente 180 días, se presentaba como un testamento a la precisión de la mente estratégica de Taho. El crujir suave de la madera al abrir las puertas de la alacena resonaba, revelando una variedad de alimentos cuidadosamente almacenados: latas selladas herméticamente, granos en frascos de cristal y hierbas secas que exhalaban su fragancia con cada movimiento y que conformaban una cortesía de Taho para el futuro inquilino de la cabaña que podría tardar años en llegar.
El silencio de la cabaña se interrumpía ocasionalmente por el chisporroteo de la chimenea, un eco constante que proporcionaba un telón de fondo sonoro. El sonido de la madera ardiendo, junto con el crepitar de la nieve afuera, sumía a Taho en una serenidad que solo el entorno siberiano podía ofrecer.
Las pieles de alce que cubrían las paredes de la cabaña añadían otra capa sensorial a la escena. Al tocarlas, Taho sentiría la suavidad de las pieles, cada una contando la historia del frío invierno siberiano. El roce de la piel aportaba una conexión táctil con la naturaleza circundante, un recordatorio tangible de la vida en la tundra.
El viento soplaba con una ligereza inusual en la tundra siberiana, acariciando suavemente la cabaña donde Taho había encontrado, por primera vez en su vida, la quietud total. El sol, en su descenso hacia el horizonte, pintaba el cielo con tonos cálidos que se reflejaban en la capa de nieve que cubría el paisaje. En este rincón remoto, donde la naturaleza mostraba su fuerza y su fragilidad a partes iguales, Taho se encontraba inmersa en una profunda reflexión.
En su mente calculadora, Taho repasaba las opciones que se extendían ante ella. La paz que había encontrado en este rincón remoto era un bálsamo para su alma, una pausa en la implacable lucha contra su propio destino y contra la sombra de su hermano, Ramson. Pero la realidad de su situación era innegable. El perfecto plan de desaparición que había trazado se presentaba como la única salida, la única forma de librarse del destino de violencia que su hermano había desencadenado.
Al observar las marcas del tiempo en las paredes desgastadas de la cabaña, Taho no podía evitar sentir una conexión profunda con este lugar. Aquí, en la tundra siberiana, había descubierto una paz que parecía elusiva en el bullicio del mundo exterior. Pero la paz tenía un precio, y Taho sabía que no podía quedarse inmóvil. Su mente estratégica la impulsaba hacia la única opción que le ofrecía una esperanza real: el plan de desaparición.
El reloj en la mesa marcaba cada segundo con una solemnidad que parecía resonar en todo el espacio reducido de la cabaña. Taho, con la mirada fija en las manecillas, se sumía en sus pensamientos. Cada tic-tac era una gota que llenaba el vaso de su decisión.
En la semi oscuridad de la cabaña, Taho caminó hacia la puerta. Cada paso resonaba en el silencio, marcando el inicio de un nuevo camino. Afuera, la noche la envolvía con su manto estrellado, y el frío abrazo de la tundra siberiana la recibía como un recordatorio de la naturaleza implacable que la rodeaba.
Taho, con una última mirada a la cabaña que había sido su refugio, se adentró en la oscuridad. La nieve crujía bajo sus botas, y el viento siseaba entre los árboles cercanos. La tundra, vasta e indomable, se extendía ante ella.
El trineo de perros se deslizaba con gracia a través de la tundra siberiana hacia la casa de un pueblo cercano, la nieve crujía bajo las patas de los ágiles caninos mientras avanzaban con una velocidad controlada. El viento frío acariciaba las mejillas de Taho, quien se mantenía de pie, aferrándose con firmeza al trineo. El aire fresco llevaba consigo la fragancia nítida de la tundra, una mezcla de pureza y la esencia inconfundible de la naturaleza helada.
La cabaña del individuo, llamado Konstantin del pueblo siberiano se perfilaba a lo lejos, una construcción modesta pero robusta. Su silueta se recortaba contra el horizonte nevado, con humo que se elevaba desde la chimenea, señal de vida en medio del vasto paisaje invernal. A medida que el trineo se acercaba, se revelaba la arquitectura sencilla de la casa, construida con madera resistente a las inclemencias del clima siberiano.
Al detenerse frente a la casa, Taho pudo percibir el aroma acogedor de la madera recién cortada y el humo de la chimenea. El olor a pan recién horneado se filtraba desde el interior, creando una tentadora invitación a adentrarse en el calor de la morada.
El sonido suave de la puerta al abrirse, revelando el interior iluminado por la luz cálida de las lámparas, era como un abrazo acogedor. El crepitar de la madera en la estufa añadía un tono reconfortante a la escena. La casa emanaba una sensación de seguridad y bienestar, un refugio contra las fuerzas impredecibles del invierno siberiano.
Konstantin, cuya altura se quedaba sorprendentemente corta en comparación con Taho, con gestos amables, invitó a Taho a compartir un momento en su hogar.
"Pensé que no había sobrevivido, señorita. Solo los hombres más rudos del pueblo partían hacia ese lugar, hoy en día nadie lo hace", pronunció el hombre con una mezcla de asombro y respeto. Sus ojos, curtidos por las inclemencias de Siberia, se posaron en Taho con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y la curiosidad.
"Soy difícil de matar", respondió Taho con calma, sus ojos azules destilando una mezcla de confianza y determinación. Mientras pronunciaba esas palabras, su mente se sumergía en el intricado ballet de estrategias que había diseñado para enfrentarse a Ramson. Cada palabra, cada gesto, se convertía en un movimiento calculado en el tablero de ajedrez de la vida.
"Necesito que me ayude una última vez", dijo Taho, su voz resonando en la cabaña como un susurro decidido. Cada palabra llevaba consigo el peso de la urgencia y la seriedad. El hombre, ahora intrigado por la solicitud, se enderezó en su asiento desgastado, sus ojos fijos en Taho como si buscara respuestas en la mirada de la estratega.
La mañana en Siberia se desplegaba con una claridad cristalina, el aire fresco transportando consigo el crujir de la nieve bajo las patas del trineo. Konstantin, envuelto en capas gruesas para enfrentar el frío mordaz,con destreza a los perros a través del paisaje blanco.
El trineo, jalado por los fuertes huskies, se deslizaba con suavidad sobre la superficie helada. La brisa helada acariciaba los rostros de Tao y Konstantin, quienes compartían el viaje en silencio, envueltos en el paisaje prístino de Siberia. El aroma fresco y nítido de la nieve se mezclaba con el ligero perfume de los árboles cercanos, creando una atmósfera purificadora.
La cabaña quedaba atrás mientras el trineo se acercaba a la parada de tren, donde el vapor blanco se elevaba desde la locomotora que aguardaba con impaciencia. El sonido distante del tren resonaba en el aire, un rugido metálico que se fusionaba con el crujir de la nieve y el jadeo de los perros. La anticipación vibraba en el entorno mientras Tao preparaba mentalmente la próxima etapa de su travesía.
Al detenerse en la parada, Tao bajó del trineo con una gracia calculada. El suelo crujía bajo sus botas mientras se acercaba al tren, un eco del invierno siberiano que reverberaba en cada paso. Konstantin, su compañero en esta parte del viaje, la observaba con una expresión que mezclaba respeto y comprensión.
El aroma del carbón quemándose en la locomotora impregnaba el aire, una fragancia robusta que añadía un componente industrial a la escena natural. El ruido constante del tren aumentaba a medida que Tao se acercaba, el zumbido de la maquinaria combinándose con los ladridos emocionados de los perros, quienes apenas podían contener su entusiasmo.
Tao, con determinación en sus ojos azules, se volvió hacia Konstantin. "Cuidarás bien de ellos", afirmó con una confianza que transmitía su convicción en la capacidad de Konstantin para velar por los fieles compañeros de travesía. Konstantin asintió solemnemente, reconociendo la importancia de la tarea encomendada.
Al abrir la compuerta del trineo, la energía contenida de los perros casi rompió sus cadenas. Los huskies, ansiosos por seguir a su ama, emitían ladridos alegres y tiraban con fuerza de sus correas. El sonido de los gruñidos emocionados de los perros llenaba el aire.
Tao, con una mirada de complicidad hacia sus leales amigos peludos, ingresó al tren. El sonido de las puertas cerrándose resonó en la plataforma, marcando el inicio de una nueva etapa en su viaje. El tren empezó a moverse, las ruedas chirriaban sobre los rieles, y los perros, ahora entregados al cuidado de Konstantin, observaron con ojos inquietos el alejamiento de su ama.
El traqueteo del tren se intensificaba, la vibración bajo los pies de Tao añadiendo un ritmo constante a la experiencia. A través de la ventana, veía Siberia deslizarse ante sus ojos, un lienzo blanco que ocultaba historias y desafíos por venir. La luz del sol, reflejada en la nieve, bañaba el paisaje en tonos plateados y dorados, creando una escena de belleza indescriptible.
Tao, con una mirada de complicidad hacia sus leales amigos peludos, ingresó al tren. El sonido de las puertas cerrándose resonó en la plataforma, marcando el inicio de una nueva etapa en su viaje. El tren empezó a moverse, las ruedas chirriaban sobre los rieles, y los perros, ahora entregados al cuidado de Konstantin, observaron con ojos inquietos el alejamiento de su ama.
El traqueteo del tren se intensificaba, la vibración bajo los pies de Tao añadiendo un ritmo constante a la experiencia. A través de la ventana, veía Siberia deslizarse ante sus ojos, un lienzo blanco que ocultaba historias y desafíos por venir. La luz del sol, reflejada en la nieve, bañaba el paisaje en tonos plateados y dorados, creando una escena de belleza indescriptible.
Mientras el tren se alejaba de la parada, el ladrido de los perros se desvanecía gradualmente, pero su eco emocional resonaba en el corazón de Tao.
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