El espejo del diablo, capitulo 2.

 En la lóbrega calle nocturna, un hombre de gabardina raída y sombrero desgastado avanzaba con sigilo hacia una pequeña tienda. 

Al adentrarse en la tienda, la campana sobre la puerta tintineó suavemente, marcando su entrada furtiva, el hombre sacó una pistola del bolsillo derecho de su pantaloneta, dispuesto a cometer un asalto, en ese momento, como una presencia oscura emergiendo de las sombras, la mosca se manifestó frente al ladrón. La sorpresa colapsó sobre el asaltante como un peso invisible. El siseo de la entidad resonaba en el aire, mezclándose con el repentino temor que inundaba el ambiente. Un ligero escalofrío recorrió la espina dorsal del hombre, intensificado por el sonido del viento susurrando entre las esquinas de los edificios cercanos.

El demonio, una figura imponente con ojos ardientes y una presencia palpable, provocó que el ladrón retrocediera. En su caída, el estrépito del impacto contra el suelo se mezcló con el sabor metálico de la sorpresa en su boca. La luz de un foco de la tienda destelló brevemente, revelando el rostro pálido y los ojos desorbitados del asaltante, reflejando el miedo que ahora lo consumía.

Un sonido desgarrador de ácido inferbal impactando contra la carne del ladrón volvía tétrica la escena, ese era uno de los poderes de la creatura.

Los ojos ardientes de la entidad reflejaban la ejecución de un acto sádico pero, desde su perspectiva, justo. La luz mortecina del foco iluminaba el rostro retorcido de Baal, mientras la sustancia ácida se consumía con voracidad, dejando tras de sí un rastro de destrucción en la piel del malhechor. el sabor acre del ácido se esparció en el aire, mezclándose con la sensación húmeda y desagradable que dejaba tras de sí.

Huseín:

En la dimensión atrapante, el aire espeso se llenaba con un zumbido incesante, como si cada vibración resonara en la realidad distorsionada. Huseín, después de dos semanas en ese espacio temporalmente elástico, notaba la ausencia del tic-tac regular del tiempo, pero una sensación de urgencia persistía en su ser.

Una grieta, justo en el lugar donde el demonio había cruzado el umbral, se manifestaba como una cicatriz en la realidad. Los bordes de la abertura se desvanecían en un abismo interminable, creando un vacío visual que desafiaba la percepción de Huseín.

La proximidad a la grieta también despertaba sensaciones táctiles peculiares. Al extender la mano hacia ella, Huseín sentía una resistencia etérea, como si tocara el velo entre dimensiones. La textura era indescriptible, una combinación de suavidad y firmeza que desafiaba las leyes de la física conocida. Huseín sabía que sí lograba abrir aquella grieta recuperaría su cuerpo.


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