El curandero, capitulo 5.
Un día antes:
El sol, radiante y cálido, acariciaba la piel de Angelo mientras avanzaba por un desolado pueblo. Cada paso resonaba en el suelo cubierto de hojas secas, generando un suave crujir que se mezclaba con el murmullo de las hojas que danzaban con la brisa.
Un niño de cabellos castaños y ojos curiosos se acercó a Angelo, su rostro resplandecía con la inocencia propia de la infancia. Su piel tostada por el sol revelaba las travesuras al aire libre, y su ropa desgastada contaba historias de juegos animados.
El niño, con manos pequeñas pero decididas, extendió hacia Angelo un pergamino cuidadosamente atado con una cinta. El crujir suave del pergamino al desenrollarse liberó un aroma sutil a tinta fresca y papel envejecido, creando una experiencia olfativa que llevaba consigo la esencia de la comunicación escrita.
Las palabras en el pergamino, escritas con tinta negra, narraban la tragedia que había golpeado al templo mayor. Angelo, al leerlas, sintió un nudo en el estómago y un sabor amargo en la boca.
La carrera de Angelo hacia el templo estaba marcada por el sonido de sus propios pasos, rápidos y decididos. El aire, mientras corría, se volvía más fresco y agitado, mezclándose con la fragancia de las flores que bordeaban su camino.
En el presente:
Dentro del templo, el aire se cargaba con la pesadez del lamento y la desesperación. La luz titilante de las velas proyectaba sombras danzantes que se movían como espectros por las paredes manchadas de sangre. El olor metálico de la hemoglobina impregnaba la estancia, formando una atmósfera asfixiante que contrastaba con el incienso aún presente.
El sonido del viento, susurrando a través de las grietas de las ventanas rotas, se mezclaba con gemidos apagados y murmullos de agonía. Los ecos de un pasado glorioso resonaban en el silencio interrumpido únicamente por el crujir de madera y el tintineo de una lágrima solitaria al caer sobre la piedra fría.
Angelo, arrodillado en el suelo empapado de sangre, sentía el peso de la culpa oprimiendo su espíritu. La vista de sus mentores caídos, las figuras que alguna vez irradiaron sabiduría y protección, ahora yacían inertes. La escena desgarradora reflejaba la trágica consecuencia de un destino que le había Sido impuesto.
Angelo se adentró en la meditación, buscando la paz en el templo. El sonido suave de su propia respiración se convirtió en un mantra constante, la fragancia del incienso, persistente en el aire, añadía una capa de espiritualidad a la atmósfera, envolviendo a Angelo en una nube de serenidad.
A medida que Angelo se sumía en la oración, los relojes marcaban las horas que pasaban en un fluir constante. La oscuridad exterior contrastaba con la tenue luz interior, generando una sensación de aislamiento que solo intensificaba la conexión espiritual de Angelo con sus mentores caídos.
El suelo del templo tiembla con fuerza, Las enormes puertas del templo se abren de golpe, revelando una figura de un hombre delgado de dos metros de altura y rostro deforme al punto de no parecer humano, se trataba de la mancha.
Angelo: (con calma) eres tu.
La mancha comienza a reír guturalmente: ¡Angelo, te he estado buscando.
Angelo: esto termina hoy.
La mancha se ríe: ¿Cuántas veces has dicho eso ya?, cien?, doscientos?.
La mancha sonríe maliciosamente: Es asombroso que aún no hayas descubierto tu verdadero origen.
La mancha explica: Eres la reencarnación de Asclepio, enviado por los dioses para detenerme. Lo hemos hecho innumerables veces, y siempre terminas aquí, repitiendo el mismo discurso.
El sonido estridente de la energía oscura desatada por la mancha corta el aire como un aullido tormentoso, resonando en los oídos de Angelo. Cada pulso de esa oscura ráfaga parece llevar consigo un mensaje tenebroso.
Angelo, en un intento desesperado por contrarrestar la embestida, libera su aura con un estallido luminoso. El sonido de esta liberación es como el crepitar de llamas sagradas.
La temperatura en la escena experimenta un cambio brusco. La oscura ráfaga de la mancha emana un calor sofocante, como el aliento ardiente de la misma oscuridad. En respuesta, la luz de la aura de Angelo irradia un calor reconfortante, una sensación de abrazo cálido que lucha contra la opresión del ataque oscuro.
La energía oscura perfora la luminosidad del aura de Angelo, creando destellos oscuros que desgarran la escena. Finalmente, el impacto físico se manifiesta como un dolor agudo y penetrante. La sensación táctil del impacto se traduce en una herida que corta a través de la carne de Angelo, como una quemadura gélida que deja su huella en su cuerpo. El dolor es tan real como la confrontación misma.
La fragancia en el aire cambia sutilmente a medida que la energía curativa de Angelo se despliega. Un aroma fresco y revitalizante se extiende, como el perfume de la naturaleza en su estado más puro.
Angelo, después de aplicar su energía, se ilumina con un resplandor blanco que desafía la oscuridad circundante. Los colores de esta luz radiante, como un lienzo de pureza, crean un contraste vibrante con la energía negra de la mancha. La visión de esta transformación es como presenciar la aurora romper la noche.
Angelo, listo para el contraataque, libera una ráfaga de energía blanca. El sonido de este acto es como el rugido suave de un río caudaloso, una corriente imparable de poder. La fragancia de esta energía es embriagadora, como el aroma de flores en plena floración. Los sentidos se ven inmersos en una experiencia visual y olfativa, mientras el ataque se despliega con una magnificencia resplandeciente.
Sin embargo, la sensación táctil de la confrontación se ve alterada cuando la mancha libera su aura. La energía negra, densa y opresiva, desvanece la luz blanca de Angelo como una sombra que se extiende. El choque entre ambas fuerzas es palpable, pero el resultado es abrupto: el ataque de Angelo se deshace sin más.
Angelo aparece en un vacío extraño, Angelo siente una ausencia total de sonidos externos, un silencio que envuelve su conciencia como un manto etéreo. La falta de sonidos ambientales crea una sensación de quietud abrumadora, como si el mismo espacio estuviera suspendido en un suspenso atemporal.
La iluminación en este espacio es difusa e indeterminada, sin fuentes de luz definidas. Angelo percibe una penumbra suave que acaricia su piel, una luz que no emite calor ni sombras. La sensación táctil de esta iluminación es como un suave roce etéreo, apenas perceptible en su piel.
El aroma en este vacío es inexistente o, más precisamente, indescifrable. Angelo no puede identificar ninguna fragancia específica; en su lugar, experimenta un vacío olfativo que agudizando su percepción de la singularidad del entorno.
El maestro difunto se manifiesta ante Angelo con una claridad sorprendente. Su presencia emana una luz tenue y tranquilizadora, una especie de resplandor espiritual. La visión de su maestro es como un eco visual de la sabiduría y la guía que representaba en vida.
Maestro: Angelo, debes continuar luchando.
Angelo: (con pesar) Maestro, perdóname. Tu muerte fue por mi culpa.
Maestro: No, Angelo. Los demonios causaron mi muerte, no tú. Ahora, debes enfocarte en la batalla que yace ante nosotros.
El maestro extiende su mano hacia Angelo, invitándolo a seguirlo. Angelo vacila por un momento antes de asentir y seguir a su maestro.
Maestro: (señalando) Mira, Angelo. Aquí está tu madre.
Angelo ve a su difunta madre en un rincón de este extraño espacio, una figura etérea que emana una luz suave.
El corazón de Angelo late con fuerza mientras la emoción y la culpa lo envuelven. Con la voz entrecortada, se arrodilla ante ella.
Angelo: Madre, lo siento. Mi llegada causó tu muerte. Si no hubiera venido al mundo, aún estarías viva.
La figura luminosa de su madre sonríe con dulzura, irradiando una calidez reconfortante.
Madre: Angelo, mi amado hijo, no tienes culpa. Cuando llegaste a este mundo, eras solo un bebé, incapaz de controlar los poderes que llevabas contigo. No puedes cargar con la responsabilidad de lo que ocurrió.
Angelo siente un nudo en la garganta mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas.
Madre: Mi querido Angelo, no puedes cambiar el pasado, pero puedes dar forma al futuro. Tienes un destino que cumplir, tus acciones tienen el poder de cambiar el curso de las cosas.
Angelo: Gracias, madre. Regresaré con fuerza y coraje. No dejaré que la manche gane.
De vuelta en el mundo real, el enfrentamiento entre Angelo y la Mancha alcanza su punto culminante. La esfera de energía oscura se cierne sobre ellos, listo para desencadenar una devastación sin igual. Angelo aparece en el campo de batalla, su determinación reflejada en sus ojos.
Angelo: (con convicción) ¡Lo daré todo!
La esfera de energía oscura y la luz radiante de Angelo chocan en una colisión espectacular. La energía negra intenta envolver la luz blanca, pero Angelo se aferra a su propósito con una fuerza inquebrantable. El choque de fuerzas crea ondas de energía que resuenan en todo el campo de batalla, marcando el punto de inflexión de la confrontación.
En el fragor de la batalla, el corazón de Angelo comenzó a latir con una intensidad inhumana, una cadencia frenética que resonaba en su pecho como un poderoso eco.
Mientras su aura crecía, una manifestación espectral de Angelo se formó a su alrededor. Era como una danza etérea de luz y sombra, una imagen duplicada que magnificaba su presencia en el campo de batalla. La sensación táctil de esa aura expansiva era palpable, como un vendaval de fuerzas invisibles que se desataban en el aire.
La transferencia de su aura al ataque fue un fenómeno asombroso. Como si una corriente eléctrica recorriera su piel, la sensación de esa energía fluía desde lo más profundo de su ser hacia sus extremidades. La copia espectral que lo rodeaba también emanaba una textura etérea, como un susurro en el viento que se deslizaba por su piel.
Angelo liberó su ataque. La energía, impulsada por la intensidad de su ser, se desató con una ferocidad indomable. la energía de la mancha fue completamente anulada, el ataque impactó contra su cuerpo, de la nada se abrió un extraño portal, el ataque empujó a la mancha al extraño portal que se cerró en cuanto él y la energía entraron.
El cuerpo inerte de Angelo descendió con suavidad hasta encontrarse con el suelo, un susurro silencioso que resonó en la atmósfera cargada del campo de batalla. Tuvó un impacto suave del cuerpo al tocarcomo un eco apagado de la intensidad que había caracterizado su último acto, Angelo había usado su alma para potenciar aquel ataque.
Unas horas después:
Siete hombres en capuchas blancas observaban el cuerpo del héroe:
Hombre 1: (mirando hacia el lugar donde yace el cuerpo de Angelo) ¿Está muerto?
Hombre 2: si, pero no.
Hombre 3: (el más joven e impaciente) Maestro, por favor, deja de hablar en metáforas. ¿Está muerto o no?
Hombre 2: (sonríe) El cuerpo es solo un recipiente de energía. Ahora está vacío, pero si la energía regresa, él volverá a vivir.
Hombre 4: (inquieto) ¿Volverá algún día?
Hombre 2: (contemplativo) No lo sé.
Comentarios
Publicar un comentario