El curandero, capitulo 3.

 Angelo extendió sus manos con una gracia sobrenatural, y a medida que sus dedos se movían en el aire, una suave brisa de energía curativa se desprendía, envolviendo a cada habitante del pueblo. El susurro tranquilizador de la luz blanca que emanaba de sus manos resonaba como una melodía de esperanza en los oídos de los enfermos.


A medida que la energía tocaba sus cuerpos, los residentes podían sentir una cálida corriente recorriendo sus venas, disipando la debilidad y restaurando la vitalidad perdida. El aroma fresco y limpio de la curación se expandía en el aire, desplazando el persistente olor a enfermedad que antes impregnaba el pueblo.

Angelo cerró los ojos, sumiéndose en un viaje introspectivo a través de los recuerdos que lo atormentaban. Un eco lejano de susurros de tristeza resonaba en sus oídos, recordándole las voces apagadas de aquellos que alguna vez amó. El sonido del viento, aullando en la distancia, llevaba consigo el lamento de las pérdidas y los desafíos que enfrentó en su vida.

Flashback:

En una humilde choza del bosque, donde la luz del sol apenas se filtraba a través de las ramas frondosas, Angelo, de quince años, se sumergía en una atmósfera de aprendizaje. El sonido tranquilo de las hojas susurrando con la brisa exterior formaba la banda sonora de su formación, mientras la madera crujía levemente bajo sus pies juveniles.

El maestro, envuelto en una túnica café desgastada por el tiempo y la experiencia, emanaba la fragancia ahumada de hierbas medicinales. Su presencia impregnaba la choza con un aroma reconfortante, como si la sabiduría y la paciencia que poseía se manifestaran en el aire, invitando a Angelo a absorber cada enseñanza como un perfume en el viento.


La túnica del maestro, bordada con símbolos místicos y manchas de hierbas curativas, tenía una textura áspera pero familiar. Mientras Angelo escuchaba atentamente las lecciones, podía visualizar mentalmente cada surco y desgaste en la tela, como los mapas de las experiencias que su mentor había enfrentado.

Dos hombres envueltos en túnica oscura irrumpieron en la choza con un estruendoso golpe, resonando como un trueno en los oídos de aquellos presentes. El sonido abrupto de la puerta al abrirse se fusionó con la atmósfera tensa de la escena, creando una sensación auditiva de alerta y sorpresa.

El sonido de sus pasos al ingresar resonaba con fuerza, marcando su presencia con una cadencia ominosa. Cada paso parecía dejar una huella audible de intenciones siniestras, como si el suelo mismo se quejara ante la entrada de fuerzas desconocidas.

Maestro: ¿A qué han venido a mi humilde morada?


Hombre de Túnica Oscura 1: (con voz grave) Venimos por el joven. El destinado a destruir al supremo.

Hombre de Túnica Oscura 2: (con tono sombrío) La antigua profecía lo anunció. Este muchacho es una amenaza para el supremo.



Maestro: (con firmeza) No permitiré que se lleven a mi aprendiz.

Angelo huye velozmente, sintiendo la urgencia en la voz de su maestro. El sonido de sus pasos resonando en la huida se mezcla con la tensión en el aire.

En el instante en que los seres de túnica oscura desatan su energía oscura, un zumbido ominoso llena el aire, penetrando los oídos de todos los presentes. El sonido de esa energía, un susurro tenebroso, se mezcla con el crepitar de las llamas que comienzan a danzar en la choza, intensificando la atmósfera de desesperación.


El olor a quemado se apodera del espacio, una fragancia acre que invade las fosas nasales de Angelo mientras la energía oscura se entrelaza con el humo que se eleva. El ambiente, ahora cargado de la esencia de enfermedades liberadas, emana una mezcla tóxica que se siente como un peso en el pecho de Angelo.


Visualmente, la energía oscura toma forma, serpentinas negras que serpentean por la choza, envolviendo todo en sombras grotescas. El maestro, concentrando toda la energía posible en su cuerpo, se convierte en el epicentro de esta oscuridad creciente, su figura distorsionándose bajo la influencia de fuerzas insondables.

La temperatura en la choza se eleva rápidamente, y el calor sofocante se mezcla con el sudor que comienza a empapar la piel de Angelo. La sensación táctil de la tensión en el ambiente es palpable, como si la misma choza estuviera protestando contra la manifestación de esta energía destructiva.


El sonido de la explosión es ensordecedor, una mezcla de estruendo y crujidos que reverbera en los tímpanos de Angelo. La violencia de la liberación de energía hace que las llamas cobren vida, consumiendo la choza con voracidad. El sonido del fuego devorador se mezcla con los gemidos de la madera ardiendo, creando una sinfonía de destrucción.

Mientras la luz anaranjada de las llamas ilumina la escena, las lágrimas que corren por el rostro de Angelo añaden una dimensión de dolor tangible. El sabor salado de la tristeza se mezcla con las lágrimas, y el sabor metálico de la culpabilidad se instala en su boca. Cada lágrima, como un tributo a la tragedia, resalta la amargura de su responsabilidad, recordándole las vidas perdidas, entre las cuales se hallaba su madre que había fallecido por su culpa cuando él nació, y el peso de su destino.

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