El chico cuerda, capitulo 2.

 Amancio avanzaba entre los mezquitales, su figura estaba envuelta en la luz dorada del atardecer. 

El crujir de la arena bajo sus pies era un constante murmullo que acompañaba sus pasos, mientras el sol descendía lentamente, pintando el cielo con tonos cálidos y anaranjados. La frescura del viento nocturno acariciaba su piel, llevando consigo el suave aroma terroso de los mezquitales y la esencia salina que flotaba en el aire.


Los mezquitales se mecían suavemente con la brisa, emitiendo un susurro suave que se mezclaba con el murmullo lejano de insectos. A medida que Amancio caminaba, las espinas de los mezquitales rozaban sus manos, creando una sensación áspera pero familiar. La tierra, aún cálida por el día, liberaba su fragancia característica, un recordatorio de la vida en el desierto.

El estómago de Amancio protestaba, y el eco sutil del hambre se intensificaba a medida que avanzaba por el desierto. A pesar del tiempo transcurrido, solo hacía unas horas que había comenzado a sentir la llamada persistente del apetito. Repentinamente, su mirada se posó en un oasis sorprendente a cien metros de distancia: una distinguida aglomeración de cactus con jugosas tunas que se hallaban a cien metros en la orilla superior de un abismo de tres metros de angostura y dies de profundidad, pero poco le importó aquel hecho.


Al acercarse pudo notar el aroma fresco y terroso de los cactus llenó el aire, un perfume natural que despertó su sentido del olfato. Las tunas, con su prometedora jugosidad, emanaban un aroma dulce que flotaba en el aire árido del desierto. El viento llevaba consigo la fragancia, anticipando el festín que aguardaba.

Mientras Amancio devoraba con avidez una tuna tras otra, el suculento sabor de la fruta inundaba su boca, ofreciendo un deleite refrescante que disipaba el hambre persistente. Las tunas, jugosas y maduras, contribuían con su aroma dulce al aire.

De repente, el vuelo silencioso de una lechuza, con plumas que rozaban el aire, creó un remolino de sonidos inesperados. El susurro de las alas se mezcló con el crujido de las espinas de los cactus y el murmullo distante del viento. La lechuza, majestuosa y misteriosa, pasó a unos escasos centímetros de la cabeza de Amancio, rompiendo la burbuja sensorial de su festín solitario.

El impacto del encuentro inesperado desequilibró a Amancio, y la sensación de deslizamiento por el aire se mezcló con la sorpresa y el desconcierto. La caída, acompañada por el rugido del viento que silbaba en sus oídos, parecía un descenso repentino a la oscuridad del abismo.

A medida que Amancio esperaba el inevitable impacto, una pausa misteriosa interrumpió la caída. La sensación de suspensión en el aire se mezcló con el eco persistente del viento y la quietud del abismo. En ese instante, la sorpresa palpable alteró sus sentidos.


Miró hacia arriba, solo para descubrir que gigantescas fibras, como hebras mágicas lo sostenían en su descenso. La textura suave de las fibras pegadas a su piel transmitían una extraña calidez, desafiando la lógica de la caída libre. La vista de las fibras, resplandecientes y enigmáticas, creó un espectáculo visual que desafiaba la realidad misma.

La paleta de sonidos también se transformó. El silencio momentáneo del abismo dio paso al susurro suave de las fibras al retraerse, acompañado por un zumbido sutil que resonaba en los oídos de Amancio. El viento, ahora un murmullo lejano, se convirtió en un acompañamiento sereno mientras ascendía.


La ascensión desafió la gravedad, y Amancio, envuelto en esta experiencia surrealista, empezó a sentir una extraña ligereza. La frescura del aire aumentó a medida que ascendía, una sensación revitalizante que contrastaba con la oscuridad del abismo.

Al llegar a la cima, el cambio de perspectiva ofreció una vista deslumbrante del desierto al atardecer. La luz dorada del sol pintaba el paisaje, y las fibras que lo habían sostenido se desvanecieron en el aire, dejando a Amancio de pie en el borde del abismo, aún asombrado por la experiencia que estaba viviendo.

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