El chico cuerda capitulo 1.
Bajo el ardiente sol del desierto de Sonora, Amancio Ortega, un joven moreno de 16 años, avanzaba con pasos decididos, su delgada silueta recortándose contra el vasto paisaje desértico. La fina arena crujía bajo sus pies mientras caminaba. El viento caliente acariciaba su rostro, llevando consigo el aroma terroso del desierto, mezclado con la esencia salina que flotaba en el aire.
La radiante luz del sol pintaba el paisaje con tonos dorados y naranjas, creando sombras alargadas que danzaban a sus pies. Amancio podía sentir la intensidad del calor en su piel, como si el sol estuviera tejiendo hilos de fuego alrededor de él. Cada inhalación se mezclaba con la sequedad del aire, mientras el sutil susurro del viento llevaba consigo el eco distante de la vida en el desierto.
Sus ojos se entrecerraban contra el resplandor del sol, capturando los destellos dorados que se reflejaban en los granos de arena suspendidos en el aire. El silencio aparente del desierto se rompía ocasionalmente por el suave roce de las ramas secas y la lejana llamada de aves que desafiaban la aridez del entorno.
De repente, el sonido familiar de sus pasos se vio interrumpido por el crujir sordo de sus huesos al resbalar en un barranco de al menos cien metros de altura. El mundo a su alrededor pareció detenerse por un momento, mientras el dolor agudo se filtraba a través de su cuerpo. El impacto resonó en su cabeza como un eco persistente, y un escalofrío recorrió su espina dorsal, transformando la experiencia en un instante de brutal realidad.
En la penumbra de su propio tormento onírico, Amancio se encontró atrapado en un laberinto de sufrimiento. Un monstruo espinoso, una amalgama de sombras y espinas afiladas, danzaba en su imaginación con malevolencia.
Amancio podía sentir la presión inmisericorde de las espinas contra su piel en su sueño, una sensación punzante que invadía cada fibra de su ser. El dolor, aunque surrealista, resonaba con una intensidad tan vívida que parecía trascender los límites de la imaginación. Cada toque del monstruo parecía grabarse en su mente, una coreografía de tormento que desafiaba las leyes de la realidad.
Entonces, como si una cortina invisible se levantara, Amancio despertó de su sueño. El cambio repentino de la pesadilla a la realidad era desconcertante. Abrió los ojos con cautela, medio esperando encontrarse aún en las garras del monstruo espinoso. Sin embargo, lo que descubrió fue desconcertante.
Se hallaba ileso, sin rastro del daño que debió experimentar por la caída. La frescura del aire llenó sus pulmones, y un suspiro de alivio escapó de sus labios. La sensación de incredulidad vibraba en cada poro de su piel, como si su propio cuerpo no pudiera comprender la transición abrupta de la pesadilla a la realidad.
En el silencioso rincón del desierto, el repentino estruendo de patas veloces rompió la calma. Amancio, paralizado por la sorpresa, se volvió hacia el sonido, solo para encontrarse con un jabalí que avanzaba hacia él con una velocidad desconcertante. El suelo vibraba bajo las pezuñas del animal, un eco rugoso que resonaba en sus oídos y reverberaba en el aire árido del desierto.
El olor del jabalí, una mezcla salvaje de tierra, sudor y naturaleza, impregnó el ambiente. La tensión se acumuló en el aire, palpable y espesa, mientras Amancio instintivamente alzaba las manos en un gesto defensivo.
El contacto entre las manos elevadas de Amancio y el aire fue el catalizador de lo extraordinario. De sus dedos, como hebras mágicas liberadas, emergieron infinitas fibras que danzaron en el aire antes de tejerse en una red.
El tacto de las cuerdas, suave pero cargado de energía, resonaba en sus yemas, transmitiendo la conexión entre Amancio y este nuevo poder. El jabalí, ajeno a la maravilla que se desplegaba, continuó su carrera implacable hacia él.
Las cuerdas, ahora formando una red intrincada, se arrojaron hacia el cuello del jabalí.
Con un movimiento repentino, el jabalí, ahora envuelto en las cuerdas resplandecientes, emprendió una carrera frenética. La tierra temblaba bajo sus pezuñas, y el viento agitaba las fibras que conectaban a Amancio con la criatura. El rugir del viento, el susurro de las cuerdas y los latidos acelerados del corazón de Amancio se entrelazaban en una experiencia sensorial única.
Arrastrado por el jabalí, Amancio se veía envuelto en una mezcla de emociones indescriptibles: el temor ante lo desconocido, la maravilla ante el poder recién descubierto y la incredulidad de la situación surrealista.
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