Cordman, capitulo 6.
Bajo el manto estrellado del cielo nocturno, Amancio avanzaba a paso firme por las carreteras de Sonora.
La brisa nocturna acariciaba su rostro, llevando consigo el suave susurro de las hojas de los álamos que bordeaban la carretera.
Bajo la tenue luz de la luna, Amancio percibía la frescura del ambiente, una sensación palpable en su piel. La temperatura agradable del aire contrastaba con la calidez residual del suelo.
De repente, un grito agudo y desgarrador rompió la quietud de la noche. El sonido penetrante cortó el aire como una cuchilla, enviando escalofríos por la espina dorsal de Amancio. El grito, una sinfonía de desesperación, resonaba en sus oídos y se grababa en su memoria, generando una urgencia instintiva en su ser.
El correr de Amancio hacia el origen del grito lo llevó a un estrecho callejón entre edificios altos. La luz parpadeante de los faroles creaba sombras inquietantes en las paredes, mientras el suelo irregular crujía bajo sus zapatillas. Cada paso aumentaba la tensión en el ambiente, y el olor metálico del miedo se mezclaba con el aroma de basura y humedad que emanaba del callejón.
Amancio, observó a mujer asustada, a quien un hombre de dos metros de altura le quitaba sus ropas por la fuerza, capturó la visión de su rostro pálido e indefenso. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el murmullo lejano de la ciudad, creando una sinfonía discordante que reflejaba la desesperación del momento.
La vista de la mujer indefensa, sus ojos reflejando el miedo, impulsó a Amancio hacia la acción. El brillo débil de una farola revelaba la angustia en su rostro. La visión de la agresión desencadenó una reacción instintiva, mientras su visión se enfocaba en la violencia que se desarrollaba ante él.
la rabia vibraba en cada fibra del ser de Amancio. La visión de la agresión desencadenó una respuesta instintiva, y en un acto impulsivo, desató las fibras de sus dedos con una fuerza impulsada por la furia.
El sonido audible de las fibras emergiendo de las yemas de Amanció cortó el aire, resonando la justicia violenta. Sus fibras se ahirieron automáticamente al cuello del violador.
La resistencia del hombre ante la asfixia generó un sonido ahogado y desesperado que llenó el callejón, una cacofonía de lucha y sufrimiento que acompañaba el acto de venganza.
A medida que la conciencia del agresor se desvanecía en la oscuridad de la inconsciencia, el silencio se apoderó del callejón.
En el callejón, la mujer yacía en un estado de shock, su mirada perdida en un horizonte invisible. La confusión y la incredulidad se reflejaban en sus ojos, mientras su mente luchaba por procesar el giro abrupto de los acontecimientos. No se esforzó por entender lo que había sucedido; simplemente, el aturdimiento la envolvía como un manto, desdibujando la realidad que la rodeaba.
La mujer, aún inmersa en su estado de shock, no tuvo tiempo de vislumbrar el rostro de su salvador ni de expresar su gratitud. La rapidez con la que Amancio se retiró dejó una sensación de misterio y urgencia, como si la lucha contra la criminalidad exigiera su atención inmediata.
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