Cordman, capitulo 5.

 Hace un año: 

En la tenue luz de la sala de estar, Amancio se encontraba sentado a la mesa, rodeado por el cálido murmullo de las voces familiares. El aroma insípido de la cena, preparada con esmero, se extendía por la habitación.

Su madre, María, era de un cabello oscuro  rizado que caía en suaves ondas por sus hombros, emanaba la fragancia familiar de su perfume mezclado con el sutil aroma a especias que impregnaba sus manos cayosas manos hábiles en la cocina. La luz tenue resaltaba sus ojos oscuros que se encontraba en su agachada cabeza, reflejando su evidente sumision. Vestía un delantal floreado.

El padrastro de Amancio, Carlos, con su presencia robusta y barba cuidada, aportaba una masculinidad dominante a la escena. La mesa, cubierta con un mantel de colores suaves, invitaba al tacto con su textura suave. La vista de los alimentos frescos y apetitosos creaba un festín visual que se traducía en la anticipación del gusto.

Carlos, con el ceño fruncido, mira a Amancio con frustración mientras ambos están sentados a la mesa durante la cena.


Carlos: ¿Cuándo vas a ponerte serio, Amancio? No estudias ni trabajas. Eres un completo inútil.


Amancio, manteniendo la calma, responde:


Amancio: Soy menor de edad, no puedo trabajar aún.

Carlos: ¡Eso no es excusa! Si fueras un hombre de verdad, ya te habrías buscado la vida.


Amancio, sintiéndose atacado, se levanta de su silla:


Amancio: No soy un inútil, solo estoy intentando encontrar mi camino.


Carlos se pone de pie, desafiante:


Carlos: ¡Encontrar tu camino, dices? Eres patético, ni siquiera eres capaz de mantener un trabajo.


Amancio, mirándolo fijamente, contraataca:


Amancio: Al menos no golpeo a ninguna mujer, a diferencia de algunos.

Carlos: ¡Eso es porque eres una niñita! No sabes nada de la vida.


La tensión se eleva, y ambos se levantan de la mesa. Amancio sostiene la mirada de Carlos:


Amancio: No permitiré que me insultes de esa manera.


Carlos, avanzando amenazadoramente:


Carlos: Tú no eres nada en esta casa.

La habitación se sumerge en una cacofonía de sonidos discordantes. El choque de cuerpos y el golpear de puños resuena en el aire, cada impacto reverberando con una intensidad palpable. El sonido de la pelea es acompañado por el crujir de muebles movidos en la lucha, creando una sinfonía caótica de confrontación.


El olor a sudor y tensión flota en la estancia, una mezcla acre que se adhiere al ambiente como un recordatorio tangible de la hostilidad desatada. La tensión en el aire es palpable, como un aroma denso que agita los sentidos y envuelve la escena en un velo tenso.

La vista se llena de imágenes fugaces y borrosas: movimientos rápidos, gestos agresivos, expresiones enardecidas. La luz tenue de la lámpara parpadea mientras la pelea se desplaza por la habitación, creando sombras que danzan y contorsionan, proyectando la ferocidad del conflicto.

El gusto de la adrenalina en la boca de Amancio, mezclado con el amargor del desacuerdo, deja un regusto amargo en su lengua. La tensión emocional se traduce en sensaciones físicas, y la boca seca es testigo del conflicto que se desarrolla.


En medio del caos, Amancio grita con furia: "¡Me voy de esta casa!". El sonido de sus palabras resuena, cargado de determinación y rebeldía. El grito, un eco emocional que corta la atmósfera tensa, marca el punto culminante de la confrontación.


La escena culmina con Amancio abandonando la habitación. La casa, impregnada con la huella de la pelea, queda sumida en un silencio tenso, solo interrumpido por el eco de las palabras pronunciadas y el susurro persistente de las emociones desatadas.

Desde ese día amanció comenzó su vida como mochilero.

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