Behemooth, capitulo 4.
Behemoth se sentó a la mesa de la pequeña cocina, iluminada por la suave luz matutina que se filtraba a través de las cortinas. El aroma fresco del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el perfume dulce de pan recién horneado. El sonido reconfortante de la cafetera goteando y el crujido de la tostadora completaban la sinfonía mañanera.
El desayuno estaba dispuesto ante él: huevos frescos de la granja, pan crujiente, y una variedad de frutas coloridas. La mesa, cubierta con un mantel tejido a mano, transmitía una sensación de hogar y cuidado.
Los ancianos observaban con asombro mientras Behemoth devoraba los huevos con una rapidez asombrosa. Cada mordisco era acompañado por el sonido satisfactorio de dientes triturando la comida, y el huevo, en su frescura, liberaba un sabor untuoso que inundaba su paladar.
Fernando se levanta de la mesa y se estira, preparándose para salir. Behemoth, con interés, rompe el silencio.
Behemoth: ¿A dónde te diriges, tío Fernando?
Fernando: Voy a comprar las verduras al rancho. Tengo un pequeño negocio distribuyéndolas a los mercados locales.
Behemoth, intrigado, inclina ligeramente la cabeza.
Fernando: es un trabajo honesto. Mi esposa y yo lo hacemos juntos a veces, pero principalmente ella se encarga de las tareas del hogar.
Behemoth asiente, considerando la explicación de Fernando.
Behemoth: ¿Te importaría si me uno a ti? Puedo echarte una mano.
Fernando: ¡Por supuesto que no me importa! Será agradable tener compañía. Además, siempre viene bien una ayuda extra.
Behemoth asiente agradecido.
Mientras la camioneta avanzaba por el camino de tierra, se percibía la vibración suave del motor que resonaba a través de los asientos. El suave murmullo del viento acompañaba el viaje.
Sin embargo, el sentido del equilibrio notaba una ligera inclinación en el lateral del copiloto. La presencia imponente de Behemoth, sentado en ese lado, ejercía su influencia en el vehículo. Aunque la camioneta era robusta y capaz de cargar grandes pesos, la inclinación revelaba la magnitud de la figura que ocupaba ese asiento.
La camioneta se detuvo frente al rancho, y al abrir las puertas, el ambiente cambiaba instantáneamente. El aroma a tierra fresca y vegetación invadía la cabina, mezclándose con el inconfundible olor a establo y estiércol que caracterizaba la vida en el rancho. El sol del mediodía otorgaba una intensidad visual al paisaje, destacando los colores vibrantes de los campos y los animales.
Behemoth, con su figura imponente, se levantó de la camioneta y el suelo áspero del rancho crujía bajo sus pasos. El tacto percibía la textura rugosa y fresca de la tierra recién arada, mientras el sol acariciaba la piel con su cálido abrazo.
Los sonidos del rancho resonaban a su alrededor: el relincho de los caballos, el mugido de las vacas y el cacareo de las gallinas formaban una sinfonía rural. El viento susurraba entre las hojas de los árboles cercanos, añadiendo una melodía natural al escenario.
Los trabajadores del rancho, al percatarse de la presencia de Behemoth, dejaron momentáneamente sus labores. El murmullo constante de voces y actividades se detuvo, y un asombro absoluto se reflejó en sus rostros. El sentido visual capturaba esos gestos de incredulidad, las miradas fijas en el corpulento sujeto que se destacaba entre ellos.
El olor del polvo levantado por la actividad del rancho se mezclaba con el aroma fresco de las hierbas silvestres que crecían en los alrededores. Cada inhalación revelaba capas de fragancias que contaban la historia de la vida en el campo.
Behemoth, con su imponente figura, levantaba cajas con una facilidad que desafiaba la percepción común. Tomaba cuatro cajas a la vez, moviéndose con una destreza sorprendente a pesar del gran peso de las mismas.
Fernando, junto a la camioneta, observaba con gratitud la eficiencia de Behemoth. La carga se acumulaba rápidamente en la parte trasera del vehículo, y la tarea que habría llevado mucho más tiempo avanzaba a un ritmo impresionante.
En ese momento, se acercó al dúo un hombre de apariencia robusta, con una gorra desgastada que apenas lograba contener su cabello canoso. Sus ojos, agudos y observadores, escudriñaban la escena. Este hombre era el jefe del rancho, conocido por todos como Don Martín. Vestía un overol desgastado y botas de trabajo, mostrando la marca de años dedicados a la labor agrícola.
Don Martin: cómo se llama ese empleado tuyo, Fernando?.
Fernando: (sonríe) Ah, Don Martín, este es Behemoth.
Don Martín: (observando a Behemoth) ¿Behemoth, eh? Un hombre imponente.
No considerarías trabajar aquí? Pagamos bien.
Behemoth: Gracias por la oferta, Don Martín, pero no estoy buscando trabajo en este momento.
Don Martín: (asiente) Entiendo, pero ¿cuánto te paga Fernando por tu ayuda? Tal vez pueda mejorar la oferta.
Behemoth baja las cajas con cuidado y se dirige hacia Don Martín, extendiéndole la mano.
Behemoth: No estoy aquí por el dinero. Somos amigos, y estoy feliz de ayudar a Fernando.
Don Martín, sorprendido por la respuesta, aprieta la mano de Behemoth con firmeza.
Don Martín: (sonríe) Amigos leales son difíciles de encontrar. Pero hoy estamos cortos de manos y tenemos muchas cajas que subir a varios camióned. ¿Qué dices si te ofrezco una compensación? Un pago justo y tres sandías frescas de nuestro huerto.
Behemoth se queda pensativo por un momento. La idea de tres jugosas sandías parece captar su interés.
Behemoth: (mirando a Fernando) ¿Qué opinas, Tio? ¿Te importaría si ayudo aquí por un par de horas?
Fernando: No hay problema, Behemooth, si tu quieres está bien.
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