Behemooth, capitulo 3.

 La camioneta se detuvo frente a la granja, y el crujir del gravilla bajo las ruedas resonó en el aire. Un viento suave traía consigo el aroma a tierra húmeda, mezclado con el ligero perfume de las flores silvestres que bordeaban el camino de entrada. Al abrir las puertas, el sonido de los grillos llenaba el ambiente.

A medida que se acercaban a la casa, el suelo áspero bajo sus pies revelaba la textura rugosa y fresca de la tierra recién regada. El crujido de la grava cambiaba a un suave chapoteo cuando accidentalmente pisaban pequeños charcos dejados por la reciente lluvia. El roce de las hojas de los árboles cercanos, estimulado por la brisa, creaba una melodía de susurros que se entremezclaban con el susurro de la corriente cercana.

El olor a madera fresca y a fuego recién encendido provenía de la chimenea de la pequeña casa. A medida que se acercaban, el aroma a cocina casera se volvía más evidente: hierbas frescas, especias y el reconfortante perfume de un guiso que burbujeaba lentamente en la estufa. Este abrazador aroma se combinaba con el sonido distante de gallinas y el suave balido de ovejas, indicando la presencia de vida en la granja.


La luz tenue de la casa iluminaba la entrada, revelando la textura gastada pero acogedora de la madera del porche. Al cruzar la puerta, el suelo de madera crujía suavemente bajo sus pasos, añadiendo una capa extra de calidez y familiaridad al ambiente. La casa, aunque modesta, irradiaba un encanto hogareño que invitaba a quedarse.

Fernando: Behemoth, bienvenido a nuestro humilde hogar. La casa es pequeña, pero tenemos un granero bastante amplio donde podrías pasar la noche, ahí es a dónde voy cuando regreso borracho y no quiero que mi mujer se de cuenta.

Behemoth, con una sonrisa agradecida, asintió.


Behemoth: Gracias, tío Fernando. Eso suena genial.


Fernando abrió la puerta de la camioneta y ambos hombres se dirigieron hacia el granero. Al entrar, Behemoth se sorprendió gratamente por el amplio espacio y la estructura robusta.


Behemoth: ¡Guau! Esto es increíble. En comparación con el cuarto donde crecí, esto parece un palacio.

Fernando: Bueno, no es lujoso, pero es acogedor. Puedes instalarte aquí. Hay mantas y almohadas en ese rincón, y la paja en el suelo hace una cama bastante cómoda.


Behemoth asintió, agradecido por la hospitalidad.


Behemoth: Está perfecto, tío Fernando. Esto es mucho más de lo que esperaba.


Fernando: Nosotros creemos en la hospitalidad, Behemoth. Hazte como en casa. Si necesitas algo, solo avísame.


Behemoth: Lo haré, gracias de nuevo.


Fernando se retiró, dejando a Behemoth para explorar su nuevo refugio. Mientras se acomodaba, reflexionó sobre la diferencia abismal entre el granero acogedor y el cuarto donde había crecido. La infancia de Behemoth no había sido fácil, y cada rincón de su antigua morada llevaba las cicatrices de una vida difícil.


Miró alrededor, notando la sencillez de la decoración: herramientas agrícolas colgadas en las paredes, heno apilado en esquinas ordenadas y el olor a madera envejecida que impregnaba el aire. Este lugar, aunque modesto, emanaba una calidez que le resultaba extraña pero reconfortante, behemoth se recostó en la paja, admirando las vigas de madera que sostenían el techo.

Recordó su infancia, marcada por la penuria y la soledad. El cuarto donde creció era pequeño y desprovisto de cualquier comodidad. A comparación de aquel lugar, el granero de Fernando se sentía como un santuario. Cerró los ojos, disfrutando de la paz que le ofrecía su nuevo refugio.

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