Behemooth, capitulo 2.

 La camioneta, ahora liberada de la trampa de lodo, avanzaba lentamente, dejando atrás el charco que había amenazado con detenerla. Fernando, con un suspiro de alivio, se volvió hacia su esposa, Veronica, una mujer de cabello plateado y mirada serena que denotaba años de experiencia.


"Veronica," murmuró Fernando con voz temblorosa pero llena de admiración, "ese hombre, ¿no te parece que no es de por aquí? Quiero decir, no parece pertenecer a estos parajes."

"Es cierto, Fernando," respondió Clara, abriendo los ojos nuevamente, "su presencia es diferente, como si trajera consigo la esencia de lugares lejanos."


El sonido de las ruedas de la camioneta rodando sobre el asfalto irregular proporcionaba una banda sonora constante a la conversación. Cada golpe y vibración se traducían en una sensación mecánica que resonaba en los oídos de la pareja. Los crujidos de la carrocería, ahora en movimiento, eran como notas musicales que marcaban el ritmo de su escape del atolladero.

¿Crees que deberíamos alcanzarlo, Fernando?" preguntó Verónica, su voz llevando consigo curiosidad.

El imponente sujeto, ahora a una distancia considerable, se volvió hacia ellos cuando percibió el sonido de la camioneta que se acercaba.

"Si, yo creo que sí."-dijo Fernando.

Al mirarlo ambos pudieron notar que era un hombre de rostro extremadamente juvenil, de no ser por su cuerpo se le podría confundir con un adolescente, llevaba ropas de terrible calidad y era de piel morena, ojos cafés y cabello oscuro.

Fernando detuvo la camioneta a cierta distancia, bajando la ventanilla para dirigirse al hombre que los había ayudado. 

"Gracias por tu ayuda," expresó Fernando con gratitud mientras observaba al hombre con respeto. "¿De dónde vienes? Parece que no eres de esta zona."

Fernando, con la camioneta detenida y una mezcla de curiosidad y gratitud en su mirada, se dirigió al imponente individuo.


Fernando: ¿Cómo te llamas, amigo?


Behemoth, con una sonrisa amigable, respondió: Me conocen como Behemoth.


Fernando, ligeramente perplejo, preguntó: ¿Behemoth? ¿Eso es un apodo?


Behemoth: Sí, así me conocen. Todos me llaman así.


Fernando, intrigado, continuó: ¿De dónde vienes, Behemoth? No pareces ser de por aquí.


Behemoth, con un brillo de misterio en sus ojos, dijo: Vengo de Estados Unidos.


Fernando, sorprendido, exclamó: ¡Estados Unidos! Eso sí que es lejos. ¿Qué te trae por estos parajes?


Behemoth, con calma, respondió: Estoy buscando mi camino, aventurándome en lugares nuevos.


Fernando, con una sonrisa comprensiva, añadió: Bueno, Behemoth, es un placer conocerte. ¿Tienes algún lugar para pasar la noche?


Behemoth, con sinceridad, dijo: No, no tengo un lugar fijo donde quedarme.


Fernando, reflexionando por un momento, propuso: Mira, nosotros vivimos no muy lejos de aquí. ¿Te gustaría venir a casa? Tendrás un lugar cómodo para descansar.


Behemoth, agradecido, asintió: Eso sería genial, gracias por la oferta.


Fernando, con determinación, concluyó: Entonces, ven con nosotros. Te aseguro que serás bienvenido en nuestra casa.


Con un chirrido metálico y un ligero crujir de suspensiones, Behemoth se subió a la camioneta, y la carrocería cedió ante su extraordinario peso. El vehículo, ahora cargado con la presencia imponente del viajero, se hundió en la suspensión, casi acercándose a la altura del suelo. El sonido de la estructura sometida a una fuerza inusual resonó en el aire, una sinfonía de metal respondiendo a la masa abrumadora de Behemoth.


Fernando, al volante, notó el cambio instantáneo en la conducción. La vibración del volante se intensificó, transmitiendo una sensación de solidez inusual. 

La vista de Behemoth agachándose para acomodarse dentro del vehículo era asombrosa. Su silueta, ahora más prominente en la penumbra del interior, revelaba la magnitud de su estatura. Los ojos de Verónica se fijaron en los detalles, captando la manera en que su cuerpo se adaptaba a las dimensiones del asiento, un juego de proporciones extraordinarias.


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