Behemooth, capitulo 1.
En un charco de lodo, una antigua camioneta yacía impotente, su chasis testigo del paso inclemente del tiempo.
El sonido sordo de las ruedas atrapadas en la mezcla de agua y barro resonaba en el ambiente, mezclándose con el graznido lejano de aves que se adentraban en el crepúsculo. El rugido constante del motor, esforzándose por romper las cadenas de la inmovilidad, se fusionaba con el correr intermitente de la lluvia sobre la carrocería metálica. Una pareja de ancianos ancianos, atrapados en su encierro metálico, intercambiaban susurros preocupados,
Fernando, el anciano de constitución delgada, estaba envuelto en capas de ropa cuidada, De repente, un ligero temblor sacudió el vehículo, un sutil vaivén que despertó la atención de Fernando. La vibración se tradujo en una sensación palpable bajo sus pies, un suave cosquilleo que lo sacó de su letargo momentáneo. El anciano miró una imponente sombra que se cernía sobre el vehículo.
Fernando miró el retrovisor, su visión se volvió laudatoria: un coloso de proporciones sobrenaturales se erigía junto al automóvil. La silueta, tan ancha como alta y de más de dos metros de altura era impresionante, Los ojos de Fernando, antes entornados por la monotonía del viaje, se abrieron como platos, revelando el reflejo de la incredulidad.
El impresionante individuo, con una voz que resonaba como un eco adolescente, rompió el silencio con una pregunta directa: "¿Necesita ayuda?". Su tono era sorprendentemente juvenil para su abrumadora presencia.
El anciano, con sus ojos aún reflejando la incredulidad del encuentro, respondió con una sincera necesidad: "Sí, ¿tienes algún vehículo que puedas usar?"
La respuesta del imponente sujeto no se hizo esperar, sus palabras resonaron con confianza: "No, pero no lo necesito. ¿Tienen una cadena?"
Sí, en la cajuela. Pero sin vehículo, no nos sirve". Sus palabras, pronunciadas con un dejo de resignación, revelaban la realidad de su situación. La cadena, aunque disponible, carecía de utilidad sin un medio de tracción. Sin perder tiempo, el imponente sujeto se encaminó hacia la cajuela, dispuesto a recuperar la cadena.
El sonido metálico de la cadena resonó en la quietud de la noche mientras el sujeto, con manos que parecían talladas en granito, comenzaba a amarrarla con destreza.
La sensación táctil de la cadena entre sus dedos era áspera y fría, Los músculos relajadoss del imponente individuo, palpables incluso a través de la gruesa capa de ropa, hablaban de una fuerza inigualable, como si la propia esencia de la robustez se encarnara en cada fibra de su ser.
la visión se transformó en un rastro de movimiento tangible. La camioneta, antes atrapada, comenzó a desplazarse con una facilidad inesperada.
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