El último intelectual, capítulo 4.
Johnas despertó con esa punzada íntima que nunca decía en voz alta. No era tristeza convencional, ni melancolía literaria; era una presión microscópica en cada fibra, como si la realidad misma tuviera bordes afilados y él los rozara al menor movimiento. Abrir los ojos ya era un acto que exigía valor. No porque algo terrible estuviera frente a él, sino porque su consciencia era tal que la propia existencia dolía, un dolor fino, casi luminoso, que se clavaba detrás de las sienes y descendía por la columna como una corriente de hielo. Su compañera animal, muerte blanca, ya estaba despierta. Ladeaba la cabeza como si leyera el aire. Johnas sintió sobre la piel el olor seco y templado de la mañana: tierra húmeda que había empezado a secarse, pasto con rastros de rocío, un leve matiz metálico que venía de quién sabe dónde. Todo mezclado formaba un aroma que, para alguien más, quizá pasaría desapercibido. Pero él lo sentía como un golpe suave y persistente, casi una nota disonante en med...