Operación medusa, capitulo 22.
Juan Sánchez y Ho-Ming se encontraban en los dos extremos del ring, los focos brillaban intensamente sobre ellos, resaltando sus musculosos cuerpos cubiertos de sudor. El ruido atronador de los espectadores vitoreando llenaba el ambiente, creando una atmósfera eléctrica de anticipación. Desde las gradas llegaban olas de gritos y aplausos, mezcladas con el zumbido constante de cámaras capturando cada movimiento.
Con el campo de fuerza activado, Juan y Ho-Ming avanzaron hacia el centro del ring. Sus miradas se cruzaron en un chisporroteo desafiante. El aire vibraba con la energía concentrada de ambos contendientes. Los músculos tensos de Juan se reflejaban en la luz, su expresión determinada mientras caminaba con paso firme hacia su oponente. Ho-Ming, sereno y concentrado, mostraba una calma que contrastaba con la intensidad del momento.
Finalmente, Juan y Ho-Ming estaban frente a frente. El brillo de determinación en sus ojos chispeaba como el acero. Podían sentir el calor emanando del cuerpo del otro, una presencia casi palpable. A su alrededor, el campo de fuerza emitía un leve zumbido, un recordatorio constante de los límites que enfrentaban.
Juan, confiado en su habilidad, lanzó una patada hacia Ho-Ming, pero este la recibió con una calma impactante. El sonido del impacto resonó en el aire, acompañado de un crujido sordo mientras sus cuerpos se encontraban.
En un giro repentino, Ho-Ming contratacó con una brutal patada que conectó con el costado de Juan. El sonido de huesos rompiéndose se entrelazó con el gemido de dolor de Juan. El olor acre del sudor y el esfuerzo llenó el aire, intensificando la tensión en el ring.
Juan, luchando por recuperar la compostura, se lanzó hacia Ho-Ming con un gancho dirigido al hígado. Sin embargo, Ho-Ming permaneció imperturbable, como si fuera inmune al dolor físico. Los murmullos del público se intensificaron mientras la batalla continuaba.
Decidido a derribar a su oponente, Juan ejecutó un rápido ataque de brazos giratorios. Ho-Ming no mostró signos de esfuerzo, pero la determinación de Juan era evidente. En un momento audaz, Juan agarró el brazo de Ho-Ming con una fuerza increíble, y con un tirón repentino, el brazo de Ho-Ming se desprendió, revelando circuitos electrónicos en su interior. Un susurro colectivo de asombro y confusión se extendió entre los espectadores.
A pesar de la revelación, Ho-Ming no mostró emoción alguna. Sin perder tiempo, lanzó una patada devastadora a las costillas de Juan. El sonido de los huesos cediendo bajo la presión fue como un trueno en la mente de Juan. Cayó de rodillas al suelo, consciente pero completamente incapacitado.
El sabor de la sangre llenó la boca de Juan mientras luchaba por respirar. El dolor se intensificó a medida que sus sentidos se inundaban con la realidad devastadora de su derrota. La vista se nubló ligeramente mientras Ho-Ming era declarado como el ganador del torneo.
El campo de fuerza se desvaneció, y el estruendo del público aplaudiendo mezclado con el eco de la victoria de Ho-Ming llenó el espacio. El olor a sudor y adrenalina colmó el aire, mientras Juan, derrotado, pero no inconsciente, fue asistido fuera del ring.
Unos días después del torneo, Juan y su amigo Martin Rodríguez bajaron del aeropuerto, preparándose para ser recibidos por una multitud emocionada. Desde el momento en que salieron del avión, un torrente de sonidos, olores y emociones llenó el aire.
Al pisar tierra firme, el ruido del aeropuerto se mezclaba con el murmullo distante de la multitud afuera. El bullicio constante de voces y el vaivén de pasos crearon una atmósfera vibrante y enérgica. Martin y Juan avanzaron por el pasillo, cada paso aumentando la expectación que se sentía en el ambiente.
Al salir a la zona de llegadas, el calor del sol primaveral golpeó sus rostros, mezclándose con el aroma fresco y nítido de la brisa marina. El olor salado del océano transportaba la promesa de días soleados y cielos azules. Juan inhaló profundamente, absorbiendo el aire fresco con gratitud después de días en interiores.
La vista que se desplegó frente a ellos era impresionante. Una multitud de decenas de miles de personas se apiñaba en la zona exterior del aeropuerto, ondeando banderas, sosteniendo carteles y vitoreando con entusiasmo. El resplandor del sol sobre la multitud hacía brillar los colores vivos de las pancartas y los atuendos de los espectadores.
El sonido de la multitud era ensordecedor: vítores, gritos de apoyo y el estruendo de aplausos resonaban en el aire, creando una sinfonía de alegría y emoción. La música se filtraba a través de los altavoces, agregando un ritmo festivo a la atmósfera eléctrica.
A medida que avanzaban hacia la multitud, Juan podía sentir la energía palpable que emanaba de los espectadores. Las manos extendidas buscaban estrechar la suya, los rostros iluminados por sonrisas radiantes.
Finalmente, Martin y Juan se detuvieron frente a la multitud, saludando y agradeciendo a todos los que habían venido a darles la bienvenida. La sensación de comunidad y apoyo era abrumadora. La emoción de ese momento era tan intensa que parecía trascender los sentidos, grabándose en el corazón de Juan como un recuerdo indeleble de gratitud y alegría compartida.
Han pasado algunas semanas desde el torneo y Martin Rodríguez se encontraba en su hogar, hablando con su esposa Karen. La luz dorada de la tarde filtraba a través de las cortinas, pintando patrones en el suelo de madera. El aire dentro de la casa estaba lleno del suave aroma de las velas perfumadas que Karen había encendido para crear una atmósfera acogedora.
Los rayos de sol que se filtraban por la ventana bañaban su conversación con una calidez reconfortante. Afuera, se podían escuchar los sonidos distantes de niños jugando en el vecindario y el suave murmullo del viento entre los árboles.
Karen: Martin, ahora que tienes estos $150,000 del premio, ¿qué planes tienes para el futuro?
Martin: Bueno, Karen, he estado pensando en cómo puedo mejorar nuestra posición. Estoy considerando seguir ascendiendo en el gobierno.
Karen: (frunciendo el ceño) Martin, sé que valoras tu trabajo público, pero si sigues así, nunca pasarás de ser un simple servidor. Mira a Juan, ahora es el hombre más famoso de México gracias al torneo, y con el millón de dólares que tenemos en la bolsa, podríamos crear una empresa de publicidad.
Martin: Pero Karen, solo tenemos $150,000, no un millón. Además.
Karen: (sonriendo con confianza) Martin, Juan hará lo que le pidas. Él confía en ti.
Unas horas después, Martin se encontraba con Juan en el vasto desierto que pertenecía al campeón. El sol caía lentamente hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. El aire estaba seco y caliente, con una brisa suave que levantaba remolinos de arena. En este escenario árido, Martin se preparaba para hablar con Juan sobre su idea de invertir.
Martin: Juan, gracias por recibirme aquí.
Juan: (asintiendo) ¿Qué querer hablar?
Martin: (decidido) Juan, he estado pensando en una oportunidad para invertir en crear una empresa de publicidad.
Juan: (frunciendo el ceño) ¿Que ser eso?
Martin: invertir Es como usar tu dinero para hacer más dinero.
Juan: (confundido) ¿Para que servir?
Martin: Bueno, Juan, hacer inversiones puede beneficiar a tu familia. Podríamos asegurar un futuro más estable.
Juan: (dudando)
Martin: Es como el poker. A veces ganas, a veces pierdes, depende de tus decisiones y habilidades.
Juan: (pensativo) no jugar al poker, mama grande si.
Martin: Es similar.
Juan: (asintiendo lentamente) yo aceptar, amigo.
Meses después, Martin se encontraba frente a la puerta de una oficina de hacienda, rodeado por dos guardias corpulentos y altos, cada uno medía un metro con noventa centímetros. Los guardias, con uniformes impecables y expresiones serias, exigían una cita para permitir la entrada.
Martin, con determinación en su rostro, discutía con los guardias mientras Juan permanecía sentado cerca, observando la situación con interés. Martin vestía un traje oscuro y bien cortado, su cabello peinado hacia atrás y una mirada decidida en sus ojos. Juan, al lado de Martin, con su impresionante presencia física, parecía sereno pero atento.
Martin: (frustrado) ¡Pero si tengo todos los documentos necesarios! Solo necesito hablar con el burócrata para finalizar el registro.
Guardia 1: Lo siento, señor, sin una cita previa no podemos permitirle entrar.
Guardia 2: Debe seguir el procedimiento como todos los demás.
Martin: (mirando hacia Juan) Juan, ¿puedes creer esto? ¡Solo necesito una firma!
Juan se levanta al ver el acaloramiento de la discusión.
Martin: Juan, estos tipos no nos quieren dejar pasar.
Juan refunfuña y se acerca a los guardias, que inmediatamente se cuadran frente a Juan.
Martin interviene.
Martin: ¿Saen ustedes quién es este hombre?
Los guardias fruncen el ceño, confundidos.
Guardia 2: No, ¿deberíamos saberlo?
Martin: En México se le conoce como "el campeón". En su infancia, solía cazar bestias salvajes con sus propias manos. Y ahora, se enfrenta a superhumanos en el torneo de combates más difícil del mundo. Así que, si desean amedrentarlo, les deseo mucha suerte.
Juan cierra los puños, mostrando su impresionante musculatura.
Los guardias intercambian miradas nerviosas entre ellos.
Los guardias se apartan, permitiendo que Juan y Martin entren a la oficina de hacienda.
Ambos llegan a la oficina del anciano burócrata, quien los recibe con una mirada indiferente.
Martin: (con cortesía) Buenas tardes, señor. Soy Martin Rodríguez y necesito su firma en estos documentos para completar el registro de mi empresa.
Burócrata: (entrecerrando los ojos y preguntándose donde están los guardias) Para firmar, necesito... cómo decirlo... "engrasar la maquinaria".
Martin: (confundido) Disculpe, ¿a qué se refiere con eso?
Burócrata: (sonriendo con malicia) Necesito agilizar el proceso, ¿sabe?
Martin: (frunciendo el ceño) ¿Está hablando de un soborno?
Burócrata: (alarmado) ¡Shh! No mencione esa palabra aquí.
Martin: (decidido) Pero es la verdad.
Burócrata: (molesto) Por su insolencia, no pienso firmar nada.
Martin mira a Juan, quien refunfuña, mostrando su incomodidad.
El burócrata, visiblemente asustado por la presencia imponente de Juan, cambia de tono.
Burócrata: (nervioso) ¡Oh, era solo una pequeña broma! Claro que firmaré los documentos.
El burócrata toma la pluma y firma rápidamente los papeles mientras Martin y Juan lo observan con seriedad.
Martin: (con una sonrisa forzada) Gracias, señor.
A finales del año, Martin estaba radiante de felicidad mientras celebraba el logro de su empresa: un contrato multimillonario con una mujer llamada Catalina menesterius que aseguraba un futuro próspero. Mientras tanto, en las vastas tierras de Juan, la escena era distinta pero igualmente significativa.
Juan, sentado en una silla de rústica y maciza madera de mezquite en su hogar, escuchaba atentamente a Mama Grande, una anciana sabia y respetada en la comunidad, mientras ella leía en voz alta una carta que acababa de llegar.
Mama Grande: (con voz suave pero firme) "Querido Juan, te escribimos con gran honor para invitarte a participar en el tercer torneo de combate. Tu nombre y habilidades son legendarios, y sería un honor contar contigo una vez más en esta competencia."
El sol de la tarde filtraba a través de las ventanas abiertas, llenando la habitación con una luz dorada y cálida. El aire estaba impregnado con el suave aroma de hierbas aromáticas, que Mama Grande solía quemar como parte de sus rituales de purificación.
Juan, con una mirada contemplativa en sus ojos oscuros, escuchaba cada palabra con atención. A lo lejos, se escuchaba el sonido suave del viento moviendo las hojas de los árboles y el rumor distante del ganado en los campos.
Mama Grande: (continuando la lectura) "El torneo se llevará a cabo en la ciudad de pekin a principios del próximo año. Esperamos contar con tu presencia y tu talento una vez más."
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